JERUSALÉN
La principal preocupación estratégica de seguridad de Israel es Irán. Lo dicen aquí todos: la prensa, los políticos, los diplomáticos y los académicos.
La “amenaza iraní”, como la llaman, tiene al menos cuatro aspectos importantes, todos entrelazados, desde mi punto de vista, o al menos como lo entendí.
UNO. Una rivalidad clásica en las relaciones internacionales.
Irán es una potencia emergente que reclama un lugar especial en Oriente Medio en virtud de su potencial económico, de su territorio, de su población y de su historia.
Teherán quiere ser el líder del mundo islámico y disputa esa posición a Arabia Saudita (el mayor productor mundial de petróleo y custodio de los lugares santos del islam) y choca con aspiraciones de influencia de Egipto y de otros.
Pero no se queda allí la cosa. Irán, manejado por una teocracia chiita, es un rival geopolítico de Estados Unidos y le ha hecho daño en Afganistán y en Irak. Teherán juega así en las grandes ligas de la Realpolitik.
Si hay una paradoja colosal del fracaso estadounidense en Irak, es que la guerra ha fortalecido a los iraníes. Eliminó a su archienemigo regional, Saddam Hussein, y fortaleció su ascendencia sobre la mayoría chiita del país intervenido. La Guardia Revolucionaria Islámica apertrecha a sectores insurgentes y cualquiera que sea la paz que algún día llegue al desangrado Irak, no podrá soslayar los intereses iraníes.
El demonio tradicional de la propaganda nacionalista árabe ha sido Israel, desde antes que se le añadiera EE.UU., el odiado “gran Satán” de los ayatolas. Es por eso que en su búsqueda de hegemonía panislámica, Irán —que no es árabe— quiere estar al frente de la “lucha contra el enemigo sionista”, y de allí el siniestro llamado del presidente Mahmud Ahmadineyad a “borrar del mapa” a Israel.
Advertidos por la historia y el recuerdo vivo de los crímenes del nazismo, Israel no lo toma en broma.
DOS. La aspiración iraní tiene también un matiz religioso sumamente importante.
Irán es chiita, al contrario de Arabia Saudita y de la mayor parte del mundo islámico, donde predomina el sunismo.
El cisma es casi tan antiguo como el islam mismo. Surgió con la muerte del imán Hussein, nieto de Mahoma, en el siglo VII de nuestra era. Derrotado, fue degollado y su cabeza llevada a Damasco.
Fuera de ese episodio que marca un hito en la historia islámica, diferencias doctrinales y de la práctica de la fe los separan.
Desde entonces, los chiitas, minoría en todas partes excepto en Irak e Irán, han sido perseguidos implacablemente.
Ambas corrientes del islam se han enfrentado, “en todos los frentes: religioso, por el poder, influencia, economía”, sostiene el doctor Mordejai Kedar, experto del Centro Begin-Sadat de Estudios Estratégicos . “La guerra entre ellos siempre fue total”.
La forma de orar chiita es distinta a la sunita y la oración incorpora elementos antisunitas. Por eso, los rezos chiitas están prohibidos en Arabia Saudita, por ejemplo, explica Kedar.
“Los sauditas ven a los chiitas como herejes, como peores que los cristianos y los judíos”, afirma el académico israelí.
Una hegemonía iraní es entonces un acto de reivindicación para el chiismo. Y por tanto, inaceptable para sunitas sauditas, egipcios o del Golfo Pérsico.
Cuando en el año 2000 Israel se retiró del sur de Líbano que ocupaba militarmente, Hezbolá e Irán lo usaron como trofeo propagandístico, argumenta Kedar: miren cómo nosotros, los chiitas, somos fuertes y derrotamos a los sionistas; lo contrario de ustedes, los débiles sunitas que perdieron todas las guerras con Israel.
TRES. Fuera del juego de intereses de EE.UU. o de Europa, entre Israel e Irán se desarrolla una rivalidad propia: la de dos potencias militares opuestas, según los analistas israelíes.
Se da por un hecho de que Israel posee armas nucleares, a pesar de que nunca este país lo ha aceptado oficialmente.
Para la inteligencia militar y para los académicos israelíes, no cabe duda de que Irán sí pretende desarrollar un programa atómico.
Una parte del sector académico —con relaciones con el establishment militar— considera que una segunda potencia nuclear en Oriente Medio es inaceptable para Israel. La razón de Estado obliga a destruir esa capacidad nuclear iraní y en algunos artículos, prácticamente se llama a la acción.
CUATRO. Jonathan Paris, un analista radicado en Londres, en un artículo que publicó el Centro Begin-Sadat, escribió que “un Irán nuclear desatará una carrera nuclear en Oriente Medio”, pues otros países querrán la bomba.
Además, un Irán atómico puede ser capaz “de socavar 400 años de historia musulmana y árabe, en los que árabes y musulmanes han vuelto la vista hacia Occidente como un camino a la modernidad”. Se minarían así los esfuerzos democratizadores , arguye Paris.
El modelo a seguir para los musulmanes sería entonces el régimen teocrático, antidemocrático, fiel a los valores de un islam en una versión radical.
He allí el balance de algunos peligros que Irán representa, vistos desde Jerusalén.
Analista de temas internacionales