“Dios es amor la Biblia lo dice, Dios es amor, Pablo, lo repite, Dios es amor, búscalo y verás en el capítulo cuatro versículo ocho, primera de Juan”. Esta estrofa la entonamos con fervor, para dar gloria y alabanza a quien es digno de todo poder y honor. Y si meditamos en el significado de esta revelación, podremos captar que este verso de la Santa Escritura nos muestra una verdad penetrante.
Dios es amor. Y su amor se ha expresado de numerosas maneras. Lo hizo por medio de la creación en donde la belleza, la armonía, el color, llegan al culmen en el hombre. También al escogernos como su pueblo santo y enviándonos a los profetas que han anunciado el plan del Creador y también han denunciado la desobediencia de su criatura. Y en la plenitud de los tiempos, se ha revelado de manera perfecta en su Hijo Jesucristo “imagen visible del Dios invisible, rostro perfecto del Padre”.
Dios es amor. El Padre es amor. El Hijo es amor. El Espíritu Santo es amor. Y ese amor concebido en la divina revelación solamente puede ser expuesto como un compromiso radical en aceptar el plan de Dios en nuestra vida. No se reduce a un sentimiento, sino a la aceptación total del amar. Ya lo decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.
Si contemplamos este misterio del amor, descubrimos que lo que se opone al amor es el no amor. Por lo tanto ese no amor, ese no amar es el pecado. No atinar el vivir, en el lapso de tiempo que el Señor nos concede, en la misión para la que hemos sido creados, que es para el amar. En la medida que nos alejamos de esta tarea se obscurece, se pierde el horizonte, se apaga la llama que ilumina a todo hombre en el sagrario más íntimo que es la conciencia, el sagrario donde habita Dios.
El pecado es la codicia. De querer poseer dinero en exceso, al extremo de no importar lo que se tenga que realizar para conseguirlo y convirtiéndonos en esclavos del mismo y se llega a la avaricia. De querer poseer a las personas, al extremo de llegar a la posesividad, los celos enfermizos, las dependencias. De querer poseer honores, querer ser amos y dueños de la voluntad de los otros y se llega al abuso del poder, a la tiranía, a la demencia de pensar que somos dioses, convirtiendo la vida de millones de personas en un valle de lágrimas. Esto lo hemos visto en el transcurso de la historia humana.
Pero existe una muralla que detiene esa ola gigantesca de maldad que acecha al hombre y lo envuelve en su locura de creer que no llega el tiempo de la siega, que no llega el tiempo de la muerte física, que no llega el momento de dar cuentas de cada una de nuestras acciones a aquel que tiene en sus manos las horas, los siglos, las edades. Ante el Eterno, todo es ínfimo. Lo único valioso es el amor.
En nuestra fe cristiana, el que quita el pecado del mundo es Jesús de Nazareth. Así lo expresó Juan el Bautista: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Adorado Jesucristo, que por tu sangre misericordiosa derramada en el madero de la cruz nos has dado nueva vida y nos hiciste partícipes de tu resurrección, ante Ti nos postramos y te proclamamos como el vencedor del pecado y de la muerte. Amén.