Iván Barrios, fortachón, cabello hirsuto, piernas largas, avanza lentamente, alejándose de las costas del Lago Xolotlán, a bordo de su bote “Divino Niño”. Va con los brazos tensos, empujando los remos. Va con la cara cansada, de piel curtida, viendo hacia la costa, a las casitas de madera y latas del barrio Los Pescadores. Rema, rema, rema. Hasta donde la profundidad permita atrapar buena cantidad de peces.
Son las seis de la mañana y el sol apenas se despereza. Es una tortilla dorada que se refleja triste en las aguas opacas del gran lago capitalino. El lago está calmado, aún dormido. Una suave brisa, que ayuda a empujar el bote, es su única manifestación de vida. Es una suerte, dice Iván, porque hay días en que este lago amanece bravo.
Cerca de la costa, el lago no es más que un inmenso charco de inmundicias. Aguas sucias, excremento, botellas y bolsas de plástico, condones usados, ratas muertas. Todas las porquerías que Managua arroja al lago de 1,042 kilómetros cuadrados y una profundidad máxima de 39 metros, que recibe 45 millones de galones de agua sucia al día.
No fue siempre así. Había tiempos mejores cuando los managuas llegaban a bañarse a las costas del lago para disipar el calor del verano. Iván recuerda que cuando tenía 11 años —ahora tiene 48— llegaba con sus vecinos a bañarse y jugar al Xolotlán. Eran buenos tiempos, añora.
Ahora el lago es un pozo de basura, pero también el proveedor de los habitantes de sus costas. Iván se detiene ya un poco lejos de la playa. Su sobrino, Marlon, de 25 años, lo acompaña en el bote y se encarga de lanzar la red de pesca, que ellos llaman chinchorro. Iván vuelve a remar, ahora más despacio, para que la red se expanda, atrapando los peces. Marlon agita con un palo las aguas, para que los peces lleguen hasta la red. Mientras, Iván aprovecha a sacar con una vieja botella de plástico cortada a la mitad, el agua que se ha metido por los huecos del “Divino Niño”, su viejo bote de madera.
El olor en el lago es insoportable. A cosas podridas, aguas estancadas. La suciedad flota en la superficie del agua pantanosa y los mosquitos hacen un banquete con los hombres. Los pescadores ya están acostumbrados. “Si le tenés asco a esto, te enfermás”, se conforma Iván.
Los pescados que Iván logre esta mañana irán a parar a los puestos del Mercado Oriental, y de ahí a las mesas de muchos capitalinos. En el Oriental los venden a 15 córdobas por docena. La mayoría de las veces pescan tilapias, pero en buenos días logran agarrar guapotes, que son más apetecidos por los comerciantes.
La pesca es abundante en el lago, dice Iván. En días buenos pueden pescar entre 30 y 40 docenas. Y una ventaja para él es que quedan menos pescadores en el barrio, ese conjunto de casuchas pegado a la costa. Ahora hay ocho pescadores. La mayoría se fue a probar suerte a otros lados.
“¿Ya han probado este pescado?”, pregunta el pescador con malicia. “Este pescado es sabroso, mejor que el mareño. Tenés que probarlo frito o en cebiche. Es que este pescado se alimenta de lodo y además es rendidor: con media docena come una familia”, explica, sonriente, Iván.
Pescar en el Xolotlán tiene sus riesgos. Los pescadores explican que es peligroso entrar al lago durante una tormenta, o cuando las aguas están “arrechas”. Ellos, sin embargo, lo hacen, “porque tenemos que trabajar”. Algunas veces hay gente que llega a cazar pájaros y roedores con armas, y los disparos pueden herir a los pescadores. Otras veces las redes pueden quedar atrapas por ramas en el fondo del lago, y los pescadores pueden morir ahogados al intentar soltarlas.
También, explica el pescador, ha habido ocasiones en las que se aparecen lagartos, que ellos cazan con arpón para vender la piel en Granada. “Pero eso es cada vez menos común. La contaminación está arruinando el lago. Todos los gobiernos hablan de limpiarlo, pero al final se roban los reales”, dice Iván.
¿Cuál es el mayor susto de un pescador del lago? No es el temor a ahogarse o a la furia del oleaje en días tormentosos, sino que se te aparezca flotando, repentinamente entre la basura, un cadáver. Eso le pasó a Iván hace tres años, cuando encontró el cuerpo de un niño de nueve años.
“El clavo es que los encontrás y le decís a la Policía, y ellos te detienen y te hacen un montón de preguntas, como si vos lo mataste”, dice el pescador, mientras cuenta su pesca de hoy: 20 docenas, es decir entre 600 y 800 córdobas.