Los grupos pandilleros y maras en el istmo, son el resultado de las guerras escenificadas en el pasado. No obstante, en países centroamericanos, como Guatemala, los actuales niveles de violencia superan muchas veces los índices registrados durante los conflictos militares. El argumento es que se trata de una violencia delictiva y criminal, en cambio en el pasado fue política.
Y aunque en Nicaragua estas agrupaciones han disminuido, aún representan una preocupación para pobladores y autoridades policiales, que promueven programas de reinserción.
Un reportaje publicado por Envío/CEPRID, escrito por el antropólogo británico Dennis Rodgers, basado en un estudio sobre este fenómeno, indica que en Guatemala la tasa anual de homicidios excede las muertes relacionadas con la guerra. El costo económico de la delincuencia en El Salvador en 2003 fue estimado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en mil 700 millones de dólares, un equivalente a 11.5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), del país, una cifra mucho mayor que la pérdida del 3.3 por ciento del PIB que se estima perdió El Salvador anualmente durante los años de guerra.
Un informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, publicado en 2007, ha identificado la violencia criminal como el principal obstáculo al desarrollo sostenible en Centroamérica.
En una publicación de Envío/CEPRID, se destaca parte de los hallazgos del antropólogo británico, quien se integró a una pandilla en Managua, para elaborar una tesis doctoral para la Universidad de Cambridge.
La “observación participativa” le permitió a Rodgers estudiar y entender la lógica de estos grupos, así como la diferencia en pandillas y maras, que a su criterio son dos conceptos diferentes.
“De lo que no hay duda es que son actores sociales protagónicos en la Centroamérica que dejó atrás los conflictos militares. De lo que no debe quedar duda es que son chivos expiatorios de quienes concentran el poder en sociedades muy injustas, con profundas desigualdades, sin oportunidades para ellos”, señala el documento.
PANDILLAS Y MARAS
Para Rodgers, la distinción entre pandillas y maras resulta clave. Las maras son un fenómeno con raíces transnacionales, mientras que las pandillas son organizaciones nacionales, localizadas, herederas de la tradición de los grupos juveniles que siempre hubo en Centroamérica.
Aunque hace 20 años las pandillas estaban presentes en toda la región, hoy subsisten en Nicaragua, y en un grado mucho menor en Costa Rica, mientras que este fenómeno de agrupamiento juvenil ha sido suplantando casi completamente por las maras en El Salvador, Guatemala y Honduras, señala.
PROTAGONISTAS INDISCUTIBLES
En el estudio se considera que las pandillas centroamericanas son un fenómeno social que se entiende muy mal. Existen muchos mitos y estereotipos sensacionalistas sobre ellas. Hay poca información confiable.
Aunque las cifras oficiales sugieren que existen unos 70 mil jóvenes integrados en pandillas en Centroamérica, estimaciones de organizaciones no gubernamentales y académicos sugieren que podrían alcanzar hasta 200 mil.
De igual modo, las estimaciones de la violencia delictiva y criminal atribuible a las pandillas oscilan entre un 10 y un 60 por ciento, del total de la violencia que padece la región.
“Lo que sí existe es una cantidad creciente de estudios cualitativos que sugieren unánimemente que las pandillas se han constituido en actores importantes del panorama regional contemporáneo, protagonistas indiscutibles de la violencia centroamericana”, señala la publicación.
Estos estudios destacan la diversidad entre estos grupos en los diferentes países de la región. El Salvador, Guatemala y Honduras tienen pandillas más violentas que las de Costa Rica y Nicaragua.
En base a estos análisis cualitativos, el estudio indica que calculando sobre una escala de 1 a 100, el país más violento es El Salvador, con un puntaje de 100, Honduras estaría probablemente en un 90, Guatemala alrededor de 70, a Nicaragua lo ubica en un 50, y Costa Rica le establece en un 10.
SIN VÍNCULOS CON EL CRIMEN ORGANIZADO
La directora de la Policía Nacional, primera comisionada Aminta Granera, destacó que las pandillas en Nicaragua no son tan violentas, pues no tienen vínculos con el crimen organizado.
Sin embargo, el trabajo en contra de las pandillas continuará durante el presente año como una de las prioridades, pues una de las principales demandas en los diferentes encuentros con sectores sociales, sobre todo en Managua y Estelí, donde los han señalado como uno de los principales problemas.
En un reciente encuentro con líderes evangélicos, al referirse a las pandillas o grupos juveniles en el país, Granera estimó que estos no actúan de forma violenta como otras agrupaciones en la región.
Para la jefa policial, estas agrupaciones en Honduras o El Salvador, “constituyen verdaderos ejércitos, y están causando la gran mayoría de los crímenes que ocurren en estos países”.
Y señaló: “Ya sólo el hecho de tener 664 jóvenes en las pandillas contra 36 mil y 10,500 que tenemos en los países vecinos, ya es importante, todavía más importante si vemos el análisis cualitativo del accionar de estos grupos juveniles. En los países vecinos del Norte las pandillas están vinculadas con el crimen organizado, son adultos los que están dirigiendo las pandillas”, comentó Granera.
La jefa policial insistió que “en Nicaragua su accionar no es así de violento, ni están vinculadas al crimen organizado; sí hacen delincuencia, hacen desorden y han llegado a cometer algunos homicidios, pero no es al nivel de violencia que tenemos en los otros países”.
HERENCIA DE PANDILLAS
Las pandillas, según Rodgers, emergieron de manera significativa en los años 90, como consecuencia de la paz que puso fin a los conflictos armados. Lo hicieron con patrones particulares y semi-ritualizados de conflicto con otras pandillas, conflictos regulados por códigos bien definidos, que incluían proteger a los habitantes de sus comunidades locales. En los años 60 y 70 también surgieron como organizaciones informales de defensa en los asentamientos marginales y espontáneos creados por los masivos procesos de urbanización de la época.
Sin embargo, según el estudio, las pandillas de los años 90 fueron mucho más numerosas y también más violentas, por la herencia de los años de insurrección y de guerra, que proporcionaron a toda una generación de jóvenes habilidades bélicas sin precedente.
“Las pandillas de los 90 estaban también mucho más institucionalizadas que las del pasado, dándose nombres —Los Dragones, Los Rampleros o Los Comemuertos, de Nicaragua— y desarrollando jerarquías y reglas que tenían continuación en el tiempo, a pesar de que sus miembros se renovaban”, menciona el estudio.
La publicación apunta que “estas pandillas eran una respuesta institucional orgánica, localizada y autóctona a las circunstancias de inseguridad y de incertidumbre del contexto posconflicto centroamericano”.
MARAS: SU ORIGEN
Rodgers es del criterio que las maras son otra cosa. Son organizaciones más uniformes, que tienen un origen muy bien definido que se puede ligar directamente a patrones migratorios particulares. Menciona que en la región existen dos maras, la Mara 18 (M-18) y la Mara Salvatrucha (MS), que funcionan actualmente en Centroamérica sólo en El Salvador, Guatemala y Honduras, aunque han comenzado ya a extenderse a México.
Los orígenes de las maras se encuentran en la Calle 18, de Los Ángeles, una banda fundada por inmigrantes mexicanos en los años 60. La Mara de la calle 18 creció mucho durante los años 70 y 80 por la afluencia de refugiados salvadoreños y guatemaltecos.
A mediados de los años ochenta, jóvenes de una segunda ola de refugiados salvadoreños fundaron un grupo rival, posiblemente un fragmento de la mara original: la Mara Salvatrucha, un nombre que combina la palabra: “marabunta”, un insecto “salvadoreño”, con “trucha”, que significa “agudo” en el argot salvadoreño. Muy pronto, la Mara 18 y la Mara Salvatrucha empezaron a pelearse en las calles de Los Ángeles y se vieron involucradas en actos violentos.
En 1996, una ley del Congreso de Estados Unidos ordenó la deportación de todo delincuente no estadounidense o recién naturalizado estadounidense condenado a más de un año de cárcel, una vez que hubiera cumplido su condena. Entre 1998 y 2005, Estados Unidos deportó a casi 46 mil centroamericanos que cumplieron condenas y además, a 160 mil inmigrantes ilegales.
El estudio apunta que en El Salvador, Guatemala y Honduras recibieron a más del 90 por ciento de estos deportados, muchos de ellos miembros de la Mara 18 y la Salvatrucha, quienes comenzaron rápidamente a establecer “clicas” o capítulos locales de sus maras.
A diferencia de Nicaragua, la tasa de deportaciones de Estados Unidos es muy baja. Se estima que menos del tres por ciento de todos los deportados centroamericanos son nicaragüenses.
Además, los nicaragüenses emigran más que todo a Miami y a otras zonas de Florida, donde no existe la misma cultura de pandillas latinas que hay en Los Ángeles, aunque sí hay pandillas cubanas, que no dejan entrar a los nicaragüenses, lo que explica porqué Nicaragua no tiene maras.
Según datos del censo de Estados Unidos, sólo el 12 por ciento de los nicaragüenses que emigran a Estados Unidos van a Los Ángeles.