“El agua es el tema principal. Si la hay, no falta nada. El cielo es el límite”.
Eso afirma sin titubear Abina Moskovich, una colona judía cerca de unos 50 años de Badesh Karnea, quien ha vivido toda su vida en el desierto.
Primero en el Sinaí arrebatado a Egipto en la Guerra de los Seis Días de 1967, luego en el territorio israelí anterior al conflicto tras la firma de los Acuerdos de Paz de Camp David (1978) que obligaron a devolver el Sinaí a los egipcios.
Ella, su esposo y sus hijos viven en este “moshav” (comunidad agrícola formada por varias granjas individuales) junto a 47 familias más. “Es el pueblo más grande de la zona”. No todos son agricultores, aclara: hay profesionales que viajan a diario a Beersheva, la capital de la región desértica.
La adversidad no puede ser más completa en el desierto del Néguev, al sur israelí: sin agua, con calor y sol infernales, piedras y polvo por todas partes.
“Traer el agua del acueducto central de Israel (bombeada desde el mar de Galilea) cuesta un millón de dólares”, asegura. “Pero ya no dependemos de él”.
Hoy extraen el agua necesaria para vivir y cultivar del subsuelo. Poseen plantas desalinizadoras y comodidades en casa.
El Néguev abarca unos 13 mil kilómetros cuadrados. En Beersheva viven 200 mil personas, la mayor población de la región.
Al principio, en los años 70, el Gobierno regalaba prácticamente el terreno y daba créditos y otras condiciones favorables para casas y cultivos. Moskovich quiere que familias jóvenes lleguen a asentarse.
“Aquí por suerte no hemos tenido eventos terroristas, aunque la gente tiene armas en sus casas ”, manifiesta. Badesh Karnea se especializa en producir tomates en viveros. Los tomates, “los mejores del mundo”, según dice, se siembran en “dunas”, áreas de 10 por 100 metros cuadrados.
Pero otras granjas cercanas tienen viñedos y flores. “Con agua, el cielo es el límite”.