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Chávez y las FARC
Donald Castillo Rivas
El autor es diplomático nicaragüense, fue Embajador en Colombia en los períodos de 1990-1993 y 2004-2007.
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Durante varios años he seguido con interés el drama del secuestro en Colombia y cada vez que escucho o leo nuevos testimonios, sobre el martirio al que son sometidas centenares de personas indefensas, me inclino a pensar que los grupos armados al margen de la ley, como el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), no deben ser absueltos, ni moral ni judicialmente por la comunidad internacional, así se llegue a un acuerdo humanitario entre el gobierno democrático de Álvaro Uribe y los secuestradores.

En primer lugar, el secuestro es una violación a los derechos humanos y no hay excusas ni pretextos para justificarlo. Nadie tiene derecho a privar de la libertad, maltratar y torturar a ninguna persona, o usarla como escudo en los combates. La masa humana encadenada, hambrienta y enferma, que deambula en las selvas colombianas y que se calcula alcanza una cifra cercana a ochocientas personas, es una vergüenza para todos los seres civilizados. Más allá de la condena a este tipo de acciones, los países latinoamericanos deberían organizarse y tomar medidas efectivas para exigir por todos los medios, a los plagiarios y sus aliados, la liberación incondicional de todos los privados de libertad.

Hay tres protagonistas en esta vil actividad llevada a cabo por los guerrilleros. Por un lado, los secuestradores que se lucran de la “industria del secuestro” y que trafican con personas como si fueran monedas de cambio. Son individuos carentes de ética y principios, que combinan el tráfico de drogas, el asesinato indiscriminado y el plagio, como chantaje a la sociedad colombiana, para exigir perdón y olvido de sus crímenes. Agrupados en organizaciones terroristas demandan jugosas indemnizaciones y prebendas a sus víctimas y pretenden recibir como herencia inmensos territorios “libres” de la autoridad del Estado, para llevar a cabo todo tipo de delitos y engañar a la comunidad internacional. Su estrategia consiste en fracturar a la nación colombiana y pedir reconocimiento de otros países, haciéndose pasar como fuerzas beligerantes que controlan “legalmente” un territorio. Por otro lado están los secuestrados, cuyo drama evoca imágenes dantescas, son los condenados de la tierra, arrastrando sus cadenas en una jungla húmeda, infectada de mosquitos y alimañas, con todo tipo de infecciones y enfermedades, como la lepra de montaña, el paludismo y la tuberculosis, entre muchas otras. Pero también están los familiares, cuya vida dedicada a suplicar por la liberación de sus seres queridos, incluye un largo peregrinar lleno de dificultades, frustraciones y humillaciones.

Abogar por las FARC y por el ELN, es abogar por la multiplicación del crimen y el terror, porque esa es la naturaleza de los guerrilleros y nadie puede eludir su responsabilidad, gestionando para ellos un estatus al que no tienen derecho. Significa abiertamente, empatía o contubernio con la mafia, cosa que es impensable en el caso del mandatario venezolano. Pero, precisamente por eso, la posición del presidente Chávez, al defender a terroristas y narcotraficantes, parece más bien una burla y una broma pesada y de mal gusto a la comunidad internacional. Nadie mejor que Chávez conoce la calaña de esta gente porque Venezuela es el santuario de estos grupos ilegales. El que crea que estoy exagerando que vaya a la frontera colombo-venezolana y lo compruebe in situ. Yo estuve allí.

Pero hay algo sumamente peligroso en la postura del Presidente venezolano: proclamar que los que ponen bombas y matan a inocentes; que trafican drogas y secuestran gente, “no son terroristas” sino “ejércitos bien organizados” que merecen el reconocimiento de “fuerzas beligerantes”, puede ser un boomerang contra el mismo Chávez. A partir de esta lógica, si el día de mañana la derecha venezolana, o sus aliados, ponen bombas, asesinan a inocentes, secuestran personas y trafican con drogas en la República Bolivariana, la comunidad internacional tendría que otorgarles el estatus de “fuerzas beligerantes”, el mismo que está implorando Chávez para sus amigos de las FARC y el ELN.

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