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Las encuestas y sus mensajes
Danilo Arbilla
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Las encuestas sin duda son un importante elemento a tener en cuenta en estrategias electorales, pero no siempre son una apuesta segura, a veces, como hemos visto, fallan. Ese es otro de los mensajes de New Hampshire. Si las encuestas fueran infalibles no se harían elecciones.

No les fue bien a las encuestadoras en las primarias demócratas de New Hampshire. Vaticinaron un cómodo triunfo de Barack Obama y la que ganó fue Hillary Clinton. Sin embargo no es para tanto. No es la primera vez que ocurre, ha pasado muchas veces. Siempre que pasa, es cierto, proliferan las críticas a las encuestas.

Los “candidatos” son los más recurrentes y severos. Están los que las critican previamente y en todo momento, cuestionan sus porcentajes (sobre todo cuando no le son favorables) y pugnan por su ocultamiento: esto es, reclaman que se prohíba su publicación por un determinado tiempo antes del acto electoral, y si los dejan, por siempre.

Esta veda para las encuestas que rige en muchísimos países,— que en su mayoría se jactan de “celebrar” elecciones libres—, para lo único que sirve es para ocultar un dato importante a la inmensidad de los ciudadanos, que son los que tienen que elegir y a los que no se les debe privar de ninguna información. Porque la veda no es para la realización de encuestas, estas se siguen haciendo, como por otra parte debe ser, pero sus resultados son sólo conocidos por los clientes, en general los partidos y los “postulantes” , los que quieren que los “elijan”, y por todos aquellos que “pueden”, el resto, es decir, los ciudadanos o el pueblo, como gustaría decir a los “postulantes”, no. Estos no pueden saberlo, no tienen derecho. Que elijan a ciegas, o a lo sumo, como si fueran tuertos.

Esa prohibición que desde el poder los mandatarios circunstanciales imponen a los mandantes permanentes, no sólo es ilegítima per sé, por cuanto coarta el derecho de los electores, sino que, además de la soberbia que entraña, es vejatoria para el resto de los conciudadanos, esta información a la que estos no pueden acceder sí le llega al resto del mundo distribuida por las agencias de prensa que por supuesto tienen acceso a los datos y porcentajes de última hora.

Uno de los argumentos fuertes de los “prohibidores” es que inciden en el ánimo y en la decisión del votante. Hay quienes agregan, sobre todo los que “ van abajo” que alimentan el existismo, que aparentemente padecen los electores, y ello contribuye a reforzar el caudal de los que “van arriba”.

Bien , lo que pasó en New Hampshire da por el suelo con todos esos argumentos. Y no es la primera vez, ocurre cada tanto.

Las encuestas recogen el sentir de la gente en un determinado momento y reflejan a su opinión en ese momento.

En general la realidad (elecciones), ratifica los pronósticos y eso es lógico; se trata de trabajos técnicos y científicos. Se dan diferencias no mayores, que dependen de las técnicas y formas de trabajo o efectivamente de cambios de opinión de la gente.

Cuando las diferencias — los “errores”— son importantes, como el caso que planteamos, se debe más a variaciones, que se pueden dar y se dan, en el sentir del público, más que a fallas de las encuestadoras ( estamos hablando de empresas serias y reconocidas y no de las que se “inventan” o se compran para favorecer a un determinado candidato, partido o gobierno). Hay hechos que hacen variar mucho el sentir del público de un instante a otro: lo que ocurrió en España tras el atentado de Atocha en marzo del 2004, es en ese sentido uno de los hechos más elocuentes de los últimos años.

Pero están quienes sinceramente creen en esa influencia de las encuestas. Entre ellos están los que inventan empresas o crean institutos de ocasión que siempre los ubican al frente. Después los resultados de estas “empresas” o institutos no se confirman (a ese recurso apelan los que van mal en las encuestadoras independientes), pero igual no abandonan su creencia.

En los hechos son muchos los que están demasiado pendiente de los porcentajes de las encuestas y, desde otro aspecto, también tendrían que aprender de lo que pasó en New Hampshire. Se trata de todos aquellos que se mueven y actúan en función de las encuestas y en base a ellas estructuran su discurso, prometen, concretan alianzas y, peor aún, hasta gobiernan.

Las encuestas sin duda son un importante elemento a tener en cuenta en estrategias electorales, pero no siempre son una apuesta segura, a veces, como hemos visto, fallan.

Ese es otro de los mensajes de New Hampshire. Si las encuestas fueran infalibles no se harían elecciones. Y eso lo tendrían que tener muy en cuenta los que gobiernan al ritmo de las encuestas, sobre todo porque en estos casos lo que hagan después es muy difícil de “desfacer”.

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