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Política y verdad
Julio Icaza Gallard
El autor es jurista, catedrático de Derecho Constitucional.
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Con el fin de preservar la verdad en el seno de la comunidad, dada la tendencia del poder a ocultar y ocultarse, la democracia moderna ha dispuesto también el resguardo de ciertas instituciones, que deben permanecer aisladas del febril contagio de lo político.

La política es, primariamente, un hecho verbal;

está hecha de palabras. Las palabras iluminan y atemperan el poder, haciéndolo argumentativo y razonable; con ellas la cosa pública se hace verdaderamente pública. La comunidad política es, antes que nada, comunidad en la palabra. Cuando la palabra empieza a ser suplantada por el sofisma y la falacia, la comunidad se debilita. Por el camino de la desconfianza e inseguridad que genera el engaño, de la violencia contra la palabra, fácilmente transitamos a la violencia contra las personas y sus propiedades, a la guerra, que es al cabo la negación de la política. Sin la verdad, la comunidad política degenera en el sistema de dominación que nos describe Saramago en su Ensayo sobre la Ceguera, impresionante parábola de una sociedad que va perdiendo la vista, a consecuencia de una misteriosa epidemia, y donde al final la supervivencia exige a cambio la más absoluta sumisión y depravación humanas.

Las prescripciones de Maquiavelo, en El Príncipe, no dejan de parecernos candorosas e ingenuas, comparadas con la organización sistemática del secreto y la mentira en los modernos regímenes totalitarios, donde las pequeñas falsedades, fácilmente detectables, son sustituidas por los engaños colosales, que nadie osa refutar, como recomendara Hitler en Mein Kampf. A estas experiencias debemos añadir la más reciente y avanzada utilización de los mass media, que busca sustituir la realidad y la palabra por la imagen, la ideología por la “imagología”, haciendo del mundo una gran sociedad del espectáculo.

Las similitudes entre el teatro, —con sus ocultas bambalinas, telones, libretos, personajes— y la política son asombrosas. La teatralidad de la política tiene un carácter ambivalente; puede despertar los más nobles sentimientos, el patriotismo, la solidaridad, la lucha por la libertad y los valores democráticos. Pero cuando sale del espacio de las instituciones y se deleita de manera constante en la gran plaza; cuando se funde con una estética grandilocuente, compuesta de rituales, símbolos y gigantescos decorados, estamos ante el riesgo inminente de la movilización de los peores instintos, del fanatismo, de la conducción de las masas al infierno.

Cuando la política es absorbida por el secreto y la mentira, la mutabilidad infinita propia de lo falso contagia al presente y al pasado, con lo que pierde apoyatura toda posibilidad de cambio. Demagogia y propaganda sumergen a la sociedad en un círculo vicioso; el fuego fatuo de las falsas promesas, el pan y el circo, sustituyen los sólidos proyectos de futuro. La mentira, con sus mil y una caras, no se resuelve en ficción cerrada y coherente sino en cinismo, devaluación de la razón, nihilismo desorientado, ausencia de guía y dirección que hace de la vida individual y colectiva un continuo revolverse en la esterilidad.

Hija del espíritu racionalista ilustrado, la democracia moderna es inseparable de la crítica, gran demoledora de mitos, dogmas e ideologías y, a la vez, gran constructora, motor del cambio y del progreso. La razón crítica es el ácido que corroe las imágenes del poder y sus múltiples reencarnaciones, del emperador y el cacique al conquistador y el caudillo, del militar golpista que se cree el nuevo César al Monarca Presidente.

Para contrarrestar la tendencia del poder a acaparar más poder, la democracia moderna instituyó la división de poderes, maquinaria por la que el poder detiene al poder, y el Estado de Derecho, que sustituye el gobierno de las personas, sujeto a las pasiones, por el gobierno de las leyes. Con el fin de preservar la verdad en el seno de la comunidad, dada la tendencia del poder a ocultar y ocultarse, la democracia moderna ha dispuesto también el resguardo de ciertas instituciones, que deben permanecer aisladas del febril contagio de lo político: la ciencia y las artes; el sistema de justicia, en que la percepción objetiva de lo real es requisito indispensable de interpretación y aplicación justa de la ley; una prensa independiente, al servicio de la verdad y el derecho ciudadano a estar informado e informarse. Regula, además, los mecanismos que permiten a la ciudadanía velar por la publicidad de los asuntos públicos, denunciar e impedir los gobiernos invisibles, exigir la transparencia y rendición de cuentas, todas condiciones necesarias de la gobernabilidad.

La corrupción del discurso político, aquellas “vaguedades y banalidades y ambigüedades, seudoverdades y falsedades, dobles sentidos y contrasentidos y sinsentidos y perogrulladas” que denunciaba el poeta José Coronel Urtecho, cuando la dictadura de los Somoza entraba en su última etapa, son síntomas patológicos de una enfermedad mortal, que generalmente conlleva, como lo ha demostrado la historia, el germen de la descomposición y perversión completa de un régimen político.

Cuando el insulto y descalificación personal de los adversarios sustituye a las razones en el debate político, cuando la incoherencia entre lo dicho y lo hecho se constituye en deliberada constante del discurso, cuando se censuran y suprimen las voces diferentes dentro del Gobierno, cuando se manipula y degrada a los tribunales de justicia, cuando se agrede verbal y físicamente a los medios de prensa independientes, hay razones de sobra para preocuparse. Y repetir con Marcelo, el guardián de palacio, al inicio del drama shakespeariano de Hamlet: “Algo está podrido en Dinamarca”.

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