JERUSALÉN Una de mis impresiones más hondas como visitante extranjero en Israel, donde he pasado recientemente tres semanas, es que este pequeño y poderoso país es muy fuerte y que nada ni nadie lo obligará firmar una paz definitiva, sino que lo hará cuando él lo decida según su conveniencia.
Recorriéndolo, vemos un país moderno que vive y trabaja bajo una seguridad altísima, en constante construcción, y con un estilo de vida y un bienestar de tipo europeo occidental.
Israel cuenta con el Ejército más poderoso de Oriente Medio, superior a todas las fuerzas armadas de sus vecinos árabes, con los que se ha enfrentado en varias guerras y a los que ha derrotado (aunque prevalece un sentido de fracaso estratégico sobre el último conflicto en Líbano en buena parte de la opinión pública).
Su superioridad tecnológica es contundente y se cree que posee armas nucleares. Al contrario de Irán, no amenaza a ningún otro Estado con “borrarlo del mapa”.
Posee escasos recursos, pero su moderna economía es de servicios e industrializada; es la sede de numerosas empresas de alta tecnología. Su red vial y su infraestructura son impresionantes. La vida cultural y nocturna de Tel Aviv o Jerusalén es diversa y sin mucho que envidiar a otras urbes en Asia, Europa o en EE.UU.
Erán Landau, uno de nuestros anfitriones en el curso para periodistas al cual asistí, dijo una vez algo que me llamó la atención. “¿Que porque estamos en guerra no vamos a desarrollar el país? No, dijimos: vamos a desarrollarlo, a sembrar, a construir...”. Y vaya, Erán, cómo lo han logrado.
Si hay algo aún más admirable en Israel, es su democracia vibrante. Hablo de la intensidad de los debates políticos en el Parlamento, de su prensa, de la red formidable de organizaciones sociales, y del gran espíritu cívico.
Tuve la oportunidad de ver y oír un debate entre jóvenes activistas políticos. De ellos uno era árabe-israelí nacionalista. Escuchando a éste, le pareciera a uno oír la historia de un país. Y si se oye a los judíos, la de otro.
Se escucha la queja de que los árabes-israelíes son excluidos, que no tienen el mismo acceso a la tierra que los judíos y que se les da los peores trabajos. Mi breve experiencia no me permite ni respaldar ni negar con autoridad.
Pero sí vi a árabes-israelíes con prósperos negocios, al frente de ONG y hasta conocí a la primera mujer de origen árabe en todo Israel en ser directora de una secundaria, la cual es, además, una escuela experimental.
Son ciudadanos y poseen pasaportes, tienen sus propios partidos en el parlamento y no están obligados a hacer el servicio militar como todos los demás israelíes — incluyendo a las mujeres — , excepto los judíos ortodoxos.
El presidente George W. Bush oficializó en diciembre pasado el relanzamiento de negociaciones directas israelí-palestinas. Estados Unidos presiona de vez en cuando a su cercano aliado y más de alguna vez ha logrado influir en ciertas decisiones. Por ejemplo, en la construcción de asentamientos en la Ribera Occidental del Jordán, la cual es territorio palestino bajo ocupación de acuerdo a la ONU.
Pero no creo que por más que lo exija Washington, Israel firme la paz como resultado de esas presiones. En parte se debe al poderoso lobby pro-israelí en EE.UU.
No podrán forzarlo los vecinos árabes. Tampoco lo harán los palestinos; están en profunda desventaja, su situación es muy mala y han sido llevados a una alta dependencia de la voluntad de Israel en su vida cotidiana.
Es cierto que el terrorismo asesta zarpazos y cobra vidas, pero actos individuales no pueden echar abajo al Estado judío. Su gran preocupación es la amenaza de Irán.
La sociedad israelí respira ahora con seguridad detrás de la barrera de separación alrededor de los territorios palestinos o de asentamientos judíos en Jerusalén y Cisjordania. En partes, esa barrera es un muro de concreto de 8 metros de alto y en otras, una valla metálica con sensores. Los suicidas ya no pueden inmolarse en ciudades y campos. Pero su efecto sobre la economía palestina ha sido negativo. Lo vi en Belén.
Puedo inclusive decir que yo mismo disfruté de la tranquilidad que la cerca creó. Escuché a un periodista español decir que, como padre de dos niños, está de acuerdo con el muro.
Sin embargo, creo que tiene razón Jimmy Carter en su libro Palestine: Peace Not Apartheid. Es una ilusión pensar que la cerca y la primacía tecnológico-militar permiten aplazar de manera indefinida una paz duradera con los palestinos. ¿Cómo contener por siempre a un pueblo orgulloso y agraviado que vive en el tercer mundo al lado del primer mundo?
Como asiento de los lugares sagrados de las tres religiones monoteístas, una paz justa en Tierra Santa es una de las claves para neutralizar al terrorismo. La paz allá será una paz para toda la humanidad.
Una de las llaves la tiene Israel y la usará cuando él así lo considere conveniente. Es decir, cuando el carácter judío de un democrático Estado de Israel sea preservado, cuando sus fronteras sean respetadas y reconocidas, y cuando cesen el terror y la violencia en su contra.