A la memoria de Pedro J. Chamorro Cardenal, Mártir de la Libertad de Expresión, porque la ciencia sólo puede prosperar en un ambiente de libertad y democracia.
La vieja concepción que ponía a la ciencia en una torre de marfil y que suponía al quehacer científico como jurisdicción exclusiva de la élite académica se ha quedado obsoleta. Dado su impacto universal, actualmente la ciencia emerge cada vez más vinculada a consideraciones éticas, políticas y sociales. En países empobrecidos se viene hablando especialmente de la ciencia con “pertinencia social” para resaltar la importancia de aprovechar el progreso científico para la solución de problemas concretos.
Aunque el término “pertinencia social” presenta diversas interpretaciones, detengámonos en dos aspectos cruciales. Por un lado, se reconoce la función de la ciencia de contribuir a resolver problemas como el hambre, la inequidad, el desempleo, la falta de justicia y, en fin, el desarrollo mismo. Por otra parte, apunta no sólo a la producción de conocimientos científicos sino también su distribución, no sólo a establecer políticas e identificar prioridades sino también a la implementación de planes concretos.
Los dilemas suscitados por el avance del conocimiento, sumados al raquítico quehacer científico local, requieren respuestas ágiles y nuevas. La noción de pertinencia conlleva a revalorizar la investigación científica y la transferencia tecnológica en articulación con los objetivos del desarrollo social.
El “estado de coma” en que se encuentran las capacidades científico-técnicas constituye un obstáculo fatal para el desarrollo de Nicaragua. La carencia de una “masa crítica” de catedráticos y científicos cultos y con compromiso social, la marginación de la función de investigación en la educación superior, y la carencia de vínculos reales con el sector productivo, dejan en entredicho el modelo actual de la investigación universitaria. Un estudio, realizado en 2005 por investigadores suecos, destacó la falta de pertinencia social de los temas de investigación de cara a las necesidades de la sociedad nicaragüense y de su sector productivo, porque “las habilidades y conocimientos de los estudiantes no se corresponden con las demandas del mercado”.
Este drama representa un reto ineludible que exige cambios sustanciales en las universidades que les permitan transformarse en “la universidad necesaria para el siglo XXI”, usando palabras del doctor Carlos Tünnermann. El financiamiento público y la autonomía universitaria significan un enorme compromiso para las universidades, no solamente por los fondos recibidos del seis por ciento del Presupuesto Nacional durante los pasados 17 años y por los 25 años de cooperación extranjera, sino también por su deber con el desarrollo nacional. La tolerancia a la mediocridad en la universidad acentúa su problemática institucional y contribuye al deterioro del país.
Al plantearnos un nuevo modelo de universidad y de una investigación con pertinencia social debemos preguntarnos ¿qué espera la sociedad nicaragüense de la universidad? Seguidamente preguntémonos ¿qué respuesta es capaz de dar la universidad? Ante toda la gama de problemas sociales que nos afectan sería ingenuo pensar que la universidad pueda resolver ni siquiera las necesidades urgentes, pero el punto de partida debe ser contar con una universidad comprometida con la calidad y consciente de su responsabilidad social.
La promoción de un modelo de ciencia con pertinencia social —en el que las instituciones académicas son llamadas a jugar un rol excepcional— también implica la construcción de una cultura científica como lo propusiéramos antes en este espacio de opinión de LA PRENSA. Aunque debemos reconocer que esto sería algo difícil de lograr, como replicara en 2006 el profesor Miguel De Castilla, señalando las “grandes debilidades y obstáculos organizativos y teórico-conceptuales” de las universidades.
El Estado también tiene una enorme responsabilidad en todo esto. En tanto que la ciencia se apreste a resolver los problemas sociales apremiantes, se vincula inevitablemente con preocupaciones políticas. Le corresponde al Estado —a través de instituciones apropiadas— promover la difusión de la ciencia como cultura general e incitar la discusión informada sobre asuntos en los que la ciencia y la tecnología tengan implicaciones sociales.
El progreso vertiginoso de la ciencia y de la economía global encuentra a Nicaragua desamparada en materia científica, sin apariencias de que algo bueno vaya a ocurrir. Puesto que en el mundo de hoy la economía y el bienestar de las naciones dependen de la apropiación y generación de conocimientos, a como van las cosas los nicaragüenses seremos los indigentes, los parias de la nueva sociedad del conocimiento.
La languidez de acciones gubernamentales en ciencia y tecnología contribuye eficazmente con la profundización de un modelo injusto de concentración de la riqueza, de pobreza y desigualdad, y perpetúa el subdesarrollo.