En una página de internet denominada Monografías.com se define el totalitarismo y el Estado totalitario de la siguiente forma: “Totalitarismo es la absorción completa de la sociedad civil por el Estado. Para que esta forma de gobierno pueda sustentarse durante cierto tiempo es necesario un férreo control de los medios de comunicación y del aparato represivo (Policía, Ejército, fuerzas paramilitares, etc.). En un Estado totalitario no existe la división de poderes o, si existe, no es una verdadera división, ya que el mismo grupo controla todo. Un Estado totalitario es dirigido por una persona o partido único, que tras ganar adeptos y conseguir el poder convierte al Estado en un valor absoluto, obligando a todos los demás habitantes a subordinarse a su poder”.
En Nicaragua no existe, aunque existió anteriormente, un Estado totalitario, pero lo cierto es que el presidente Daniel Ortega está dando claras muestras de que quiere moverse en esa dirección. Se niega a compartir el poder y quiere —como sea y al precio que sea— tener un control absoluto del Estado. Por eso ha creado la actual crisis política e institucional y por eso truena en sus discursos para mantener en tensión y angustia a la población. No hay otra explicación.
Ortega quisiera que la Asamblea Nacional aprobara sin chistar todas las iniciativas de ley que él manda; y que lo apoyara en sus intenciones de reformar la Constitución para reelegirse, para cambiar el sistema político y para cualquier otra cosa que se le ocurra a su cabeza autoritaria. Si los legisladores rechazan tales iniciativas o las alteran, entonces él arma un caos a través del Poder Judicial, amenaza con cárcel a los jefes de bancada y a los presidentes de los partidos políticos. Y de paso se llena la boca de amenazas y calificativos groseros contra los medios de comunicación, los cuales, según él, boicotean su gestión. Incluso, uno de sus más fieles colaboradores dijo recientemente en un programa de televisión, que los medios de comunicación independientes son terroristas.
Al parecer el presidente Ortega es un totalitario frustrado, porque no controla el Ejército ni la Policía para reprimir a los opositores y a los medios de comunicación. Sin embargo, su intención de contaminar políticamente a estas dos prestigiosas instituciones se ha dejado ver en varias ocasiones. Por ejemplo, cuando dijo que “sólo los animales irracionales son apolíticos”, en clara referencia a las declaraciones del general Omar Halleslevens, Jefe del Ejército, en el sentido de que este no es políticamente deliberante. Asimismo, mientras por un lado ha insistido en recordar a la Policía sus orígenes “sandinistas”, por otra parte denigró a la institución policial en su discurso del 10 de enero pasado. Ortega parece estar frustrado porque no puede utilizar a la Policía y el Ejército como armas represivas, tal como lo hace con el Poder Judicial, cuyos jueces orteguistas condenan o absuelven según la señal que les mande el caudillo.
El fondo de todo el asunto es que Ortega no sabe gobernar en democracia. La separación de los poderes del Estado es para el Presidente algo meramente técnico. Él se guía por la concepción marxista, según la cual el poder es uno, indivisible, total y absoluto. Era eso lo que enseñaban los catedráticos orteguistas en las facultades de Derecho en los años ochenta y es así como lo entiende todavía el Presidente. Partiendo de estas realidades, es de esperar que uno de sus principales objetivos sea, reducir al mínimo la oposición en la Asamblea Nacional. ¿Cómo? Comprando voluntades. Amenazando. Haciendo alianzas torcidas. Encarcelando o destituyendo diputados, etc. Después de todo, Daniel Ortega es de los que creen que “el fin justifica los medios”, y el fin consiste en el control absoluto del poder político. Si en la búsqueda de este objetivo el país llega al borde del abismo, no le importa. Si la producción se viene al suelo y asimismo la inversión extranjera, el turismo y la construcción, que así sea. Si los precios suben incontrolablemente, crece el desempleo y el salario de los trabajadores se vuelve cada día más irrisorio, nada de eso le importa.
Hay, sin embargo, un detalle muy importante que Ortega parece haber olvidado y es que los ciudadanos nicaragüenses saben castigar con el voto a sus verdugos.