Por fin se entregó a las dos rehenes de las FARC, después de tanta polémica y sufrimiento por parte de los secuestrados. Ahora es urgente que el niño nacido en cautiverio reciba la atención que necesita y regrese con su familia. El Presidente de Colombia había expresado dudas sobre la mediación internacional, pero ahora que las FARC cumplieron con sus promesas espero que todas las partes regresen a la mesa de negociaciones y que el Presidente no descarte la ayuda internacional de países amigos para alcanzar la paz.
También es imprescindible buscar las formas de liberar a todas las personas que se encuentran secuestradas desde hace mucho tiempo, en particular la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt. No creo que haya una solución militar al conflicto armado de Colombia, sólo cabe la solución política, y aunque cueste mantener el optimismo, hay que seguir buscando las posibilidades que existen en esa línea. Lo que ahora está ocurriendo en Colombia me hace recordar mis experiencias de los años noventa, cuando estuve muy comprometida con la causa del proceso de paz en esa nación y en particular el 15 de junio de 1997, día en que se surgieron las esperanzas en un proceso de paz verdadero.
Ese fue un día de fiesta en la pequeña ciudad Cartagena del Chairá, cerca de la capital departamental Florencia en el departamento de Caquetá en Colombia. Los reos liberados, 70 soldados del ejército de Colombia, abrazaban a sus vigilantes, guerrilleros jóvenes de las FARC. Las madres de los soldados lloraban de emoción, por fin sus hijos habían regresado a salvo. El Obispo celebraba una misa de agradecimiento y todos cantaban tanto el Himno Nacional de Colombia, como el Himno de las FARC. Cientos de periodistas elaboraban sus informes. La Cruz Roja, que había actuado como mediador, tenía la responsabilidad del evento, aquel 15 de junio, supervisó el acto de entrega de los rehenes, al cual asistía como testigo internacional, junto a otras 30 personas invitadas. Era un día hermoso, en el cual que yo y muchas otras personas pensábamos que al fin se había superado el punto muerto en las negociaciones y se había llegado al final del conflicto armado en Colombia. La entrega de los 70 soldados había sido precedida de una larga mediación durante la cual muchos temieron un arreglo sangriento. Los soldados entregados habían sido hechos prisioneros nueve meses antes, en un asalto a la ciudad Las Delicias. Ninguno de ellos sufrió maltratos o torturas durante su cautiverio y todos declararon que fueron bien tratados.
La Gobernadora de aquel departamento se llamaba María Orsa Suárez. Era una mujer muy valiente, de tendencia liberal, que se había hecho cargo del puesto luego de que su predecesor fuera asesinado. Era aceptada por los dos bandos, lo cual suponía ser una garantía para su vida. El departamento Caquetá que ella representaba tenía aproximadamente 400 mil habitantes y era conocido por sus cultivos de coca. La Gobernadora trataba activamente de interesar a todos los visitantes extranjeros en proyectos de desarrollo e inversiones para la región. No sé cuántos fueron aprobados al final, pero se trataba de una iniciativa importante. Sin contar con alternativas al cultivo de la coca, no se podía desalentar con su producción, pues los habitantes de Caquetá, como en todas partes del mundo, tenían que asegurar su sobrevivencia. Fuimos testigos de aquella ceremonia tan emotiva, completamente, que se desarrolló bajo el liderazgo de las FARC y la Cruz Roja como parte neutral. Durante la fiesta presenciamos escenas de amistad y hasta de amor entre algunos soldados y algunas guerrilleras. De regreso a Bogotá el presidente Samper nos invitó a todos los testigos internacionales al Palacio Presidencial en medio de un gran entusiasmo, pues todos nos sentíamos esperanzados creyendo haber presenciado un avance definitivo en el proceso de paz.
Lamentablemente no tardamos mucho en darnos cuenta que la paz no estaba tan cerca. Poco tiempo después resurgieron los conflictos bélicos y las acusaciones mutuas entre el Gobierno y la guerrilla que continúan hasta hoy. Los abusos y acosos contra individuos y comunidades por parte de los grupos paramilitares continúan. El Presidente conservador Pastrana, que sucedió al presidente Samper, escogió otro modelo de negociación entregando a las FARC un territorio, la zona desmilitarizada San Vicente del Caguán en Caquetá, al sudeste de Colombia, cuyo tamaño equivale a la mitad del territorio de Suiza y continuó las negociaciones tanto con las FARC como con ELN.
En septiembre del año 2000 regresé a Colombia para visitar el “territorio FARC” junto al senador Fabio Valencia Cossio, miembro de la Comisión para la Paz del Gobierno. En la comunidad Los Pozos, donde las FARC tenían su comando central y había construido con ayuda del Gobierno un lugar para dialogar, nos encontramos con el comandante Joaquín y otros. En febrero, el mismo año, una delegación colombiana, compuesta por representantes del Gobierno, el Parlamento, la empresa privada y la guerrilla, había visitado Suecia, donde se llevaron a cabo conversaciones confidenciales en un ambiente positivo, con el fin de establecer una relación de confianza entre las partes. Sin embargo, a pesar del tono amistoso del diálogo entre el Senador y los líderes de la guerrilla, ahora estos últimos expresaron una desconfianza total hacia el Gobierno. Y las preguntas que hice a los representantes de las FARC sobre su interés de firmar el Acuerdo sobre Derecho Humanitario Internacional, que establecía su compromiso de no usar niños soldados y minas antipersonales, respondieron en forma negativa, con lo que pudimos apreciar que se alejaban las posibilidades de reiniciar negociaciones de paz y mucho más de aceptar acuerdos. Algunos días antes, durante mi visita a los indígenas Embera-katio, en el departamento de Córdoba en el norte de Colombia, había podido constatar el dilema de los grupos indígenas que eran víctimas de agresiones y violaciones cometidas por ambas partes del conflicto y que se encontraban por ello en el ojo del huracán.
Los intentos bien intencionados de Pastrana no tuvieron éxito. Posteriormente, fue sucedido por el presidente Uribe, quien optó por aplicar política de mano dura con el fin de disminuir la violencia en ciertas regiones del país, mientras la OEA se ha involucrado en acciones de desarme de los paramilitares y en su reinserción a la sociedad. Tanto la actividad de la OEA como los métodos del presidente Uribe fueron criticados nacional e internacionalmente, pero el hecho de haber sido reelecto reflejó el apoyo con que contaba entre la población y la desesperación del pueblo colombiano por alcanzar la paz. Hoy continuamos preguntándonos cómo poner fin al conflicto armado en Colombia, sin encontrar respuesta, pero es obvio que se debe mantener el interés internacional en lo que está sucediendo en Colombia. Hay países amigos que no se han rendido y entre otros, Suecia sigue siendo un país con un gran compromiso para Colombia.
Resulta muy doloroso constatar cuánta sangre ha corrido en Colombia, por ejemplo el caso terrible del asesinato de 11 políticos en el Valle de Cauca en julio 2007, las fuertes reacciones contra la violencia en Colombia, por parte de millones de ciudadanos que anhelan una vida sin temor nos permiten albergar esperanzas. Confiamos en que se entregue también a otros rehenes, entre ellos a Ingrid Betancourt, la ex candidata presidencial, cuya triste imagen recientemente conmoviera al mundo.
El libro de Laura Restrepo que revela todos los intentos y negociaciones desde los ochenta, principalmente con el grupo M19, y que inicialmente llevaba el título Historia de una Traición, cuando fuera publicado por primera vez en 1995, termina afirmando en un tono decepcionado que “esa primera oportunidad, única e irrepetible, se había perdido, se había resentido la esperanza, y los intentos posteriores tendrían un costo social y humano cada vez más alto”. Pero al salir el libro nuevamente a la luz pública en el 2005 con el título por Historia de un Entusiasmo, el libro evocaba el entusiasmo de los ochenta y enfatizaba en la importancia de renovar las esperanzas. Al igual que ella, considero que no se pueden abandonar las negociaciones y que estas deben reiniciarse con la pronta entrega de los rehenes a sus familias. Hay que usar la experiencia de la entrega exitosa de 97 y de enero 2008 como ejemplos que sí es posible que puedan renacer las esperanzas de paz en Colombia.