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Balance de un mal gobierno
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Cuando Daniel Ortega tomó posesión de la Presidencia de la República, hace un año, había quienes tenían expectativas de que en esta nueva ocasión podría hacer un gobierno decente. Creían que Arnoldo Alemán había puesto en manos de Ortega una oportunidad de oro para que cambiara la mala opinión que la mayoría de los nicaragüenses tenía y tiene de él. Como candidato del Frente Sandinista había perdido tres elecciones consecutivas y ahora —aunque con triquiñuelas legales— podía, si quería, hacer buenas acciones para lavarse el rostro por su nefasto gobierno de los años ochenta.

Algunos esperaban, por ejemplo, que el presidente Ortega cumpliría su promesa electoral de fomentar la reconciliación y la unidad de los nicaragüenses; que estimularía la inversión nacional y extranjera —la cual es el motor del empleo y del crecimiento económico—; que crearía un clima de estabilidad política, de respeto a la propiedad, de fomento de la legalidad y del Estado de Derecho; y que internacionalmente mantendría relaciones respetuosas y pacíficas con todo el mundo. Pero Daniel Ortega hizo todo lo contrario.

El presidente Ortega comenzó su gestión presidencial haciendo una caricatura del Escudo Nacional. Se negó a despachar desde Casa Presidencial y lo hizo desde la Secretaría de su partido que es al mismo tiempo su casa de habitación. Atribuyó a su esposa poderes de Primer Ministro o algo parecido. Mandó destruir la fuente musical de la Plaza de la República. Impulsó —sin conseguirlo— reformas constitucionales que le aseguraran la reelección. Creó una singular empresa llamada Albanisa, para que los fondos del petróleo de Venezuela no pasaran por el Presupuesto Nacional. Amenazó confiscar a la Esso Standard Oil, obligándola a negociar la venta de tanques de almacenamiento. Y más recientemente, impuso a los CPC como órganos del Poder Ejecutivo e impidió que el Poder Legislativo publicara la ley que los deroga. Además, internacionalmente Ortega alineó a Nicaragua con la política de confrontación impulsada por Venezuela, Bolivia, Cuba e Irán.

Todo eso creó incertidumbre, desasosiego, polarización. No hubo en absoluto contribución a la paz y a la reconciliación que Ortega ofreció durante su campaña electoral. En consecuencia, muchos inversionistas mantuvieron en suspenso sus proyectos y el resultado es que no se generaron suficientes empleos y la economía no creció como debía. La inflación ha sido más alta que en cualquiera de los gobiernos que le precedieron. El año pasado, en términos generales, los nicaragüenses se hicieron más pobres y tuvieron menos tranquilidad, de manera que la frase de que “lo que queremos es trabajo y paz”, fue un burlón eslogan de campaña electoral.

También había gente que tenía la expectativa de que Ortega abriría su gobierno a los sectores de oposición, que incorporaría en su gabinete a profesionales altamente calificados que le auxiliaran efectivamente en su gestión. Pero el Presidente estableció una política de “apertura cero”, dejando claro que no estaba dispuesto a compartir espacios con nadie, ni siquiera con sus aliados de la Convergencia cuyos nombres permanecen en el anonimato. Esta misma actitud generó en el pasado la separación de antiguos cuadros prominentes del Frente Sandinista, como Henry Ruiz, Sergio Ramírez, Herty Lewites, Dora María Téllez, Víctor Hugo Tinoco y otros más. De hecho, Ortega quiere hacer de los CPC el semillero de la “nueva dirigencia” política a su servicio personal, anulando a los militantes históricos del Frente Sandinista. Por lo tanto, el sandinismo orteguista ha ido cerrando puertas aún a aquellos que han estado fielmente dentro del partido por muchos años.

Todo lo que Ortega y su cúpula hicieron el año pasado gira alrededor del objetivo único de aumentar su poder personal y su control del aparato estatal, garantizar su continuidad y fortalecer la fortuna económica de la familia gobernante. La antigua comandante guerrillera sandinista, Dora María Téllez, lo resumió de manera dramática, al decir: “No, el FSLN ya no existe (…) el sandinismo en la cúpula de ese partido simplemente está muerto, lo que hay es un danielismo que se caracteriza por su afán de poder, sin ningún contenido programático y sin ningún objetivo”.

En tales circunstancias no es sorprendente la caída de apoyo y de confianza ciudadana en el gobierno de Ortega, que reveló la encuesta de M&R que publicamos esta semana.

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