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2008: ¿Proyecto de una monarquía a la marroquí?
Cristiana Chamorro Barrios
La autora es periodista
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No es casualidad que el Presidente Daniel Ortega en uno de sus discursos de fin de año le haya gritado a la oposición: “El único Rey en Nicaragua es el pueblo”. La frase podría interpretarse como un disparate más del comandante, pero es otra declaración peligrosa que debemos tomar en serio.

En medio de sus incoherencias, el Presidente comienza a introducir el eufemismo: rey-pueblo, antes pueblo presidente y entonces ahora rey-pueblo-presidente Daniel. De esta manera confirma el objetivo íntimo del proyecto Ortega-Murillo: gobernar como rey absoluto, al amparo de reformas constitucionales que le aseguren perpetuidad en un Estado patrimonial, que coloca al monarca por encima del derecho y sin obligaciones legales.

En efecto, el poder absoluto con que Ortega pretendió imponerse en el 2007 y su propuesta para el 2008 de afirmar en una nueva Constitución lo que ha venido haciendo de hecho, sólo admite comparación internacional con la monarquía de Marruecos, muy diferente a la española, la inglesa o el sistema parlamentario francés.

Si algo se puede pronosticar con certeza es que el presidente Ortega en este nuevo año va a insistir en que se aprueben sus reformas constitucionales que le permitan darle un marco legal a su proyecto monárquico con carácter totalitario y absolutista al estilo Marruecos.

“Si el gobierno no logra pasarlas en el 2008, buscará la manera de que sean aprobadas en el 2009 y ratificadas en el 2010”, confirmó el pasado 2 de enero a la agencia noticiosa AFP (Agence France-Presse) el magistrado Rafael Solís, estratega y vocero oficioso de la pareja presidencial.

En Marruecos, el Estado es una marioneta en manos del dictador y rey Mohamed VI. La Constitución marroquí protege los privilegios de la corona y faculta al Rey ser un súper jefe de Gobierno, gobernar por decreto y punto. El primer ministro y el resto de funcionarios no tienen poderes ni para cumplir sus responsabilidades, porque el poder de la monarquía ocupa demasiado terreno y el resultado es un sistema que sólo acentúa la pobreza.

Ortega y el rey Mohamed VI son enemigos declarados de la libertad de expresión, se manejan con largos discursos cargados de insultos y hasta se pelean de forma parecida con el Rey de España. Gobiernan sin partido y en secreto desde sus residencias. En días de fiesta, como el 31 de diciembre, salen en familia a los balcones del palacio para ver al pueblo de arriba abajo. Se diferencian de Chávez y Castro, en que la monarquía marroquí y el proyecto Ortega-Murillo tienen el componente de dictadura familiar a un nivel más alto.

Curiosamente la nueva Constitución que propone el presidente Ortega para Nicaragua es parecida a la del reino Magrebí. En Marruecos, el Rey constitucionalmente preside el Consejo de Ministros, nombra al primer ministro y a discreción puede cesar en sus funciones a los ministros, disolver el parlamento y llamar a nuevas elecciones que son hechas a la medida del Rey, quien es también la máxima autoridad judicial.

Y al igual que fueron creados los Colegios Reales en Marruecos, el proyecto monárquico de los Ortega-Murillo contempla institucionalizar los Consejos del Poder Ciudadano; instrumentos para consolidar la hegemonía del aspirante a Rey en nombre del pueblo-rey y darle así legitimidad a sus decisiones absolutas. El modelo marroquí es tan peligroso que incluye suprimir derechos individuales, silenciar progresivamente a la oposición y estatizar empresas además de la entronización de la familia gobernante.

Esta amenaza en tiempos de crisis permanente como las que provoca Ortega todos los días podría tener resultados devastadores en la economía y la paz social como sucedió con la dinastía somocista hace treinta años. Sin embargo, a estas alturas del proceso el avance del proyecto monárquico de los Ortega-Murillo es reversible. Todo depende de las opciones de los partidos políticos y la capacidad de unidad nacional, al menos en dos objetivos esenciales para el 2008:

Primero, defender las libertades públicas a cualquier costo, principalmente la libertad de expresión, piedra angular de la democracia por la que hace treinta años fue asesinado mi padre Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Segundo, asegurarnos este año electoral el triunfo del poder municipal y la descentralización del Estado vs. el absolutismo del rey-pueblo-presidente Ortega.

La victoria sobre el proyecto Ortega-Murillo en las elecciones municipales es determinante para rescatar la democracia. Sólo será posible si la unidad del Bloque contra la Dictadura de los partidos se mantiene con candidatos únicos para cada uno de los municipios. De lo contrario, si los partidos políticos que se llaman demócratas vuelven a competir divididos, serán los principales responsables de la entronización de una monarquía a la marroquí en Nicaragua.

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