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Gossage sí, Rice no
Edgard Rodríguez C.deportes@laprensa.com.ni

El Salón de la Fama es para grandes jugadores, no para los buenos jugadores. De eso estamos claros. Ahora, establecer la diferencia entre ambos ha sido el más serio inconveniente por el que atraviesan los votantes.

Un jugador tiene nivel o no lo tiene, pero no debería estar sujeto a una serie de factores subjetivos como la dimensión del grupo elegible en un determinado año, o la relación que él tuvo con el periodismo.

Por ejemplo, ayer se seleccionó a Rich Gossage con toda justicia, pero durante 13 años se le había hecho a un lado. Y a Jim Rice se le volvió a ignorar, pese al impacto que tuvo con los Medias Rojas.

Gossage salvó 310 juegos en los días en los cuales los relevistas debían trabajar más para rescatar un juego. No es que la regla haya sido distinta, sino el uso que los managers hacían. Ahora, tiran un inning. El “Ganso” muchas veces vino desde el séptimo.

Pero, además, fue un jugador de impacto, con sus cifras, sus veloces disparos y su figura intimidante. Sobresalió en su generación.

¿Y no fue justo eso lo que hizo Rice con Boston? Ahí no había un bateador más intimidante que él, y desde 1975 a 1986, encabezó la Liga Americana en jonrones, remolques y extrabases, lo mismo que en slugging.

Pero, tendrá que esperar afuera, lo mismo que Bert Blyleven, el holandés que ganó 287 partidos y ponchó a 3,701 bateadores, mientras propinaba sesenta lechadas.

Tampoco hubo espacio para Andre Dawson, el más completo entre los jugadores de los años ochenta, con 438 jonrones, 2,774 hits y un título de Más Valioso.

Incluso, un colega de Dawson, Tim Raines, quedó lejos, pese a ser líder en robos durante seis campañas seguidas y encabezar su circuito en hits, dobles, triples y boletos, en ocho temporadas sucesivas.

La verdad es que la entrada es difícil, y está bien, debe ser selectiva, pero los criterios parecen variar de un año a otro.

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