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Raudo, veloz el paso del tiempo va reciclándonos varias vidas en una sola, arrastrándonos nos lleva en su loca carrera y cuando se le antoja nos dice hasta aquí no más llegan. Ni una fracción de segundo más tenés, aunque tu madre y tu abuela bajen a toda la corte celestial, aunque te hayan enviado a Miami con los mejores doctores, aunque te falten unos diítas más para terminar lo que sería tu requete buscada obra maestra, aunque le hayas pedido perdón a tu madre o a tu víctima de ser un “cría cuervo saca ojos”, aunque prometas regresar todo el dinero robado a sus legítimos dueños, aunque te hayas arrepentido mil veces de todo lo malandrín que fuiste y estés con el Jesús en la boca, aunque joven y sin haber explorado el inmensurable mundo creyente o no creyente de los designios divinos, hete allí que el tiempo se te vuelve finito, el torrente sanguíneo se detiene, las sinapsis cesan borrando todo ese mundo interno, donde te habías refugiado aletargado y te deja bien seriecito y calladito, como niño formal, como si no hubieras quebrado ni un plato, con las manos entrelazadas, tan frías y duras como el crucifijo que sujetan y que te han puesto como visa de entrada al aburrido cielo de nuestras abuelas.
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