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Narrativa
 
Otto Aguilar
Copos de algodón sobre San Francisco

Como asépticos copos de algodón adheridos a los altos edificios, la bruma amanecida sobre la ciudad de San Francisco representa una idílica vista de tarjeta postal para el turista recién llegado. Ya el sol ha soltado su larga melena dorada de andrógino coqueto, sobre edificios, parques y avenidas.

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Polvo de estrellas

Raudo, veloz el paso del tiempo va reciclándonos varias vidas en una sola, arrastrándonos nos lleva en su loca carrera y cuando se le antoja nos dice hasta aquí no más llegan. Ni una fracción de segundo más tenés, aunque tu madre y tu abuela bajen a toda la corte celestial, aunque te hayan enviado a Miami con los mejores doctores, aunque te falten unos diítas más para terminar lo que sería tu requete buscada obra maestra, aunque le hayas pedido perdón a tu madre o a tu víctima de ser un “cría cuervo saca ojos”, aunque prometas regresar todo el dinero robado a sus legítimos dueños, aunque te hayas arrepentido mil veces de todo lo malandrín que fuiste y estés con el Jesús en la boca, aunque joven y sin haber explorado el inmensurable mundo creyente o no creyente de los designios divinos, hete allí que el tiempo se te vuelve finito, el torrente sanguíneo se detiene, las sinapsis cesan borrando todo ese mundo interno, donde te habías refugiado aletargado y te deja bien seriecito y calladito, como niño formal, como si no hubieras quebrado ni un plato, con las manos entrelazadas, tan frías y duras como el crucifijo que sujetan y que te han puesto como visa de entrada al aburrido cielo de nuestras abuelas.

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Ricardo Llopesa
El canto de Rubén

Rubén Darío tenía 39 años, era Cónsul de Nicaragua en París y corresponsal de La Nación de Buenos Aires cuando llegó por primera vez a Palma de Mallorca una mañana del 15 de octubre de 1906. Iba en busca de descanso para aliviar su mente de una serie de problemas que habían degenerado en neurosis. La dipsomanía; el desencanto de su primera novia, Rosario Murillo, con quien contrajo matrimonio bajo amenaza después de la muerte de su primera esposa, a quien había idealizado hasta la perfección; las críticas que encontró su estética en la España decimonónica, reacia a aceptar los principios de la modernidad europea; los constantes problemas económicos; un proyectado viaje a su país en busca de un cargo diplomático ante su majestad Alfonso XIII, con el fin de ascender de rango social, premio que Hispanoamérica concedía a sus poetas más destacados; los problemas de convivencia con Francisca Sánchez, a lo que hay que agregar la muerte sucesiva de sus hijos habidos con ella fueron algunas de las causas. Lo único que el poeta encontró en Palma de Mallorca fue la inspiración. Lo único que sabía hacer.

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