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Managua, 27/05/2012 1:48 AM
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Los niños en los albergues son los más vulnerables porque viven en graves condiciones de hacinamiento. (LA PRENSA/ M. ESQUIVEL)
Evacuados viven calvario en albergues
Más de un mil personas permanecen desde hace tres meses en seis centros educativos de Managua
Los recursos para la comida se están acabando, la violencia aumenta y el Gobierno no da la cara
Anne Pérez Rivera
nacionales@laprensa.com.ni
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Más de 500 niños bajo estrés

Los niños también viven su calvario. Darwin Rojas, de trece años, es, por ejemplo, el encargado de cocinar la comida para sus cinco hermanos. Lo hace muy bien, asegura otro habitante de una de las aulas del San Sebastián, donde viven otras trece personas.

¿Y si va a cocinar para qué lleva ese vaso de pega?, le preguntamos. “Es para encender el fuego, es más rápido si se usa pega de zapato”, contesta el muchacho.

Mientras Darwin atiza el fuego, Engel, de cinco años, juega con un machete. Los padres están en el otro extremo del colegio y no ven nada.

En la Escuela Experimental Acahualinca, Yahoska, de once años, es la cabeza de la familia en ausencia de su mamá, una vendedora del Mercado Oriental. Ella se encarga de bañar y cuidar a sus dos hermanos menores y hasta lava los trastes.

Como Darwin y Yahoska hay más casos. A juicio de María Machicado, representante adjunta del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), son indicativos de los grandes riesgos en los albergues.

Machicado afirma que los más de quinientos infantes dentro de los seis albergues, están sometidos a un estrés grave.

“Sólo la pronta intervención nos permitirá identificar si la niñez evacuada está sufriendo algún tipo de depresión. Eso sin olvidar que el próximo año hay que procurar que vayan a las escuelas”, recomendó Machicado, quien confirmó que el Gobierno aún no ha pedido ayuda a los organismos no gubernamentales para atender el caso de la población en los albergues.

Karla Olivares, sicóloga del organismo no gubernamental Dos Generaciones, recomendó a las autoridades del Gobierno, priorizar a la niñez.

“Los niños y las niñas, en la mayoría de los casos, no reciben información de lo que ocurre y a veces por la misma situación de desastre pueden ser víctimas no sólo de sufrir depresiones sino también abusos”, indicó la experta.

Olivares recomendó a los padres estar pendientes de los cambios de conducta de los menores de edad, porque eso puede ser un útil parámetro para determinar si el niño o niña es víctima de algún tipo de violencia.

La alimentación y un adecuado tiempo de recreación también deben ser priorizados para los niños de los refugios.

Comida al fiado

El Sistema Nacional para la Prevención, Mitigación y Atención de Desastres (Sinapred) ya tiene una deuda superior a los cinco millones de córdobas, pues por cada evacuado invierte más de un dólar diario en alimentación, explicó Ramón Arnesto Soza, secretario ejecutivo del Sinapred.

Aunque los niños del aula doce del Colegio San Sebastián sólo piden una pelota para jugar, ellos necesitan más que eso. Necesitan una casa para vivir y dejar el “hogar temporal” en que han vivido desde hace tres meses: las deterioradas aulas de ese colegio capitalino.

“Es que aquí no tenemos pelotas buenas, sólo unas de plástico que ya se fregaron”, insiste Yelser, de 12 años, y una de las más de un mil personas que desde octubre pasado fueron evacuadas de los barrios costeros del Lago de Managua (Xolotlán), anegados durante el último período lluvioso.

Yelser, igual que los otros diez niños y 14 adultos que viven en el aula doce del Colegio San Sebastián, habitaba donde era el barrio Manchester, una zona “normal” que luego de las lluvias pasadas desapareció del mapa municipal y en el lugar de viviendas, farmacias, iglesias y preescolar, quedó un enorme campo deforestado.

En ese barrio vivían 266 familias, pero 180 estaban en mayor riesgo y fueron evacuadas hacia seis centros escolares de Managua que funcionan como albergues. Además, otras familias de los barrios Cristo del Rosario, anexo al barrio Domitila Lugo y Bajos de Acahualinca, fueron albergadas para sumar un total de 266 familias compuestas por un mil 59 personas evacuadas, de acuerdo al más reciente informe presentado por el teniente coronel Néstor Solís, jefe de la Defensa Civil de Managua.

Como resultado, ninguna de las familias en situación de riesgo sufrió consecuencias graves para su salud, más que padecimientos controlables en la piel, el estómago y la garganta. Sin embargo, en centenares de casos la medicina resultó peor que la enfermedad, y los albergues se han convertido en un verdadero calvario para los evacuados.

EL DRAMA DE LOS ALBERGUES

En el Colegio Panamericano viven 47 familias, incluyendo la de Carolina Ruiz Chávez. Ella, su esposo y sus dos hijos están albergados en un aula que comparten con otras nueve familias y en total son 18 personas, entre adultos y niños, los que viven en ese reducido espacio.

Ruiz Chávez sobrevivía de la venta de ropa usada en el Mercado Oriental y desde hace tres años vivía en el Manchester. Pero con las inundaciones perdió el material de trabajo y parte de su casa cayó, así que en medio de lágrimas sólo pudo atinar a decir que no quería pasar Navidad en el albergue. No tuvo de otra, ahí pasó la Nochebuena.

“No tenemos lavanderos y carecemos de agua potable porque se va desde las seis de la mañana, y la comida nos está enfermando”, se queja luego de secarse las lágrimas.

En el Colegio San Sebastián la situación hasta se ha tornado violenta. En ese centro han habido macheteados, como resultado de varios pleitos entre los mismos evacuados, y ya en varias ocasiones la Policía Nacional del Distrito 2 ha tenido que intervenir para calmar los ánimos.

“El problema es que todos viven hacinados, las condiciones son precarias y la gente se siente muy mal y eso genera todos los conflictos”, indicó José Quintanilla, promotor social de la Alcaldía capitalina que desde hace tres meses atiende personalmente a los evacuados.

Además de los pleitos, en el San Sebastián sólo funcionan dos de los seis inodoros, y el agua para cocinar a veces tiene que ser tomada de un grifo que está dentro de los baños.

“Ni los zancudos nos dejan en paz”, se quejó María Alarcón, una de las evacuadas. Lo peor es que la precaria situación de los refugiados amenaza con extenderse, porque ninguna autoridad se ha interesado en darles una ubicación estable.

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