En este tiempo de Adviento, cuando nos preparamos en actitud vigilante para la llegada de Jesús, tres son los personajes que aparecen en la liturgia: el profeta Isaías, la Santísima Virgen María y Juan el Bautista.
Juan es llamado el Precursor, porque fue adelante del Señor. Nació, predicó y murió antes que Jesús. Anunció su venida: “En medio de ustedes hay uno que no conocen, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”.
Muchos, hoy, desconcertados por el egoísmo de la descomposición social en todas sus formas, de la manipulación de quienes se apropian de vidas, bienes y conciencias, debemos escuchar y atender al profeta: “Yo soy la voz que grita en el desierto. Enderecen el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías.
Nuestra sociedad se ha transformado en un enorme desierto, sediento de una lluvia de voces que se alcen para ser escuchadas, de corazones que se conmuevan por la injusticia y de manos que trabajen por la construcción de una sociedad más humana.
Juan sufrió el martirio, a manos de Herodes, por el anuncio de la Verdad. En la muerte del Bautista es importante contrastar la actitud de Herodes y la de Juan, que se convierten en dos tipologías de hombre.
La primera, de Herodes, actitud típica del político traicionero en el ejercicio del poder, que pese a que admiraba a su crítico y por eso no lo había mandado a matar, en una situación absurda y ridícula, cuando baila la hija de su concubina, la danzante se deja manipular por la perversa mujer (Herodías), que odiaba a Juan, porque fustigaba los excesos de la dominación y hace que decapiten al profeta.
Es la tipología propia de hombres que se dejan llevar solamente por el interés, la conveniencia y el qué dirán, que no les importa perder su integridad moral, con tal de sacar ventaja. Capaces de venderle el alma hasta el diablo, para lograr sus malos propósitos y quedar en el registro de la historia con el nefasto título de perversos.
Pero también aparece la otra tipología, representada en Juan, un hombre íntegro, de convicciones, con una gran claridad acerca de su misión y del papel que debe desarrollar en una sociedad determinada. Encarna de manera ética su obediencia a Dios y la entiende como el anuncio de la equidad y el bien obrar para sí mismo y para los demás. Pero también simboliza la denuncia de cualquier clase de inmoralidad venga de donde venga y se compromete con el querer de Dios a sabiendas que pone en riesgo su propia vida.
Juan personifica a los hombres y mujeres de verdadera voluntad de servicio, que se desgastan por la construcción de un mundo mejor. Por lo tanto se ha convertido en motivación para muchos, que han derramado su sangre por sacar adelante sus ideales y comprometerse con ellos, frente a las fuerzas obscuras de la crueldad. Juan es un verdadero profeta. Al falso profeta se le distingue porque es ambiguo, acomodaticio a las circunstancias, interesado únicamente por sus honorarios y bienestar.
En la historia se repiten los acontecimientos que intentan acallar la voz de quienes testifican con su vida lo que creen, pero confiamos firmemente en que el mal no derrotará al bien, porque en Cristo encontramos la fortaleza necesaria para soportar los ataques del demonio, que ya ha sido vencido en la Cruz Redentora de Jesús.