“Los invito a rezar por la reconciliación y la paz en algunas situaciones que desatan alarma”.
(Benedicto XVI)
“Mañana será otro día, ya veremos lo que haremos”, se dice el líder o grupo falaz al salir del diálogo.
En Nicaragua se habla mucho de la necesidad de un diálogo nacional para llegar a un acuerdo entre todas las fuerzas vivas del país, a fin de alcanzar una paz duradera como producto de la reconciliación.
Pero sólo un diálogo sincero puede producir una reconciliación verdadera y una paz permanente y durable, pues, naturalmente, las pedradas de amor y los garrotazos de reconciliación no son efectivos abonos para la paz.
La primera condición para propiciar la reconciliación y la paz a través del diálogo es amar la verdad. Sólo la verdad puede llevarnos a solucionar la presente pugna entre el totalitarismo y la democracia
La segunda condición es rendirse a la verdad. Quien no vive la verdad no está capacitado para participar en un diálogo fructífero. Podrá hablar muchas cosas hermosas sobre la paz, la unidad, la reconciliación y la fraternidad, pero sus palabras serán igual a hojas secas que se las lleva el viento. Le faltará el ingrediente tan necesario o imprescindible de la honestidad, ya que una persona o grupo así busca siempre el propio beneficio o ventaja, dar tiempo al tiempo, cualquier cosa, con tal de poder salirse con las suyas a toda costa.
Tercera condición: sinceridad en el querer. Estampar una firma en momentos de apuro, para salir del paso, resulta facilísimo. El factor determinante del fracaso de casi todos los diálogos nacionales habidos en Nicaragua, particularmente de orden político, ha sido la falta de sinceridad en el querer dialogar de veras para buscar soluciones apropiadas, permanentes y definitivas a los problemas nacionales específicos.
Mientras sólo se busque salir de una coyuntura, y no propiamente extraer la raíz del mal, seguiremos caminando a paso lento, como la tortura, y para atrás, como el cangrejo.
La raíz de este mal radica en el corazón de todos, principalmente de quienes detentan el poder público, cuya sincera conversión a Dios en este Adviento, teniendo buena voluntad, cambiaría notablemente la suerte de nuestra Patria. En este sentido debemos orar mucho, pues sólo un diálogo sincero puede originar una paz auténtica y duradera entre nosotros.