La noticia de que Sergio Ramírez ha sido vetado por el Gobierno nicaragüense como prologuista de una antología de Carlos Martínez Rivas (1924-1998) no me sorprende del todo. El País, el diario encargado, no publicará la colección por considerar inaceptable el veto a Ramírez. La dictadura Ortega-Murillo ha consumado de nuevo su voluntad totalitaria usando esta vez al Instituto Nicaragüense de Cultura, institución que al parecer es dueña de los derechos de autor del poeta.
Si en Nicaragua el voto dejó de ser el recurso más valioso de la democracia después de ser brutalmente violado en las pasadas elecciones municipales, ¿qué más se podría esperar de este Gobierno, un régimen talibán que además de su oscurantismo religioso encarna por su pasado apocalíptico y el absolutismo político que practica al propio Leviatán, la obra de Thomas Hobbes escrita en el siglo XVI?
Sergio Ramírez, ex vicepresidente de guerra de Daniel Ortega, es junto con otros intelectuales nicaragüenses blanco de la ira del matrimonio que gobierna Nicaragua, por no someterse a sus designios dictatoriales. El autor, a pesar de que nunca ha pedido perdón por el matadero espantoso de la guerra en los ochenta, hoy denuncia la corrupción política de su antiguo compañero y recomienda no afiliarse a ideologías que ciegan, ni a comprometerse con sectas, “se los digo yo que quemé mis huesos en esa hoguera”, advierte.
El veto, que coincidió con la Feria del Libro de Guadalajara, provocó la reacción inmediata del distinguido cartel de invitados que este año exhibía la feria. En una nota titulada “Protesta contra un acto de censura oficial”, los pesos pesados de la literatura en español, entre los que se encontraban Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, afirmaron: “Ningún gobierno puede arrogarse la potestad de vetar o prohibir la palabra de un escritor, y un acto semejante no puede calificarse sino de totalitario”.
Sin duda que la protesta es justa y la acción un atropello a la cultura. Sin embargo, no sólo el Gobierno de Daniel Ortega impide con un acto de censura que la poesía llegue a miles de lectores; el veto contra Sergio Ramírez y la justa reacción de Gabo y compañía me obliga a poner la mirada sobre Cuba, donde por la censura oficial millones de personas viven con una venda ideológica siniestra, presas de un Estado policial.
En Cuba, además de otras brutalidades contra el pueblo, no sólo están vetados, sino prohibidos muchos escritores y artistas en un panteón proscrito donde hay nombres como Cabrera Infante, Celia Cruz, Zoe Váldez, José Triana, Cundo Bermúdez o Paquito D’Rivera. Algunos muertos, otros exiliados, otros anónimos presos, en una crónica del horror que nunca escribe Gabo, ni canta Silvio Rodríguez.
Cuánto bien harían por la democracia en Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador estas grandes figuras literarias si alzaran su voz en contra del absolutismo político imperante. Al fin de cuentas su obra se debe en parte a la tragedia política de nuestros pueblos. Es bastante vieja la sospecha de que uno puede aprender más de la historia política latinoamericana por su literatura que por sus libros de historia.
Los famosos defensores del régimen cubano, escritores o estrellas de Hollywood, nunca han vivido en la isla, ni tampoco ponen su dinero donde ponen sus palabras. Curioso paraíso de libertad que disfruta el pueblo cubano, sólo tiene fila de salida, en la entrada ni siquiera se forman sus más fieles admiradores.
Una notable excepción la pusieron en el año 2003 Eduardo Galeano y José Saramago, cuando tuvieron la honradez de criticar el desastre. Aunque cabe preguntarse sin embargo si alguien puede ser amigo, aunque sea crítico, de un gobierno que reconoce la libertad sólo para sus seguidores. La libertad no tiene partido, lo recordó Galeano citando a Rosa Luxemburgo frente a Lenin: “La libertad es la libertad del que piensa diferente”.
Si Hugo Chávez es un Musolini con plátanos, como ha dicho Carlos Fuentes, qué salva a Castro de ser uno con caña. La respuesta quizás la aproximó el escritor español Antonio Muñoz Molina en un artículo que publica también El País: “Los intelectuales que rinden pleitesía al tirano suelen venir de países democráticos donde se declaran muy críticos contra el poder, pero se ve que para que tanta rebeldía se vuelva reverencia solo hace falta que el poder sea absoluto. Cultivan una solidaridad heroica, pero sólo con los verdugos, nunca con las víctimas, y tienen el corazón de hielo para los perseguidos que no se ajustan a su ortodoxia”.