Mientras que con piedad y algarabía los nicaragüenses han celebrado La Purísima, en la ciudad francesa de Lourdes se clausura el Año Jubilar que conmemora los ciento cincuenta años de las apariciones de la Virgen a Santa Bernardita. En la fila interminable de los millones de peregrinos, pudimos ver a nuestro Papa Benedicto XVI.
Como es natural, cuando se trata de la vida de la Iglesia y de asuntos que tocan a lo espiritual, la atención de los fieles se vuelca mucho más al ámbito nacional —para no decir casero— que a la dimensión universal. Y eso no sólo en lo que se refiere a las cuestiones religiosas: vale también para la cultura, la política, la economía, etc.
Pero ese interés no puede ser tan cautivante o exclusivo, que apague la atención sobre otros asuntos significativos. Porque puede suceder que se dé más importancia al pie de una vecina que fue mordido por un perro, que a graves acontecimientos contemporáneos como, por ejemplo, el martirio de cristianos en la India o en Sudán.
Todo esto para decir que, en cuanto católicos, debemos valorar los grandes eventos eclesiales. Pienso en la Reunión de Aparecida, en el reciente Sínodo de Obispos en Roma o en los Años Jubilares Paulino y de Lourdes. De alguna manera debemos participar en ellos, si no con nuestra presencia, al menos con nuestro deseo y con nuestra oración.
A decir verdad, interesarnos no sólo por los grandes eventos, pero también con cosas que no tocan necesariamente en los intereses personales. Con cosas que suelen interesar sólo a los otros…
Cuando en la Plegaria Eucarística de la Misa el sacerdote proclama “¡Levantemos el corazón!”, no sólo insta al pueblo a volverse a Dios, como también a dilatar su interés por todos los hombres. Atinar para los demás es una consecuencia del amor de Dios. Ahí está el segundo misterio gozoso ilustrando esta realidad.
Así, damos a nuestra vida un sentido más universal y solidario. Y nos animamos en el quehacer diario, en medio de las agruras y dificultades inmediatas… que nunca faltan. “¡Levantemos el corazón!”
Pero ya que hablamos de Lourdes y estamos festejando en Nicaragua el grandioso privilegio de María, su Inmaculada Concepción, invito a los lectores a volver la atención a la gruta de las apariciones y a contemplar allí tres signos tan elocuentes y propios de ese lugar bendito: la roca, el agua y la luz.
La roca, donde está la gruta, es símbolo de la fuerza y de la perennidad de la fe; el agua de la fuente, que lava y sana, nos recuerda la vida nueva recibida en el bautismo; y la luz, brillando en centenas de candelas, evoca nuestras mejores ansias e ilusiones puestas a los pies de María.
Allá en Lourdes, los privilegiados son los enfermos, los jóvenes y los penitentes. ¿Y si en el ámbito de mis relaciones yo tuviera esos mismos criterios y fuese también así? Materia de reflexión... ¡Levantemos el corazón!
Muy interesante en ese sentido es un pensamiento de Benedicto XVI en su discurso del 8 de diciembre del primer año de su pontificado: “El hombre cuanto más se acerca de Dios, más se acerca de los hombres. Lo vemos en María”. En ella, continúo yo, que guardaba todas las cosas en su corazón. Todas.
Al terminar este artículo, quisiera darle un cariz más epistolar y amical y menos magistral, digamos.
Quien escribe estas líneas, tuvo la gracia de estar durante este Año Jubilar por tres veces en el Santuario de Lourdes. Allí he pedido por la paz y la prosperidad cristiana de Nicaragua; por la Iglesia que peregrina en ese suelo de María, pastores y fieles; por los heraldos del Evangelio de cuya familia hago parte, para que lleven por todas partes el amor a la Eucaristía, a María y al Papa.
Y he rezado por tantos amigos nicaragüenses que recuerdo con cariño desde este lado del océano y con los que me uno en el grito consagrado “¿Quién causa tanta alegría?” No tenemos derecho a estar tristes si la Concepción de María ilumina nuestras vidas.