Querida Nicaragua: Poco queda por decir de la barbarie electoral del pasado 9 de noviembre. Lo que en otros países se conoce como una fiesta cívica, aquí se convirtió en una orgía de garrotazos y morterazos para imponer por la fuerza bruta un triunfo que lejos de serlo, fue una verdadera derrota y la puesta en evidencia de un partido carente de la ética y la moral que tanto pregonan los camaradas.
El fraude fue tan desvergonzado y evidente que se busca desesperadamente la anulación de las elecciones. Los diputados de la democracia buscando el voto 47, y los diputados camaradas cabildeando, ofreciendo, buscando cómo evitar ese voto que abriría el camino a una probable anulación de todo el proceso.
Con una razonable dosis de sentido común y de realismo político, el Gobierno y el CSE, actores involucrados en el fraude que ha sido protestado nacional e internacionalmente, podrían recurrir ante la OEA y solicitar, como ya se ha hecho en el pasado, sus buenos oficios para encontrar una salida adecuada, ya no digamos respetable, a este grave problema. Eso sería como tender una escalera de plata para que bajen por ella aquéllos que hicieron un fraude y un descalabro electoral nunca visto en nuestra historia. Hasta para engañar se necesita talento, tacto y moderación, virtudes que no se cultivan con garrotes, tubos de hierro, machetes y morteros.
Dos lecciones muy importantes deberíamos sacar de esta vergüenza electoral en la que nuestros votos aparecen en los basureros o en cualquier parte, menos en los registros y resultados finales que presentó, sin rubor alguno, el llamado Consejo Supremo Electoral.
La primera lección es que los señores diputados deben tomar como norma principal para la elección de esos magistrados, la probidad, el intachable comportamiento profesional, la honorabilidad, rectitud y hombría de bien de quienes regirán los procesos electorales. Nadie que no pueda enseñar una limpia trayectoria moral y profesional debería poder ocupar semejante cargo. Puede pertenecer a cualquier partido, pero no obedecerá directriz alguna del mismo. El doctor Mariano Fiallos Oyanguren demostró en el noventa que se puede ser político pero que la ética y la moral son valores superiores a cualquier inclinación partidaria.
La segunda lección sería reformar la actual Ley Electoral, de manera que el CSE no sea un feudo en el que unos cuantos señores pueden hacer y deshacer, suprimir partidos, cambiar fechas e imponer nuevos calendarios, retardar cédulas de identidad, poner y quitar fiscales y policías electorales, negar la necesaria observación tanto nacional como internacional, etc.
Es difícil imaginar una futura elección presidencial con un Consejo Supremo Electoral tan desprestigiado como éste, y con una Ley Electoral plagada de hendijas para burlar fácilmente la voluntad de los electores.
Si realmente queremos elecciones justas y libres comencemos por hacer las reformas necesarias a la actual Ley Electoral. Y en esas reformas sería oportuno prohibir de una vez por todas la reelección presidencial, tanto continua como alterna, de manera que el ciudadano que haya ejercido el cargo de Presidente no pueda ejercerlo nunca más. Así terminaríamos con esa aberración histórica que ha producido caudillos, dictadores que se entronizan en el poder.
Los retos del momento son grandes. Las autoridades deberían dar paso a una reflexión patriótica que baje el tormentoso nivel de las aguas que podrían ahogarnos a todos. Está en peligro el sistema democrático de la nación, la institucionalidad que debe regir a los pueblos civilizados.