Soy una más de las miles de víctimas del descarado fraude de las elecciones municipales ejecutado por el CSE este pasado 9 de noviembre. Ninguna de las ocho juntas receptoras de votos del Instituto Olof Palme donde deposité mi voto, apareció en los resultados publicados por el CSE. El robo de más de seiscientas cincuenta juntas, en el caso de Managua, es innegable y totalmente comprobable. Por mi parte constaté personalmente los resultados en mi centro de votación y en las ocho juntas Montealegre ganaba con ventajas abismales. Por ejemplo en la 3360 donde me correspondió votar; Montealegre obtuvo 212 votos y el candidato del fraude apenas 36 votos.
Desde que asumió la Presidencia en el 2007, Daniel Ortega nuevamente ha venido cerrando los espacios de participación ciudadana, libertad de movilización y libertad de expresión. Desde su óptica de dictador, cualquier grupo que enarbole otra bandera que no sea la roja y negra se convierte automáticamente en un enemigo; no tolera críticas, no soporta la diversidad ideológica y mucho menos adversarios políticos. Pretende obligar a Nicaragua a retroceder en su proceso democrático y económico sometiendo a la ciudadanía a un régimen de terror, violencia y muerte. Con tal objetivo, el Gobierno ha venido implementando todo un programa de agresión e intimidación generalizado, pues no solamente insulta, apedrea, garrotea y apuñala a la oposición, sino que también victimiza a la ciudadanía que normalmente transita por las calles y carreteras de la capital y del país al obligarla a soportar diariamente tranques y amenazas de grupos de turbas que mantienen “tomados” desde hace varios meses diversos puntos neurálgicos de Managua.
Este Gobierno que heredó la “mesa servida” ha sido incapaz de continuar implementando aquellas políticas económicas y sociales que le habrían permitido al país seguir avanzando en su desarrollo integral. Por el contrario Ortega parece estar obsesionado con repetir el desastroso patrón de gobierno de los ochenta y pretende que los nicaragüenses como una masa de idiotas, bajen la cabeza y acepten entregar sus derechos constitucionales, su libertad y su futuro. Así, con la misma mentalidad decimonónica de Ortega, han sido entrenados los funcionarios de su gobierno que sin pensar en las consecuencias de lo que dicen; repiten las soberbias e irresponsables producciones de su presidente, creando así un ambiente político cada día más polarizado; totalmente ajeno a la paz y reconciliación que aseguran promover. La reciente amenaza vertida por el señor Ortega a través del Procurador General de la República solamente me recordó la que hiciera en los años ochenta Humberto Ortega cuando dijo que harían falta postes para colgar a todos los burgueses. Sin embargo, vale aclarar que de aquel tiempo acá, los nicaragüenses han aprendido a vivir en democracia y están decididos a mantenerla. Por lo tanto es recomendable que don Daniel Ortega la piense dos veces antes de continuar agrediendo a los medios de comunicación y a la ciudadanía, pues de lo contrario, de lo que no quedará piedra sobre piedra es de su gobierno.
La voz justa y firme impresa en los mensajes de la Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica, la unidad demostrada por diversos sectores políticos, la preocupación expresada por los países amigos y cooperantes y la férrea decisión del líder liberal Eduardo Montealegre de no aceptar ninguna clase de negociación frente al vulgar y cínico fraude electoral llevado a cabo por el CSE, son elementos que deben de llenar de esperanza y fortaleza a los nicaragüenses para mantenerse unidos ante este atropello. Considero que de aquí para adelante ante la negativa del CSE de presentar los resultados junta por junta como lo exige la Ley; la única actitud coherente que cabe a la oposición es impulsar la anulación de estas elecciones y hacer campaña para que ningún alcalde que se llame demócrata asuma un cargo producto de este vergonzoso fraude, pues hacerlo sería legitimarlo.