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(FOTOS: LA PRENSA/B. PICADO)
“Me considero un perseguido político”
Alberto Boschi, Misionero Católico
Tras un juicio que califica de viciado, el misionero asegura que apelará el fallo “injusto” que lo condena a un año de prisión por los delitos de portación de armas y agresión contra un periodista de un canal del Gobierno. Ahora, lo que más quiere, es volver a Italia, al lado de su madre que está bastante enferma
Amalia Morales
nacionales@laprensa.com.ni
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Cansado. Con una barba de varios días. Con la mirada oculta tras unas gafas de sol. Seguramente con ojeras porque su situación no lo ha dejado conciliar el sueño en los últimos días. Leyendo la Biblia. Sin paradero fijo. Rodando de un lado a otro por el país. Lejos de su casa en Ciudad Sandino, adonde no quiere volver por temor a que le pase algo a él, a su familia o a sus allegados. Así está el misionero católico Alberto Boschi, a quien la semana pasada la justicia condenó a un año de cárcel por dos delitos, del que no hay evidencias, que haya cometido.

“Yo no sé qué me va a pasar, no sé si voy a quedar preso”, dice con preocupación Boschi, en la entrevista que da a LA PRENSA en un lugar al oriente de Managua.

Dice que no está huyendo de nadie. Sólo ha querido alejarse por “seguridad”.

“Si estoy aquí nadie me va a encontrar. Me andaban buscando, dicen, que para asesinarme”. Boschi se refiere a supuestos miembros de los CPC (Consejos del Poder Ciudadano) que hace pocos días llegaron a apedrear su casa, en la que estaba sola su suegra.

“Estamos ante una barbarie, en manos de salvajes”, dice. En sus palabras agitadas se percibe el miedo.

“Creo que a mí me puede pasar algo porque hay enfermedades que son psicosomáticas, que la tensión, el estrés nervioso, en ese sentido sí me siento bastante mal, he comido mal, tengo acidez en el estómago, tengo una tensión permanente, sólo duermo leyendo la Biblia, alineándome a Dios, es una situación permanente de tensión (...) esta tortura sicológica que me están haciendo que nadie me va a pagar”, dice.

¿Y qué piensa hacer?

Pienso que la Embajada de Italia puede hacer algo, voy a pedir a mi embajada que me ayude a salir de aquí, porque me han condenado injustamente, quiero que me ayuden a tener una salida decorosa. Me considero un perseguido político.

Otra esperanza de Boschi es el proyecto de ley de indulto que a su favor propondrán hoy en la Asamblea Nacional, Eduardo Montealegre y Enrique Quiñónez, los dos políticos liberales que se han solidarizado con su situación.

El misionero dice que quiere regresarse a Italia, para estar con su mamá que está bastante delicada de salud por la situación que él enfrenta en este país.

La tragedia del misionero italonicaragüense, que vino por primera vez a finales de los años ochenta, comenzó el 30 de julio de este año.

Boschi había ido con un grupo de gente de Ciudad Sandino a la rotonda de Metrocentro para sumarse a la protesta contra el despilfarro gubernamental en campañas publicitarias, que había convocado el grupo Puente.

El plantón fue repelido por un grupo de orteguistas, que con palos y piedras ahuyentaron a los protestantes. En la trifulca, resultó herido en la pierna el periodista Antenor Peña, del oficialista Canal 4.

“Esa fecha es emblemática, porque fue la última manifestación que se pudo hacer”, insiste el misionero.

Semanas después de esa violenta fecha, cuando estaba en Italia, buscando apoyo para los proyectos sociales que desarrolla en Ciudad Sandino, se enteró que había sido acusado de la agresión contra Peña. Inmediatamente regresó al país para asumir el juicio, que desde un comienzo consideró viciado, por la falta de pruebas en su contra.

¿Usted no está dispuesto a ir a la cárcel?

Esto no depende de mí, ninguna persona está dispuesta a ir a la cárcel injustamente, porque yo no he hecho nada absolutamente nada. Fuimos amenazados nosotros, fuimos lesionados y por qué tengo que ir a la cárcel (...) pero al final me pongo en las manos de Dios.

En realidad, Boschi, dice que sus problemas empezaron antes: en noviembre del 2007, cuando él fue a la Costa Atlántica a verificar la tragedia que provocó en el Atlántico Norte el paso del huracán Félix.

En esa ocasión, comprobó in situ que los alimentos donados aparecían en almacenes y tiendas, pero que no se distribuían a la población necesitada. “Las mamás daban agua con sal a sus hijos, y eso no era justo”, dice el misionero, que procedió a denunciar la problemática. Según él, esto le granjeó una enemistad con el diputado de Yatama, Brooklyn Rivera.

“Yo había ido con la intención de ver cómo estaba la gente por la tragedia, para luego ver cómo se podía gestionar ayuda para la tragedia”, recuerda. Sin embargo, fue expulsado de la región. No pudo volver a la zona. Dice que la propia comisionada de la Policía, Aminta Granera, le comunicó que no respondía por su seguridad.

Ahora, que enfrenta este juicio político, Boschi también ha recibido solidaridad por parte de mujeres de la zona del Río Coco.

EL ENCANTO REVOLUCIONARIO

Boschi, que se hizo misionero católico a los 19 años, vino a Nicaragua por primera vez en 1989. Entusiasmado por las historias de la revolución que se divulgaban en Europa, quería saber cómo era la revolución que tenía a tres sacerdotes ocupando cargos de ministros. Entonces, los hermanos religiosos, Fernando y Ernesto Cardenal, y Miguel D’Escoto, eran parte del Gobierno sandinista que abandonaría el poder poco después, a comienzos de los noventa.

Para venir al país, Boschi, que hoy se considera un perseguido político por el actual Gobierno, había hecho una pausa en su labor como misionero. Para esa época, apoyaba la tarea humanitaria de refugiar a unos 2,000 libaneses, que huyendo de los conflictos recurrentes en Beirut y Siria, habían llegado de forma masiva al departamento de Como, al norte de Italia, muy cerca de la frontera con Suiza.

A Boschi, que sólo había escuchado y admiraba la historia de los sacerdotes ministros, le gustó tanto lo que vio durante las tres semanas que estuvo en este país, que se quedó con la idea de volver. Concretó la intención en 1994, cuando una amiga italiana que vivía en el país, le ofreció venderle la casa que tenía en la laguna de Xiloá, en las afueras de Managua. Sin pensarlo mucho, el misionero aceptó la propuesta y se instaló a orillas de la laguna con el fin romántico de trabajar en la zona a favor de los comunitarios. El cierre de negocios y el descontrol policial que se desató a mediados de los noventa en los márgenes de la laguna, lo terminaron empujando a Ciudad Sandino, que entonces no era municipio, sino el distrito más pobre de Managua. Ahí, encontró una comunidad de 100,000 personas, con muchas necesidades a las que podría ayudar.

Una de las carencias más grandes que encontró fue la educación. Dice que en Ciudad Sandino mucha gente no accede a la escuela, ni al colegio por falta de recursos económicos. Por eso, entre sus metas, estuvo la de crear una escuela en la zona 11, una de las más deprimidas del municipio. En el 2004, con dinero propio, fundó la escuela Lorenzo Milano, un seguidor de los postulados del brasilero Paulo Freire, que propugna por darle la palabra a los que no tienen voz.

En la actualidad, unos 450 niños cursan la primaria y la secundaria en esa escuela. Boschi explica que la escuela ha subsistido durante cuatro años con dinero que él ha donado. Alrededor de 300,000 dólares, producto de una herencia que recibió, han sido invertidos en esta obra educativa. Además de la escuela, su tiempo en Ciudad Sandino lo ocupa la fundación Piera y Antonio Ferreiro.

¿Qué lo apegó tanto a Ciudad Sandino?

La necesidad de la gente, la extrema pobreza y sobre todo la situación juvenil, porque he pensado que la labor importante es garantizar un futuro a estos jóvenes, y el futuro es la educación, porque al final cualquier cosa que les podemos regalar(...) yo siempre digo que lo que uno aprende nadie lo puede sacar.

A pesar de su situación, Boschi no quiere abandonar la obra. Ha pensado que si él, finalmente, logra irse del país, el proyecto siga en marcha.

¿Está arrepentido de haberse venido a Nicaragua?

No, no estoy arrepentido. Creo que estoy pagando un precio muy alto para haber dado mi cariño y 14 años de vida.

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