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Managua, 22/11/2009 6:23 AM
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Urge recuperar los valores perdidos
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Con frecuencia se dice que uno de los más graves problemas que sufre Nicaragua es la crisis de valores que hay, no sólo en el ámbito de la política, sino también en las esferas de la moral pública y la convivencia social.

En realidad, es vergonzoso que una prestigiosa publicación norteamericana como la revista Time, publicara —en octubre pasado— un artículo en el que se reflejó el asombro internacional ante el hecho insólito de que Daniel Ortega sea el personaje político más prominente de Nicaragua, incluso su Presidente, a pesar de que su hijastra lo acusó de cometer un terrible delito sexual. “En la mayoría de democracias, el caso habría sido suficiente para hundir cualquier carrera política. Pero no en Nicaragua, donde Ortega —protegido por inmunidad y un sistema judicial dominado por jueces de tendencia sandinista— no sólo ha sobrevivido sino que ha prosperado, volviendo a la Presidencia en 2007 y acumulando más poder del que alguna vez tuvo”, se dijo en el reportaje de Times titulado “Ortega versus feministas”, sobre el cual informó LA PRENSA el lunes 20 de octubre pasado.

Pero, en realidad, la crisis no es de los valores, los cuales no son cosas materiales sino principios intangibles e inmutables. Los valores no cambian, no se deterioran ni se pervierten por la acción de los seres humanos. Las que cambian, se deterioran y pervierten son las personas. Eso es lo que ha ocurrido en Nicaragua.

Por eso es que cuando en los medios sociales democráticos y cristianos de Nicaragua se habla de que hay que promover la educación en valores, se está pensando en que los nicaragüenses en general y las personas más jóvenes se deben transformar espiritualmente y mejorar su comportamiento personal y social, para que la nación pueda también transformarse y progresar. Pero los valores no se transmiten ni enseñan como las matemáticas o las reglas de la gramática. Los valores tienen que ser inculcados y cultivados en la conciencia de los individuos, ante todo por medio de la imitación y de la interacción entre las personas, del buen ejemplo que los mayores deben dar a los menores. Y en el plano político, esto significa que quienes gobiernan deben demostrar a los gobernados que no sólo tienen capacidad para gobernar, sino también que poseen integridad moral para liderar la sociedad.

Pero, ¿qué buen ejemplo puede transmitir un gobernante que ha sido acusado de violación sexual por su propia hijastra y que, como reportó la revista Time, se amparó en su inmunidad y su impunidad para declarar prescrita la acción penal en el caso? ¿Qué buen ejemplo pueden transmitir e inculcar políticos que aprovechan los cargos de gobierno para enriquecerse, mientras la gente a la que dicen representar se hunde en la pobreza y el atraso? ¿Qué buen ejemplo pueden dar magistrados electorales que realizan el más escandaloso fraude que cabe imaginar para robar el voto democrático de la parte mayoritaria de la población? ¿Qué buen ejemplo pueden ofrecer funcionarios públicos que justifican el uso de la violencia y la fuerza bruta contra los adversarios, disidentes y críticos del Gobierno?

La verdad es que la sociedad nicaragüense no podrá salir adelante mientras no recupere los valores de tolerancia, honor, solidaridad, honra, respeto al derecho ajeno y honestidad en el cumplimiento de la palabra y de los contratos. Y cabe señalar que la misma crisis causada por la pérdida de valores, puede ser convertida en una oportunidad para recuperarlos. Ése es uno de los retos más importantes que enfrentan y tienen que resolver los nicaragüenses que aman a su país y a sus familias y que se respetan a sí mismos.

La decadencia no es fatalmente inexorable. La gente, en su mayoría y en el fondo de su alma, es bondadosa, se inclina más al bien que hacia el mal, más a la libertad y la democracia que hacia la dictadura gubernamental y el autoritarismo social. Tenemos líderes religiosos y morales como los obispos de la Conferencia Episcopal y numerosos pastores evangélicos que son ejemplares orientadores y guías de sus comunidades. Lo que hace falta es encontrar a líderes políticos que sean capaces de gobernar sin caer en los vicios de la corrupción, de la arrogancia y del abuso de poder. Y no perder la esperanza en que a pesar de todo es posible encontrarlos.

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