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(LA PRENSA/Archivo)
El rincón de los nicas
Crónica Urbana
Dora Luz Romero Mejía
Periodista
domingo@laprensa.com.ni
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Brisa. Hace frío en San José y el viento sopla las hojas que los árboles han dejado ir. Por la avenida se escucha a los costarricenses hablar con su peculiar acento y uso de la erre. De vez en cuando se percibe a algún extranjero cuyo acento desentona en medio de tan pronunciadas erres.

Se escucha el sonido de los semáforos que dan vía a los no videntes y los comerciantes —muy impersonales— que invitan a los transeúntes a pasar. De pronto, ahí mismo, en San José, sobre la misma avenida, hay un parque. Es un parque diferente. Tomo asiento en una de las bancas.

—¡Vigorón!, ¡vigorón! —grita una mujer morena de cabello rizado.

—Cacao, cebada... ¿va querer? —pregunta otra de las mujeres que ofrecen sus productos en el Parque La Merced.

No hace falta estar más de cinco minutos en ese sitio para darse cuenta por qué le llaman “el parque de los nicas”. Hay mucha gente. Niños que corren, gente que conversa y otros que aprovechan para comer. Dos muchachos hablan de sus trabajos y las vendedoras que no paran de ofrecer sus productos. Son vendedoras ambulantes. Llevan los refrescos en un balde y los vigorones, vahos y nacatamales en una mochila. “Es prohibido que vendan así. Si las ven, las multan”, dice una señora.

—¿Qué refresco tiene? —pregunta el muchacho.

—Cacao, cebada y chilla. Está rico. ¿Le damos?

—¿Cuánto cuesta?

—300 colones (más de 10 córdobas) .

—¿Y el vigorón?

—800 colones (unos 30 córdobas).

—Véndame un cacao.

En una esquina del parque se encuentra Fátima Rodríguez, una nicaragüense que lleva 12 años viviendo en Costa Rica. Es originaria de Rivas, pero la situación económica la obligó a migrar. Fátima es alta, de manos gruesas y voz ronca, trabaja de lunes a viernes como doméstica y los fines de semana vende tarjetas telefónicas en esa esquina donde hay tres cabinas de teléfono. “Aquí los nicaragüenses vienen a llamar a sus familiares y también aquí cerca —apunta con el dedo hacia un edificio—mandan dinero a Nicaragua”, asegura.

Para esta mujer el Parque La Merced es ese espacio donde los nicas, aún sin conocerse, llegan a conversar, o bien sólo a sentirse rodeados de sus compatriotas. Un sitio donde quien llega errante y solitario encuentra ese sentido de pertenencia que ha perdido por la distancia. Pero también hay una parte que a Rodríguez le da pena decir, pero que afirma es muy cierto.

—Me da vergüenza porque es mi gente, pero en este parque también vienen bastantes nicaragüenses que son ladrones. Los pobrecitos se quedan sin trabajo y pues no les queda más que venir a robar. Y ahí andan viendo a quién robarle —expresa con un gesto de lástima.

Un muchacho se le acerca a las vendedoras. Lleva un jeans roto y sucio, una camisa desmangada y le acompaña un saco cargado de tubos. Parece conocer a una de ellas. Le palmea la espalda y dice: “dame un vigorón”. La plática empieza. Conversan de su trabajo, de sus recuerdos en Nicaragua, se quejan de la vida...

—Por eso es que dicen que los nicas somos arrechos. A mí nadie tiene por qué hablarme así. Yo soy clara, que me respete —dice la mujer. El hombre sólo sonríe, asienta con la cabeza y continúa comiendo su vigorón.

En la otra banca dos señoras conversan de su siguiente viaje a Nicaragua, mientras divisan a sus hijos jugar. Y así. Cada uno en este parque tiene una historia por la que llegó ahí. Algunos a recordar su Nicaragua comiéndose un vaho o un nacatamal, otros probablemente a sentirse como en familia y yo sólo por mera curiosidad.

Me levanto de la banca, observo en el centro del parque un símbolo donde se lee: “Ticos y Nicas unidos”. Regreso a la misma avenida fría y llena de costarricenses.

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