He hablado con varios amigos norteamericanos sobre la candidatura de Barak Obama a la Presidencia de Estados Unidos y me ha sorprendido su actitud ante la condición étnica del aspirante a la Casa Blanca. No me asombraría que le valorasen por ser afroamericano ni que recelasen de él por tal motivo: lo que me desconcierta es que les dé igual. Cuando discuto con ellos, siempre encomio con entusiasmo la importancia de que un “negro” esté a punto de alcanzar tan alta magistratura en un país donde hace cuarenta años se asesinó a Martin Luther King por reivindicar derechos básicos de igualdad racial. Me dan la razón, faltaría más, pero sin demasiado énfasis: lo que principalmente les interesa ahora es la competencia del candidato Obama en cuestiones de economía o política exterior. Actitud perfectamente lógica, claro está, pero que no me esperaba.
Para mi sonrojo, el más preocupado por el color de piel de Obama parezco ser yo…
Mis amigos yanquis son, suerte para ellos, bastantes más jóvenes que yo. Conocen la historia de la segregación racial, las leyes inicuas que impedían a los negros sentarse junto a los blancos no ya en la escuela o en la universidad sino hasta en el autobús: también les resultan familiares los nombres del gobernador Wallace, Martin Luther King o las abominables iniciales e iniciativas del Ku Klus Klan, pero todo eso se lo saben sólo históricamente, como para mí resulta familiar (y remoto) el nombre de Hitler o la exclusión de la mujer del derecho a voto. No ignoran que aún hay muchos blancos, sobre todo de cierta edad, a quienes les horroriza imaginarse a un negro en la significativamente llamada Casa Blanca, pues son incapaces de imaginarles como ciudadanos americanos de pleno derecho. Y son conscientes de que hay afroamericanos que se niegan a valorar a Obama por sus cualidades políticas en vez de por su pertenencia étnica, porque no consiguen aún reconocerse como ciudadanos de pleno derecho y prefieren sentirse miembros de una comunidad marginada.
Mis amigos también saben que de hecho la discriminación racial todavía perdura en diversos aspectos sociales, aunque ya carezca de respaldo legal (moral nunca lo tuvo). Y, sin embargo, siempre me hablan, bien o mal, del Obama político y nunca, para bien o para mal, del Obama “negro”. A su lado, me siento arcaico con mis planteamientos reivindicativos de una igualdad racial que ellos dan ya por supuesta aunque no siempre respetada como sería debido.
Mis amigos norteamericanos tienen alrededor de cuarenta años. Se educaron todos ellos en escuelas sin segregación racial, gracias a las disposiciones de Lyndon Baines Johnson, sin duda uno de los presidentes demócratas que más medidas progresistas efectivas puso en práctica en USA desde Roosevelt. Entre sus compañeros de colegio tienen negros, hispanos o chinos y están felizmente acostumbrados ya a juzgarles con naturalidad por sus virtudes o defectos, no por sus características étnicas.
¿Ven ustedes? Para eso sirve la educación, que algunos consideran un simple trámite entre la niñez y la vida laboral. Las verdaderas reformas educativas tardan en abrirse paso socialmente –nunca se hacen notar antes de veinte o treinta años– pero finalmente cambian en profundidad y para mucho tiempo la concepción del mundo. Si hoy nos atreviésemos a modificar positivamente la educación en todos los países –en cuestiones de nacionalismo, de solidaridad planetaria, de tolerancia ideológica– dentro de unas décadas lograríamos cambios tan revolucionarios como que un afroamericano llegue desde la esclavitud y la segregación a Presidente de USA por sus méritos políticos, no por el color de su piel o a pesar de él. Merece la pena intentarlo.