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Noticias >> Opinión
La leyenda de Laodamía
Luis Sánchez Sancho
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En el segundo tomo de la obra de Robert Graves Los mitos griegos, que me regalaron los amigos Silvio Iván Bendaña y Octavio Escobar, hay una preciosa leyenda que quiero compartir con los lectores de esta columna.

Se trata del mito de Laodamía, la esposa del príncipe y guerrero griego Protesilao que pasó a la historia por haber sido el primero en desembarcar en las playas troyanas y también el primero en morir en la legendaria y épica Guerra de Troya.

Cabe mencionar que un oráculo les había advertido a los griegos que el primero que desembarcara en las playas de Troya sería igualmente el primero de morir en la guerra. De manera que cuando las naves griegas llegaron a la costa troyana, nadie quería ser el primero en desembarcar, ni siquiera Aquiles, a pesar de que era el más intrépido de todos los guerreros y su cuerpo era invulnerable, salvo en el talón, de donde lo tomó su madre Tetis cuando lo sumergió en las aguas de la laguna Estigia, para que fuera inmortal. Sólo el temerario Protesilao se atrevió a desafiar la funesta advertencia del oráculo y se arrojó de primero a la playa de Troya. Y por eso fue el primero en morir a manos de los defensores troyanos.

Protesilao estaba casado con Laodamía, hija de Acasto y Astidamia, los reyes de Yolcos que fueron asesinados por Peleo, el padre de Aquiles. Laodamía amaba inmensamente a Protesilao y cuando éste se fue a la Guerra de Troya, ella sufrió lo indecible y pasaba el tiempo llorando y haciendo ofrendas a los dioses, para que su esposo regresara pronto sano y salvo.

De tal manera amaba Laodamía a Protesilao que le pidió a un eminente escultor que le hiciera una estatua de su marido como una copia fiel de su cuerpo y de su imagen. Y en efecto, el artista realizó una obra tan perfecta —de bronce o de cera, según las dos versiones que se conocen— que a la estatua de Protesilao sólo le faltaba hablar. Entonces, durante las noches Laodamía colocaba la escultura sobre su cama, para dormir con ella, abrazarla y soñar que era su esposo quien la acompañaba.

Cuando la noticia de la muerte de Protesilao llegó a oídos de Laodamía, ella se sintió morir de dolor y quiso quitarse la vida. Pero antes de tomar una decisión tan extrema, Laodamía le pidió a los dioses que se compadeciesen de ella y que permitieran a Protesilao visitarla aunque sólo fuera durante unas tres horas. Y tanto y tan visible era el dolor de Laodamía, que Zeus se apiadó de ella y le satisfizo su deseo, para lo cual pidió a Hermes, el mensajero de los dioses, que bajase a las profundidades del reino de la muerte y condujera el espíritu de Protesilao al mundo de los mortales .

Así lo hizo Hermes y de pronto la estatua se animó con el espíritu de Protesilao y le habló a Laodamía. Los esposos, él muerto y ella viva, conversaron largamente y entre tanto renovaron sus promesas de amor eterno. Y en ese momento, Protesilao, que también había amado intensamente a su mujer, le pidió a Laodamía que no tardara en seguirle.

A las tres horas el espíritu de Protesilao abandonó el cuerpo de su estatua. Laodamía se abrazó a ella y luego se clavó una daga en el corazón, para que su alma siguiera al mundo de la vida eterna a la de su amado Protesilao.

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