Durante la Cumbre del Mercosur en el año 2006, que tuvo lugar en Córdoba, Argentina, varios periodistas le preguntaron a la Presidenta chilena Michelle Bachelet si pensaba impulsar el proceso contra quienes violaron los derechos humanos en su país. Su respuesta fue sobria al responder que “su misión como Presidente… era contribuir a la reconciliación del pueblo chileno”.
En varias ocasiones me he preguntado la razón por la cuál el presidente Ortega no ha sabido escoger a sus amigos. Me refiero a aquéllos con los que él se relaciona y de quienes puede aprender cómo guiarse y comportarse ante la sociedad internacional. Tomando por ejemplo la manera de fomentar relaciones francas y amplias con la ciudadanía.
¡Pero no! El esposo de doña Rosario cada vez agrede más a los nicaragüenses. Hace pocos días tuvo el atrevimiento de llamarnos cobardes.
El 31 de julio pasado dijo en un discurso que “desgraciadamente tenemos aquí un pequeño grupo que conforman una bola de cobardes, de traidores, de vendepatrias que se escudan en la libertad de expresión para hacerle el juego a los intereses oligárquicos de Colombia”.
Parece olvidar que esos “cobardes” que integran el pueblo le aguantaron once años de oprobio y represión.
Por otro lado, no nos “escudamos” detrás de la libertad de expresión. ¿Ve acaso el Presidente que usamos máscaras o seudónimos cuando se le dicen las verdades? Pero más importante que eso la libertad de expresión es inherente a la acción de vivir y respirar. No está condicionada al humor del mandatario de turno.
¿Cuál es la cobardía que tiene salir a protestar para exigir mayor transparencia en los asuntos de Estado? ¿Por qué son cobardes los jóvenes que demandan cuentas claras en los gastos de un bacanal partidario y en acciones narcisistas como la elaboración de rótulos gigantescos con fondos de los contribuyentes y que evocan la memoria de Fernando Gordillo cuando dijo: “Uno a la vista de todos pero en el corazón de nadie…”
En todo caso, cobarde es aquél que se niega a aceptar la verdad y a buscar solución a los problemas reales que enfrenta la población. Igual lo es quien acusa a otra nación por violar los derechos humanos a miles de millas de distancia, pero hipócritamente ignora los abusos y asesinatos cometidos en una isla que dista a unos cuántos kilómetros de nuestras costas.
También es cobarde quien acusa a priori a otro ciudadano de ladrón y corrupto, pero no ha tenido el coraje de enfrentar las acusaciones por los vejámenes cometidos contra los campesinos durante nuestra guerra sucia y aceptar los señalamientos de enriquecimiento ilícito contra sus secuaces.
No puede considerarse valiente quien demanda que un diputado renuncie a su inmunidad; pero él mismo se cobijó con las faldas protectoras de la Constitución cuando era objeto de acusaciones contra el pudor y el decoro.
No encuentro la autoridad moral que el mandatario cree tener para llamar cobardes a quienes simplemente hacen uso de sus derechos civiles y constitucionales. En realidad con su actitud más bien demuestra desconocer el significado de la palabra valentía y que no ha experimentado la sensación que ésta produce cuando se acciona.
Casualmente, en una edición reciente de LA PRENSA se publica una nota donde se enumeran la clase y cantidad de epítetos que ha pronunciado el Presidente.
¿Cómo espera Daniel Ortega que haya paz en Nicaragua, cuando es él quien fomenta el odio y la violencia? ¿Por qué en vez de remedar al presidente Hugo Chávez con su espíritu belicoso, no imita a la presidenta Bachelet en su intención de mantener la concordia y la esperanza en un pueblo dividido por el antagonismo político?
Con su discurso barato y lleno de odio, en vez de estadista —como él deseara ser reconocido— se presenta como un pobre Presidente.