Es interesante ver que mientras el presidente Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo se rodean del cardenal Miguen Obando y Bravo para vivir en permanente paz espiritual y dar lo mejor de ellos a sus semejantes, en la práctica predican lo contrario, rodeados de fanáticos dispuestos a lo peor contra sus propios hermanos nicaragüenses. Ortega da el ejemplo diario en sus discursos de odio contra los nacionales y extranjeros.
Además, desde hace algunas semanas, grupos de los CPC hostigan a los medios de comunicación independientes que no comulgan con su pensamiento y actitudes políticas.
“El amor es más fuerte que el odio” y “Oración contra el odio”, son algunas de las frases que se leen en las mantas color rosado que portan los militantes del partido gobernante agrupados en los CPC. El problema es que quienes ordenan hacer estas cosas ni siquiera hacen suyos esos mensajes y más bien el odio es el que reina en ellos, pues en estos últimos días he escuchado mensajes de presuntas amenazas de muerte.
Por ejemplo: “Fulano o fulana de tal sandinista” le envío mensaje al “fulano de tal de la oposición, de que se cuide porque mucho jode”. Otra frase es: “Ve, dicen que el fulano de tal sandinista le mandó a decir al fulano que va amanecer con hormigas en los ojos si sigue en ese plan (cuestionando al partido gobernante o a funcionarios de los poderes del Estado)”. Así que ¿de quién es el odio?
En las rotondas de Managua están apostados grupos de fanáticos del FSLN que agitan banderas y le gritan insultos a algunos conductores de vehículos particulares. Si esto es el amor que promueve la pareja presidencial, ¿cómo será el odio de ellos?
Nuevamente insisto en que el señor Presidente y su esposa deberían hacer suyas las experiencias extraordinarias que comparte el vicepresidente del Gobierno español (1982-1991), Alfonso Guerra, en su libro Dejando atrás los vientos. Guerra acompañó al presidente Felipe González en su gestión y ambos eran del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).
Guerra dice que nunca pudo entender a los políticos que se ufanan de que nos les temblará la mano para tomar tal o cual decisión no bien aceptada por los afectados. “Pretenden argumentar que cuando las necesidades del país exigen adoptar decisiones impopulares, ellos no se turban ante el descontento de los afectados. No es mi caso...”, dice sabiamente Guerra.
Y es que Guerra, cuando escribía esta obra, parecía estar retratando gobiernos futuros como los actuales en Nicaragua, Venezuela o Bolivia, porque agrega: “No somos réplicas computarizadas de seres humanos; somos personas a las que deben importar las trascendentales decisiones que adoptamos, porque caerán sobre ciudadanos que antes que electores, seguidores o adversarios son personas que sienten, sufren y se alegran con los avatares de su vida. El gobernante debe tener siempre presente que sus decisiones, además del beneficio al progreso de su país, inciden directamente sobre los sueños, las penalidades o las esperanzas de muchas personas”.
Señor Presidente, usted necesita analizar y reflexionar serenamente para no dejarse arrastrar por pensamientos llenos de odio y no permita que lo utilicen como tribuna para alimentar más descontento entre la población. Recuerde que nada ni nadie es eterno ni imprescindible en la vida.
Todavía puede hacer esfuerzos por enderezar el rumbo de las partes de su gobierno que han tomado direcciones equivocadas y no alimente esa visión que al final del camino tuvo Guerra de ustedes los sandinistas cuando gobernaron en la década de los ochenta. Todos somos nicaragüenses y no vale la pena seguir postrando en el subdesarrollo al país por mezquindades.