Querida Nicaragua: Es una triste paradoja. Según información segura obtenida por el periodista Andrés Oppenheimer (LA PRENSA-pág.-19) el crecimiento económico de los grandes capitales en nuestra América Latina es el más grande del mundo. Crecimiento de personas y compañías que tienen ahorros líquidos mayores a un millón de dólares, sin tomar en cuenta bienes coleccionables, obras de arte y residencias.
Según los datos recogidos por Oppenheimer que merecen todo crédito pues son estadísticas de organismos mundiales prestigiosos, los capitalistas latinoamericanos son los que registran mayor crecimiento de sus capitales. En los últimos tres años crecieron un 20.4 por ciento. Se la ganaron a los millonarios árabes, a los asiáticos, africanos y por último a los europeos, norteamericanos y canadienses, quienes registran porcentajes de crecimiento inferiores, hasta del 4.4 por ciento.
Qué contrasentido. Mientras los pueblos latinoamericanos se debaten en la más cruel de las miserias, muchos viviendo con dos dólares al día, los millonarios de esta misma región, no hayan qué hacer con sus millones y los invierten fuera de su país, seguramente por el temor de las convulsiones políticas tan frecuentes o mejor dicho endémicas de nuestras naciones.
Los millonarios latinoamericanos que más vieron crecer sus fortunas el año pasado fueron los de Chile, Brasil y Venezuela. De Brasil y Chile no nos extraña pues son países que marchan a la vanguardia del trabajo y la producción y cuyos pueblos viven dignamente. De Venezuela podemos fácilmente adivinar el crecimiento de los capitales millonarios, pues con las políticas impuestas por el demencial presidente Chávez no hay capital nacional que quiera permanecer en el país y mucho menos invertir en ningún tipo de negocio que será tarde o temprano confiscado o nacionalizado. Los capitalistas venezolanos hace rato pusieron sus trillonadas de dinero fuera del alcance del voraz desgobierno chavista.
Es triste pensar que nuestros pueblos latinoamericanos no avanzan significativamente en la creación de una nueva clase media; es decir, no hay forma de que la gente pobre vaya promocionándose y creando pequeñas empresas que le hagan cambiar de vida. Sabemos que para salir de la pobreza el remedio no es repartir comida entre los pobres. Eso es indigno y fomenta el ocio. Al pobre hay que darle educación y trabajo para ganar el pan dignamente. Esto se logra con inversión nacional y extranjera. Y la inversión se logra cuando hay gobiernos que dan confianza, que respetan las leyes, el Estado de derecho, gobiernos donde las inversiones estén amparadas por leyes y no por caprichos de mandatarios o funcionarios abusivos que no respetan la propiedad privada.
El éxito de Europa, de los Estados Unidos y de Canadá es ese profundo respeto por las leyes que propicia un buen clima de inversión, un clima adecuado para crear fuentes de trabajo, para aumentar cada día la producción nacional y por tanto la riqueza del país. Concluimos pues con que en América latina sobra el dinero. Podríamos con ese dinero promocionar una nueva clase media que haga producir a todas nuestras naciones. Pero los dueños del dinero no encuentran el clima adecuado para invertir, no hay seguridad jurídica. No hay por qué culparlos pues a nadie le gusta invertir con el enorme riesgo de perder su inversión.
Es obvio. Necesitamos urgentemente darnos gobiernos que respeten las leyes, un sistema judicial legítimo que sea garantía para todos, instituciones democráticas respetables. Cuando baje el riesgo-país, cuando haya seguridad y confianza, habrá inversión y menos pobreza.