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Noticias >> Opinión
El amor y el odio de los Ortega Murillo
Humberto Belli Pereira
El autor fue Ministro de Educación
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Como dice el Salmo 55: “Usan palabras más suaves que la mantequilla, pero sus pensamientos son de guerra, usan palabras más suaves que el aceite, pero son puñales”

Rosario Murillo y Daniel Ortega hablan mucho de amor y reconciliación. El Gobierno que presiden lo bautizaron, oficialmente, como el “Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional”. Él, hace unos meses, y ella, hace pocos días, dijeron que no devolverían insulto con insulto y, actualmente la Primera Dama ha organizado piquetes piadosos, cuyas pancartas llaman a combatir el supuesto odio de sus adversarios con la oración y el amor. Camisetas de militantes de los CPC exhiben ahora una de las frases que ella gusta repetir: “El amor es más fuerte que el odio”.

A muchos nicaragüenses nos gustaría creer en sus palabras; llegar al convencimiento de que estamos en presencia de un nuevo liderazgo, imbuido con genuinos sentimientos de amor. ¿Quién objetaría a un gobierno seriamente empeñado en desterrar las ofensas y cultivar la unidad y la armonía entre todos?

El problema es, otra vez más, el gran abismo que percibimos entre las palabras y los hechos, evocando la queja del Salmo 55 que dice: “Usan palabras más suaves que la mantequilla, pero sus pensamientos son de guerra, usan palabras más suaves que el aceite, pero son puñales”.

Efectivamente, ¿quién ignora los muchos insultos que el Presidente ha endilgado a sus adversarios políticos, llamándoles recientemente “bola de canallas, traidores, y vende patrias?, ¿quién, sino el Canciller de la República, llamó ‘diabla’ a una embajadora que, como verdadera dama y amiga del país no ha hecho más que ayudar a Nicaragua?, ¿quién, sino Rosario Murillo, como jefa del poder ciudadano, ha lanzado y financiado en el Canal 4 la campaña de injurias más sucia y violenta en la historia de la televisión nicaragüense, llamando ladrones a Jaime Chamorro y a Eduardo Montealegre, por ser uno director de LA PRENSA y el otro su principal opositor político?

La intolerancia y agresividad verbal de los mandatarios ha sido tan evidente, que hizo que la Conferencia Episcopal advirtiera que: “No se puede… estar insultando y recriminando constantemente a quien no está alineado al pensamiento del grupo gobernante”.

La actuación de la pareja gobernante es desconcertante. ¿Cómo es posible, se pregunta uno, que personas que insultan y ofenden sin medida, hablen tanto y sin ningún rubor, de amor y reconciliación?

La verdadera reconciliación, como certera y oportunamente señaló el Cardenal, en la homilía de sus bodas de oro sacerdotales, “comienza por el lenguaje. Para construir la paz hay que utilizar un lenguaje de paz para expresar los sentimientos del corazón y para unir; porque cuando uno es prisionero de esquemas prefabricados arrastra al corazón hacia sus propias pendientes”.

Y es que, en realidad, y como dice el Evangelio, “de lo que abunda el corazón habla la boca”. El lenguaje puñal e hiriente brota de un corazón intoxicado por el odio. Aunque a veces trate de destilar miel. Por eso decía Jesús: “Cuídense de esos mentirosos que pretenden hablar de parte de Dios. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas pero por dentro son lobos feroces. Ustedes los pueden reconocer por sus acciones, pues no se cosechan uvas de los espinos”.

En palabras del refrán castellano “Obras son amores y no buenas razones”. Son las acciones de un individuo, y no sus palabras, las decisivas para juzgar su moralidad e intenciones. Así como no calzan el amor con los insultos, tampoco calza el concepto de Gobierno de Unidad Nacional —por definición apartidista y abierto a todos— con un Presidente que despacha desde la sede del FSLN, que en sus concentraciones entona himnos con dichas siglas, que tiñe nuestra geografía de rojo y negro, y que discrimina, en el otorgamiento de empleos y bienes públicos, a los que no son del partido y son la mayoría del país.

Si las acciones de la pareja gobernante fuesen coherentes con su retórica de amor, si dejasen de insultar y financiar campañas de odio, si el partidismo mezquino se abriese a un azul y blanco inclusivo y amable, entonces podríamos pensar que en ellos el amor vence al odio, y no al revés, y que sus palabras son genuinas, no mero disfraz, propaganda o hipocresía.

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