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¿Papá jugando a su edad?
“Concedámonos el permiso de ser como sentimos”
Ernesto González Valdés
ernesto-gonzalez@laprensa.com.ni
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Ser adulto implica muchas cosas: madurez, responsabilidad, seriedad, el control de los sentimientos, la ejemplaridad de nuestra conducta, aunque en la realidad ocurren hechos que lejos de convertirnos en personas equilibradas y dichosas nos conducen en ocasiones a frustraciones o a soslayar propuestas que nos proporcionarían mucha satisfacción, a pesar de las críticas que podríamos recibir de nuestros propios hijos. ¿Ejemplo? Jugar baloncesto o beisbol, un deporte que pudiera valorarse como propio para jóvenes, por la rapidez que se necesita. Para muchos, ser padre representa el concepto enseñado sobre la vida. Contiene lo que hemos grabado de nuestros padres y abuelos. Cuando actuamos desde esta posición, la manera de ver la vida y nuestro pensamiento, debe ser para muchos repetir esta conducta.

Se es padre cuando opinamos, aconsejamos, protegemos y actuamos según la tradición, y siempre que operamos con poder y seguridad. También cuando formulamos juicios, analizamos la información, reflexionamos, tomamos decisiones, calculamos las posibilidades y actuamos con pragmatismo y según el criterio de la oportunidad. Pero lo anterior no quita, ni resta que evidenciemos con algunos “añitos arriba”, la vivencia intensa de las emociones, la intuición, la creatividad, la impulsividad y la curiosidad, entiéndase permitirnos sentir y aceptar el miedo, no prohibirnos la rabia, asumir la tristeza y la alegría en todas sus formas. El único límite será el respeto a los otros y a nuestro equilibrio personal.

Desarrollar la intuición, ese sexto sentido que parece tener tan poco que ver con la racionalidad. Ese olfato para captar los matices, para interpretar las situaciones y diseñar conductas; dar rienda suelta a la creatividad, apartándonos de los cánones, de lo aprendido, de lo que nos lleva por carriles preestablecidos.

Desde hace siglos (erróneamente) se ha considerado que cuando somos adulto nos corresponde comportarnos exclusivamente como padre y adulto, arrinconando, o mejor, enterrando, al niño que llevamos dentro. ¿Acaso no tenemos derecho a ser espontáneos, sinceros, alegres? A tener una vida emocional equilibrada y dentro de ella la reivindicación y en el momento propicio comportarnos como menores, aunque para ello debamos desoír algunas convenciones sociales, y nuestro sentido del ridículo.

Ahora bien, antes hemos de concedernos a nosotros mismos el permiso de ser como sentimos. En suma, de ser felices, y disfrutar la vida, y de entenderla según nuestros propios criterios, recordando que sólo se vive una vez. No desperdiciemos momentos para pasarla bien. Hoy puede ser un gran día, no esperemos a mañana.

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