En LA PRENSA del 16 de agosto de 2008 se publicó el artículo de Eduardo Enríquez titulado “Colaboradores necesarios”, acerca del cual quiero hacer algunos comentarios. En primer lugar, repito que Mario Vargas Llosa en su magnífico artículo “Para la historia de la infamia” (LA PRENSA, 3 de agosto de 2008) comete un grave error cuando señala que Daniel Ortega fue elegido por los nicaragüenses “en un acto de verdadero desvarío colectivo… olvidando su catastrófica primera gestión”. Lo considero un error porque quiso decir que Ortega fue elegido por una vasta mayoría de nicaragüenses que de repente se volvieron amnésicos y locos. Y eso no es cierto. Los resultados electorales lo demuestran: el 62 por ciento no votó por él. Esto es un dato empírico; no una opinión.
Sólo si un 51 por ciento, como mínimo, hubiese votado a favor de Daniel Ortega es que se podría haber hablado correctamente de “desvarío colectivo”, pero sabemos que no fue así. Sólo el 38 por ciento lo hizo. Entonces, ¿cómo es posible que Eduardo Enríquez afirme que lo que sostiene Vargas Llosa “es cierto” y que “los números [lo] respaldan”?
El mismo artículo de Enríquez da la respuesta. Llegó a esa conclusión a través de una interpretación caprichosa de los resultados electorales. Veamos. Dice que un 38 por ciento votó “por Daniel Ortega y sus diputados”, y que otro 26 por ciento votó “por el candidato de Arnoldo Alemán y sus diputados”. Y a renglón seguido simplemente suma esos dos porcentajes y concluye que un “64 por ciento de los nicaragüenses votaron por el Pacto”.
Pero vamos a ver. La gente vota por un candidato, por el candidato de su preferencia. Así de sencillo. En los comicios del 2006 hubo 4 candidatos que obtuvieron los siguientes resultados: José Rizo 27.11 por ciento, Eduardo Montealegre 28.30 por ciento, Daniel Ortega 37.99 por ciento, Edmundo Jarquín 6.29 por ciento y Edén Pastora 0.29 por ciento. Nunca existió un candidato que se llamara Pacto y por lo tanto nadie podía votar por él ni obtener un porcentaje de votos, por lo que el supuesto don Pacto y su 64 por ciento no es más que una invención interpretativa de Eduardo Enríquez.
Daniel Ortega ganó, objetivamente hablando, por una sola razón: porque se dividió el voto liberal. Y a las pruebas me remito. En las elecciones de 2001 hubo un solo candidato liberal: Enrique Bolaños Geyer (¿candidato de Alemán? Enríquez me lo dirá). Lo apoyamos en bloque un 56.3 por ciento de todos los votantes, en su vasta mayoría liberales, y ganó holgadamente, con lo que de paso también logramos lo más importante: impedimos que Daniel Ortega llegara a la Presidencia. Si en el 2006 se hubiese presentado un solo candidato liberal puedes estar seguro de que no existiría “ese problema” como correctamente Enríquez llama al hecho de que Daniel Ortega esté hoy en la Presidencia.
Y es por eso que yo culpo a los líderes del liberalismo que nos impusieron dos candidatos y nos forzaron a dividir el voto. (Dejo que Eduardo Enríquez le ponga nombre y apellidos a esos líderes, pero por favor que no me salga con el cuento chino de que el único culpable es Alemán). Tanto respeto para mí merecen los que votaron por Rizo como los que votaron por Montealegre. En cambio Enríquez injustamente culpa de “colaboradores necesarios” o “cómplices” a la mitad de todos los liberales que votaron por José Rizo y los acusa de haber votado “por el candidato de Arnoldo Alemán”. Vaya obsesión la de Eduardo.
Recuerdo que el 3 de noviembre de 2006, a menos de 48 horas de que empezaran las votaciones, Eduardo Enríquez pronosticó que Montealegre —su candidato— triunfaría en primera vuelta con un aplastante 44 por ciento, mientras que José Rizo alcanzaría apenas un 12.5 por ciento, o sea, ¡un 31.5 por ciento menos que Montealegre! (Al final, la diferencia entre uno y otro fue de apenas un 1 y pico por ciento). No cabe duda de que su pronóstico fue un total y completo desvarío. Si Vargas Llosa lo hubiese sabido…
Y finalmente: Dice Eduardo Enríquez que el famoso 35 por ciento de votos requerido como mínimo para poder ganar en primera vuelta fue una de las tantas “trampas” que nos pusieron en las elecciones. ¿Trampa? ¡Por amor de Dios! Una trampa es algo oculto, algo que no se ve. El 35 por ciento, en cambio, estaba claramente plasmado en la Constitución desde el año 2000, o sea, que lejos de ser una trampa era toda una señal gigantesca, luminosa y visible que nos advertía del enorme peligro que significaba entrar en el irresponsable y canallesco juego de dividir el voto liberal.
Con el aprecio de siempre le envío a Eduardo Enríquez un fuerte abrazo.