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No hay peor sordo...
Fernando Centeno Chiong
El autor es periodista
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Muy pocas veces la Conferencia Episcopal de Nicaragua ha sido tan contundente como en su más reciente documento: “Exhortación de los obispos de Nicaragua ante las actuales circunstancias del país y las elecciones municipales del 2008”.

Éste contiene señalamientos concretos no sólo en torno a la situación del país, sino sobre los actores de la vida pública, la creciente frustración de la población nacional ante la crisis y los escenarios para los próximos meses.

Los señores obispos reconocen algunos esfuerzos del Gobierno por superar problemas de índole económico y de infraestructura, pero aclaran que en el momento actual hay un ambiente que se puede convertir en “tiniebla y sombra de muerte”, preocupados por la situación de pobreza, el incremento de los precios, las catástrofes, la violencia intrafamiliar, el estancamiento cultural, la migración forzada, la falta de transparencia en el manejo y distribución de la ayuda y el crecimiento de la sombra de la corrupción.

No es necesario señalar a quienes se refieren, cuando expresan su preocupación “a la regresión de formas superadas de autoritarismo”, la “recriminación constante de los que no están alineados al pensamiento del grupo gobernante”, la reducción de los espacios de participación, el deterioro del pluralismo político y la distribución de cuotas en los poderes del Estado.

Son claros los señores obispos, en destacar su atención por la falta de interés de la población en las elecciones, la indiferencia cívica ciudadana, la ausencia de liderazgo de calidad y la frustración política por las señales de debilitamiento de la democracia, recordándoles a los ciudadanos que “mantenerse al margen del ejercicio de votar es una falta de responsabilidad ciudadana y que no votar es elegir y conformarse con aquellos candidatos que nos impongan”, reiterando que aunque se perciban dudas sobre la transparencia, el ciudadano debe persistir con su voto.

Insisten en la responsabilidad de los laicos para hacerse más presente en la vida pública, argumentando que hay una “notable ausencia en el ámbito político de voces e iniciativa de líderes católicos que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas”.

No necesita muchas interpretaciones la parte de este documento, cuando le recuerda a los miembros del Consejo Supremo Electoral que es un reto moral recuperar la credibilidad y la confianza de los ciudadanos, y advirtiendo también a los miembros de la Corte Suprema de Justicia y a la Asamblea Nacional sobre el peligro de “ser utilizados para maniobrar el proceso electoral desde decisiones oscuras”, recordándoles que es el momento de sacar a relucir la calidad moral que hay en el interior de cada uno.

La exhortación de los obispos incluye a la Policía y al Ejército pidiéndoles que “continúen siendo fieles a la ley y a los nobles ideales de su institución”, concluyendo con un llamado a los periodistas a ser fieles a la verdad, la objetividad y el profesionalismo, recordándoles que cuando estos principios se manejan con ética y decoro los medios se convierten en “la conciencia de la nación”.

No queda la menor duda que este documento fue producto de intensas reflexiones y preocupaciones de nuestras máximas autoridades religiosas católicas y que su mensaje debe ser escuchado por los gobernantes, los líderes políticos, los candidatos, la población, los miembros de los poderes del Estado en especial del Consejo Supremo Electoral, de la sociedad civil, la Policía, el Ejército y los medios de comunicación, quienes deberían analizarlo profundamente por su trascendencia en los actuales momentos que vive el país.

No hacerlo así sería evadir una responsabilidad histórica, pues “no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver”.

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