Como una gacela con alas que lo ayudaron en sus saltos, el cubano Dayron Robles ganó la medalla de oro olímpica de los 110 metros con vallas y apenas celebró su triunfo. Era como si lo esperaba.
Cuando el cubano cruzó el portón de la gloria, el latido voraz del reloj se clavó en un tiempo de 12.93, con lo se quedó a seis centésimas de su propia marca mundial.
“No vine a buscar ningún récord”, dijo el nativo de la provincia de Guantánamo, quien sumó su cetro olímpico a cinco títulos en Ligas de Oro, siete en torneos de Grand Prix, y la corona panamericana en Río de Janeiro, todos ellos entre 2007 y 2008.
Aún sin proponerse un récord, el día lluvioso pudo haber regado las plantas de sus pies, ya que sacó amplia ventaja a los estadounidenses David Payne y David Oliver, que en sus fracasos por atrapar a Robles establecieron un vínculo afectivo al llegar segundo y tercero, respectivamente. Payne cronometró 13.17 y Oliver 13.18.
“Estaba muy confiado en lograr esta medalla”, dijo Robles, a quien una multitud de unas 91,000 personas lo aplaudió con resignada tristeza por la ausencia de Liu Xiang, la figura más idolatrada del deporte chino.
Liu se retiró de la prueba segundos antes del inicio de las eliminatorias bajo secuelas de una molestia muscular, con lo cual se vio impedido de defender el oro que ganó en Atenas 2004 y privó a Beijing de uno de los duelos más esperados en el Nido de Pájaro.
Allí fue que los chinos, amantes históricos de la tierra y de sus frutos, descubrieron que las flores tienen espinas.
“Fue una lástima lo que le pasó a Liu, porque yo quería dar espectáculo”, destacó el cubano de 21 años, dando a entender que corrió sin oposición. “Espero que Liu siga adelante y que no se rinda porque tiene mucho futuro por delante”.
Envuelto en su habitual confianza, con anteojos claros y una cadena con un crucifijo adornando su cuello, Robles dijo que esperó la hora de la carrera “escuchando música y paseando por internet”.
Ausente el chino y sus millones de compatriotas embargados por la pena, Robles cruzó las vallas sin alterarse, con Payne y Oliver convertidos en sombras lejanas, y ganó con inapelable contundencia.
Sin embargo, la precaución pudo haber frenado en algo su impulso arrollador.
“En esta prueba se han visto muchos casos que han ido a tremenda velocidad y han chocado con la última valla”, dijo el cubano, cuyo festejo tuvo un gran sentido estético y austero: apenas sonrió y tardó más de la cuenta en responder a los aplausos del público.