El presidente Daniel Ortega parece ansioso de lanzarle un misil Sam-7 a Colombia, justamente cuando se le está ganando la demanda civil, pacífica y legal en la Corte Internacional de La Haya, relacionada con los límites y fronteras marítimas con dicho país. El Presidente no ignora la respuesta militar de la que es capaz el Ejército colombiano; no se habrá tirado el primer misil cuando los puntos estratégicos y la capital seríamos envueltos en un infierno de fuego y escombros.
Esta visión apocalíptica no debe descartarse cuando vemos a un gobernante jugando a la guerra con los misiles del Ejército nicaragüense, comprados a los soviéticos o en el mercado negro internacional, pero con plata que todavía estamos pagando de la monstruosa deuda de los años ochenta, cuando se proclamaba la unidad: Estado-partido-Ejército, (Policía), estilo Mao Tse Tung y Kim Il Sung, usando uniformes a la misma moda militar.
Cuando el año pasado el presidente Daniel Ortega anunció que destruiría la mitad de los misiles que posee el Ejército nacional, a cambio de instrumentos médicos de los que carecen nuestros hospitales para mejorar la atención al pueblo, muchos aplaudimos esa decisión, por fin, pensamos, el Presidente estaba haciendo algo sensato dentro de la crisis económica y alimentaria que venía dando señales de deterioro, como ocurrió con el bajo crecimiento obtenido en 2007.
Los Estados Unidos tomaron en serio el ofrecimiento de Ortega y pidió al gobierno nicaragüense la conformación de comisiones que elaboraran listas de necesidades hospitalarias del país. Pero se dio largas al asunto. Ahora que Norteamérica ha presentado una oferta a Nicaragua, de acuerdo con el Ministerio de Salud, de equipamientos médicos, el Presidente declara que no negociarán los —para el empobrecido pueblo— inútiles misiles Sam-7; pues está viendo enemigos en donde no los hay.
Los misiles no producen comida, sino gastos. Pero por su alto costo en el mercado, la negociación de la mitad de ellos aliviaría penas de miles de nicaragüenses enfermos sin recursos, que deambulan en busca de salud eficaz. Ayudaría a trabajadores del campo necesitados de implementos e insumos agrícolas, que podrían pedirse en intercambio. Según publicaciones verificadas por el Diario LA PRENSA, la negociación tendría un valor de treinta y ocho millones de dólares, que no los tenemos y pueden ser parte de la solución del infortunio que nos agobia.
He tenido a Daniel como persona sobria. Pero algo está pasando con el Presidente en la forma de ejercer el gobierno. Abre una oportunidad y pronto la cierra. No es alguien que escucha críticas constructivas, más bien le molestan. Habla de reconciliación, pero amenaza a la oposición política y a la prensa independiente. De esta manera atemoriza la inversión extranjera y la ocasión de ampliar empleos; se cierran maquilas y se abren en países más seguros; insulta a donantes que favorecen necesidades populares e intimida a embajadores. Pide perdón, pero sigue usando sus propias reglas autoritarias de regencia. Y no digamos su hermanamiento con las FARC; y su asilo a tres mujeres extranjeras acusadas por terroristas.
El pueblo no ve mejorar la economía doméstica. Solamente escucha discursos y diatribas. Se está dejando ir la coyuntura de progresar como el agua entre los dedos. Como dijo el ex presidente democristiano Vicente Fox: “Es como ver la misma película dos veces”. En realidad, nunca segundas parte fueron buenas, salvo las de El padrino y La guerra de las galaxias.