Siento gran respeto por quienes hacen deporte en medio de circunstancias tan difíciles como las que atraviesa el país.
Hay atletas que obligan a admirarles por su esfuerzo, más allá de sus pobres registros. Dirigentes que han hecho de sus contribuciones casi un apostolado, sin otra retribución más que su satisfacción de ayudar.
Desgraciadamente, esos atletas y esos dirigentes son los menos. Los que abundan son los vividores, para quienes el deporte en realidad no importa. Lo que les interesa son los viajes y las prerrogativas que sus puestos les garantizan.
Y mientras eso sucede, el deporte sigue en la cola del mundo. Si no, observen el desempeño de los muchachos que viajaron a Beijing. Hicieron lo que pudieron, pero no se les preparó para una competencia de ese calibre. Al final ni siquiera sus marcas pudieron igualar.
Nadie está pidiendo una medalla olímpica. No hay que ser muy inteligente para saber que eso está fuera de nuestro alcance, pero es tiempo de que nos dejemos de excusas y comencemos a aprovechar mejor lo poco que hay para la práctica y desarrollo del deporte.
Usted sabe que el viaje a Beijing costó 7.5 millones de córdobas, unos 385 mil dólares. ¿No cree que se pudo haber aprovechado mejor ese dinero? No se trata de aislarse y no salir del país, pero hay que valorar a dónde y quiénes deben ir a cada torneo.
La clave para poder cambiar es el compromiso, es deponer los intereses personales, en beneficio de un proyecto que aunque modesto, permite conseguir ciertas mejorías. De historias como las de Beijing, ya estamos hasta la coronilla.
¿Ganar experiencia? Se va a ganar experiencia a los Juegos de aquí del área y hay todo un ciclo para preparar a los atletas y no tener que agarrarlos al bolsazo.