En cualquier otra ciudad, estadio y circunstancias, Liu Xiang ni siquiera se hubiese presentado.
Su corva derecha la había tenido a maltraer durante meses. Y hace un par de días acusó una molestia en un tendón del pie derecho.
Ésta, sin embargo, era una cita infaltable. Éste era el Estadio Nacional, la joya de los Juegos Olímpicos de Beijing. El lunes era el día que sus compatriotas habían esperado durante tiempo: la única estrella de China en el atletismo dando comienzo a la defensa ante los suyos del cetro en los 110 metros con vallas.
Fue un abrir y cerrar de ojos. Liu se despidió cojeando tras hacer una salida en falso. La misma no descalificó a nadie, pero Liu sintió el estirón en el músculo de su pierna, se dio media vuelta y caminó hacia el túnel llevándose sus esperanzas de nueva gloria olímpica.
Se le vio cojeando y pateando la muralla en el salón de precalentamiento y gesticulando en la pista ante las vallas instaladas para la última serie de las eliminatorias. Al retirarse, se arrancó el número de inscripción, y no habló con nadie.
Su retiro impedirá el esperado duelo con el dueño del récord mundial, el cubano Dayron Robles.
Liu había recibido una cálida ovación de los aficionados cuando se anunció su nombre en “El Nido de Pájaros”, como también se le conoce al estadio.
Poco después, se arrodilló en el bloque de largada, se tomó la rodilla derecha e hizo un gesto de dolor.
La reacción de las 91,000 personas en el estadio fue un sordo murmullo de decepción. Varios periodistas chinos que presenciaban la competencia empezaron a llorar. El estadio se empezó a vaciar rápidamente.