Considerado por muchos como el heredero del cubano Iván Pedroso, Irving Saladino les dio la razón al cerrar el círculo y conseguir saltar de golpe al Olimpo, el escenario donde moran los grandes, al consagrarse como campeón de la longitud de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.
Hace un año, no muy lejos de la capital china, en el estadio Nagai de Osaka, se coronó campeón mundial.
Este 18 de agosto pasará a la historia por ser el día en el que un joven nacido en Colón y residente en Sao Paulo ganó la medalla de oro, la primera en la historia de Panamá en unos Juegos.
Con tan sólo 25 años sobre sus piernas, Saladino está en el camino de hacer época en el salto de longitud, como hizo, sin ir más lejos el propio Pedroso.
“Creo en mí mismo”, aseguró este joven saltador de tan sólo 25 años nacido en Colón nada más alcanzar la final de Osaka 07 a través de la repesca.
Nunca una frase tuvo tanto significado. Era una prueba de su confianza en sí mismo, de lo seguro que estaba de su capacidad para salir adelante en momentos delicados, como tuvo que demostrar en el último salto de la competición.
Mandaba la final con solvencia al hacer 8.30 y 8.46 en su segundo y tercer intentos, pero el italiano Andrew Howe en su último intento voló hasta 8.47 y le arrebató provisionalmente el título.
Pero Saladino no se inmutó. Se concentró mientras en el estadio sonaba el himno australiano y, como hacía su gran ídolo Iván Pedroso, fue grande cuando era necesario. Se dirigió hacia el foso y logró la marca ganadora de 8.57, que de paso era nuevo récord centroamericano.
Siempre es difícil salir airoso de un momento de tal calibre. Pedroso, al que destronó como campeón panamericano en Río, que fue oro mundialista en cuatro ocasiones seguidas entre 1995 y 2001, lo hacía, y Saladino, considerado su heredero, lo hizo en Osaka a una edad aún muy temprana, señal de una madurez tremenda.
En menor medida y con marca más discreta hizo algo similar para entrar en la final de Beijing, cuando cometió dos nulos y necesitó esmerarse en el tercero para no quedarse fuera de la lucha. Se concentró y lo logró.
Justificó que lo que le faltaba era ajustar la carrera. Cuando lo hizo, ya en la final, ganó sin problemas, con unos para él discretos 8.34, pero suficientes para no dar opciones a sus oponentes y hacer auténtica historia.