Al fondo, debajo de un cielo gris que descarga vientos del norte y que hace llover sobre mojado en el agua chocolate que separa a la bahía de Bluefields del puerto de El Bluff, se mece a paso de bolero bailado en la mitad de un ladrillo, una pequeña embarcación que viene de muy lejos.
La brisa bluefileña bailotea las angostas pangas que atraviesan la ensenada. Cuando es muy fuerte, y sus gotas empiezan a pegar como decenas de pelotas de papel mojado que terminan encharcando la ropa y la piel, los pangueros, para evitar que los pasajeros se empapen, desenrollan sobre las cabezas de los viajeros, unas lenguas de plástico negro que casi siempre llevan estrujadas al lado del motor.
Aunque la lluvia refresca el aire, debajo de esas tiras negras el calor asfixia tanto como el cóctel de vapores, sudores y malos olores que empiezan a colarse por la nariz desde el momento en que se dobla por el callejón estrecho que arranca en la calle principal de Bluefields. Sobre ese galillo de cemento descascarado, en el que son inevitables los tropezones con las paredes de las casas oscuras y apretujadas que salen al paso, y en el que los pies esquivan con muy poca suerte las correntadas de orines revueltas con agua de lluvia que desaguan en el mar, se llega hasta la caseta de la Cooperativa Hilario Hernández, la que se adorna con un retrato del fundador.
Un puñado de pangas destartaladas de madera y fibra, componen todo el patrimonio de esa cooperativa. La mayoría de sus propietarios son quizás los hombres más pudientes de El Bluff. Y como el resto del vecindario, tampoco saben lo que es el alcantarillado. Por eso, el inodoro está montado en una esquina del muelle, donde no estorba el paso a los que suben a las pangas. En caída libre son vertidos al mar los desperdicios humanos y otras cosas más. Esa escena se repite a lo largo de la ribera. Pero hace más de 20 años que la contaminación de la bahía de Bluefields ya es un lugar común.
Al cabo de 12 ó 15 minutos —lo que dura el viaje hasta El Bluff— el único testimonio que va quedando es el agua sucia color a pinolillo que baña a la embarcación recién llegada. Poco a poco, hacia el Este, surge un paisaje más alentador: barcos mercantes y pesqueros, y más allá, un cordón de tierra donde rompen olas turquesas.
Desde el atracadero de El Bluff, apenas se alcanzan a ver dos cosas de esta nave que es más pequeña que un barco mercante, pero más grande que un pesquero: la herrumbre que carcomió buena parte de su pintura durante los 34 días de viaje, que le da un aspecto de vieja prematura; y el nombre: Brakzand, que se lee en negro por ambos costados, y que tampoco quiere decir mucho, excepto que tiene un nombre raro y que debe ser extranjero.
Este barco tal vez no signifique nada para la gente de este triste puerto del Caribe acosado por el desempleo, pero en cambio, causa ilusión entre los habitantes de un pueblo que flota en el lago más grande de Nicaragua, el Cocibolca.
El Brakzand —que suena masculino por la asociación inevitable con el nombre de Brad Pitt, el actor—, es el nuevo ferry que en pocas semanas servirá a los 22,000 pobladores de Altagracia, en la isla de Ometepe, que se alza con sus dos volcanes a un costado del lago.
Es la primera embarcación que se compra con la contribución de los altagracianos y que, por tanto, les pertenece: por cada córdoba que se invirtió en este ferry (y fue una cifra redonda de 17 millones de córdobas), los isleños pagaron 35 centavos de impuestos. La sensación debe ser igual a tener una casa con escritura de propiedad.
De cerca, el ferry demuestra más lo que en realidad es: una embarcación de transporte colectivo, plana y estable, de cuatro plantas, que cuenta con asientos y mesas confortables, con área de restaurante, ventanales que dejan ver el paisaje, con una azotea y una cubierta verdes rodeadas de un barandal blanco por las que se pueden pasear 1,000 personas sin la sensación de sentirse atrapadas en un corral. O, en el que se pueden acomodar tres rastras cargadas de plátanos y mercadería y unos cuantos carros sin tropezar con los pasajeros.
IILa travesía por el Atlántico
Con los primeros rayos del verano europeo, y con una tripulación de cuatro hombres, zarpó el ferry Brakzand del puerto de Harlingen, en Holanda, con destino al muelle de San José del Sur, en el lago Cocibolca, el pasado dos de julio. Más de 10,000 kilómetros navegaría, y unas cinco semanas transcurrirían antes de que ese barco surcara aguas nicaragüenses.
Es la travesía más larga que ha emprendido esta nave de 42 años, acostumbrada a flotar por las frías aguas del norte holandés, y construida para el transporte de gente que adora los viajes tranquilos, pues ningún ferry corre a más de 60 ó 70 kilómetros por hora. En una gala de intrepidez habrá tramos en los que el Brakzand navegará a 22 nudos por hora, es decir, la velocidad (más o menos 40 kilómetros) a la que se desplaza un carro en Managua por una calle llena de huecos.
También es su primera vez. Nunca antes había atravesado ni el Canal de La Mancha ni el Atlántico. A eso hay que agregar otro detalle: la nave lleva tres años estacionada. El Brakzand no escapó al destino injusto y cruel de los mortales. Fue relevado en su ruta por un ferry más joven y moderno. En compensación, y como también la experiencia también cuenta, se irá a navegar a miles de kilómetros de distancia en un mar de aguas dulces.
Antes de partir, el Brakzand fue dotado con 12,000 litros de agua, lo suficiente para cubrir las necesidades diarias de 480 nicaragüenses. Semejante provisión de agua se cargó en dos tanques internos y en otros seis depósitos adicionales de mil litros cada uno que se instalaron en la popa.
Otro líquido exigido por las autoridades para dejarlo marchar, fue el combustible. Unos 45,000 litros de diesel se distribuyeron en 10 tanques metálicos que se acomodaron también en la popa, donde también acomodaron dos pequeñas lanchas auxiliares.
El primer miércoles de julio, los pronósticos climáticos no pudieron ser más acertados: el día fue soleado y los vientos soplaron a favor del itinerario trazado, según anotó en su bitácora mental Hendrik Visier, el capitán del ferry, quien a sus 62 años lleva más días en agua que en tierra.
El rango de edad de la tripulación que lidera Visier oscila entre los 49 y los 63 años. El mayor es Piter Willen, de 63 años, que tiene dibujadas un par de águilas en cada uno de sus omoplatos. Viene a ser el segundo al mando en la nave. El contramaestre. En la práctica, es también un naturalista pendiente de los paisajes que se avistan desde la azotea y la popa. Él registra con su cámara Pentax el más mínimo aleteo del ferry que luego vuelve a ver una y otra vez en la pantalla de su portátil.
El otro miembro es Henri Anton Seisen, 61 años, el cocinero de origen alemán. Por la barrera del idioma poco podrá comunicarse con los primeros nicaragüenses que suben al Brakzand. En su alacena lleva aceite de soya, pasteles de chocolate, pimienta, clavo de olor y filetes congelados de un pescado que tiene la piel parecida a la macarela. Tampoco le falta su provisión de puros.
El más joven y sonriente es George Oleherings, 49 años, el mecánico que se encarga del cuarto de máquinas en el sótano del ferry. Naturalmente, es el área más caliente de los barcos. En este caso, la temperatura del cuarto permanece fresca. Por su ancha espalda y su musculatura de pesista, George, quien lleva tatuado su brazo izquierdo con el nombre de María, será rebautizado como “Tyson”, en honor del boxeador Mike Tyson, el ex campeón negro estadounidense de los pesos pesados, por los primeros nicas que suben al Brakzand.
El buen tiempo que los abrazó en la salida se acabó frente a las costas de Inglaterra. El viento y la lluvia los obligaron a tirar el ancla por cinco días. Fue el único obstáculo en el viaje, según el capitán. Después del adiós en Harlingen, y de la parada forzada por aguas inglesas, no hubo nada más memorable hasta que atracaron en la isla mayor de las Antillas menores, Trinidad, que junto a la pequeña Tobago y otras islas forman la República de Trinidad y Tobago, en el sur del Caribe, frente a las costas de Venezuela.
La portátil de Willen conserva una amplia galería de imágenes del paradisíaco archipiélago: casas de madera de dos pisos al estilo inglés, selva húmeda, aguas de tonos turquesas y transparentes.
Con este preámbulo, y después de 26 días de viaje, aumentó el ansia entre los marinos por llegar a la bahía de Bluefields.
En la parada de Trinidad y Tobago, subió al Brakzand el primer marino nicaragüense: Donald Jarquín, un altagraciano de 41 años, graduado como ingeniero de navegación en la antigua URSS (Unión de República Socialistas Soviéticas).
Será Jarquín, quien asuma el timón del ferry al incursionar en aguas nicaragüenses. En sus hombros recaerá la maniobra más difícil de la empresa: cruzar del Caribe al río San Juan, del agua salada a la dulce.
IIIDel mar al río
Los relámpagos que caen por la noche son los únicos chispazos de luz que alumbran las boyas sin luces de El Bluff. Y Donald Jarquín, que aún se está familiarizando con los controles del barco, cree que no es conveniente salir en lo oscuro y bajo la tempestad que está cayendo en la bahía este viernes de agosto. Lo consulta con su par holandés, y ambos deciden atrasar para el sábado en la madrugada la salida de la nave.
No parece, pero Jarquín está nervioso igual que el resto de la tripulación que en El Bluff aumentó a 11: los cuatro marinos del país naranja, el Alcalde de Altagracia, Crecencio Ruiz, y su administrador; un mecánico de la isla, un ex alcalde que va de paseo y una pareja de periodistas que acompañarán el periplo hasta medio río San Juan.
Sin exagerar, de Jarquín, que habla ruso perfecto y que ha aprendido inglés a lo “Tarzán” como él mismo dice, a empellones con las palabras, puede decirse que es un león del océano. Lleva más de una década maniobrando buques cargueros que trafican por aguas internacionales. Eso sí, raras veces le ha tocado cruzar una embarcación del mar al río. En la víspera esa misión lo desvela.
Con el día todavía entre negro y gris el Brakzand sale rumbo a la bahía de San Juan de Nicaragua, la esquina que allí marca el límite con Costa Rica.
Tras siete horas más de navegación, en las que el grado de expectación se mide por el sudor frío que gotea en la frente de algunos, Jarquín y Visier sitúan la nave frente a la boca del río San Juan como el torero que planta su capa roja ante el toro feroz. El brazo de agua escupe al mar lo que recoge a lo largo de sus 200 kilómetros.
Los capitanes, que han venido calculando este momento a través de una carta digital, saben que están frente al nudo que vinieron a desenredar.
Minutos antes, como peces voladores salieron tres pangas de la boca del San Juan. En dos de ellas van los guías, Ronaldo Obregón, mejor conocido como “El Chino”, y su hijo Geovanni, quienes luego de recorrer por más de 15 años las articulaciones del río, ya leen mejor los meandros del San Juan que las profundas líneas de las palmas de sus manos.
En la tercera panga anda el Alcalde de San Juan de Nicaragua, un uniformado y un funcionario de Migración, quienes al poco tiempo se ubican en una de las comisuras de arena para ver desde tierra la escena que sigue, un hecho extraordinario que rompe por unos instantes con ese paisaje monótono.
Vacilaciones, medias vueltas, todo un baile sin ritmo sugiere al Brakzand, la mano alzada de uno de los baqueanos que sigue la voz de su compañero, que se encarga de hundir una vara para ir midiendo la profundidad.
Hay varias corrientes enfrentadas: la del río que puja por salir, y las del mar que intentan entrar, y que según el viento van en uno y otro sentido como niñas indecisas. En ese juego de corrientes , el palo del guía termina por encontrar el agujero perfecto, los cuernos del toro, que dejan al Brakzand avanzar al río San Juan sin que su fondo pegue con el lecho de piedras que están a metro y medio de profundidad. Y como el patinador que pasa de una trocha a una autopista, poco a poco la nave recupera la estabilidad perdida en plena refriega con ese toro acuático.
“Ya pasamos lo peor”, dijo luego de un hondo suspiro el edil Crecencio Ruiz, quien filmó y narró para su cámara cada segundo del clímax de esta travesía.
IVEl sueño del alcalde
Crecencio Ruiz parece niño con juguete nuevo. No sólo le enseña el interior del ferry a su homólogo de San Juan del Norte sino a toda la familia del alcalde visitante, quien fue llevada especialmente desde el caserío para ver el barco más moderno que tendrá Ometepe.
Luego, retoma su tarea con la cámara filmadora. Graba el paisaje que rodea el río. Del lado nicaragüense sobresale una selva tupida. Apenas los inicios de la Reserva Natural Indio Maíz, de la que asoman furiosos monos congos, iguanas curiosas, tortugas valientes, y pájaros de distintos plumajes y colores. Del lado tico lo que registra la cámara de Crecencio no es muy alentador: montañas peladas como campos de golf, vacas, y ranchitos de madera de los que van brotando mujeres y niños que salen a decir adiós al ferry, o simplemente a verlo. A todos, Crecencio les devuelve el saludo. “Eso no se había visto aquí, ¿verdad?”, afirma y pregunta a “El Chino”, quien en el trayecto va mostrando los restos de barcos más grandes que se aventuraron por el San Juan. Sin embargo, para no aguar la fiesta de Crecencio, le responde: “Algo así como éste, noooo”.
El alcalde hace caso omiso y continúa con su interminable monólogo ante la cámara. En esa tónica seguirá hasta que el ferry se detenga en Machuca, a esperar una llena del río, para atravesar el raudal del Diamante, uno de los cuatro charrales de agua y piedras que complican la existencia a las embarcaciones en el San Juan.
El alcalde está feliz porque sabe que la llegada de este ferry partirá en dos la vida de Altagracia. En sus 137 años de fundación, este municipio que abarca el 75 por ciento del territorio de Ometepe, jamás ha tenido un ferry público.
Desde que arrimó a las costas del lago la primera lancha de motor de Tino Céspedes, a mediados de los cincuenta, muchas embarcaciones motorizadas han recalado en la isla, pero ninguna semejante a esta, según recuerda Samuel Viales, el primer alcalde que tuvo Altagracia en los años ochenta.
“Con él queremos prestarle un gran servicio a la población”. Las palabras de Crecencio, nacido y criado en las faldas del volcán Maderas, sonarían retóricas si no fuera porque en sus cuatro años de gestión los altagracianos reconocen una buena lista de logros: construcción de cuadros de beisbol, un ring de boxeo, un centro de computación, una escuela de oficios técnicos; tendido eléctrico en más de 20 kilómetros, agua potable a varias comunidades; 30 máquinas de coser para madres solteras, más de 100 bicicletas a niños de caseríos lejanos, el muelle de San José del Sur. La llegada del ferry será un broche de oro para el cierre de su administración, en enero próximo.
Crecencio confiesa que empezó a soñar con este ferry desde que asumió la Alcaldía: “Porque es una necesidad, es como tener un zapato que te chima”, dice. Sin embargo, quitarse ese zapato costó más de tres años de gestión.
“Esto me ha costado todo tipo de críticas, ¿qué es lo que no ha dicho la gente de mí?”, pregunta y él mismo se responde. “Me han dicho de todo, me han echado a la Contraloría, el MTI (Ministerio de Transporte e Infraestructura) rechazó dos veces la ruta, hasta he sufrido atentados de muerte”, asegura Crescencio, quien entró al sandinismo en los setenta, luego desertó en los ochenta, estuvo preso siete años condenado por “contra”, y nuevamente volvió al redil rojinegro desde donde logró la Alcaldía.
Crecencio, que abandona el ferry a mitad del San Juan para seguir haciendo gestiones, dice que los altagracianos están tan emocionados como él. Que se hará un gran recibimiento. “La idea es cobrar un pasaje popular. Ahora nos quitan 60 córdobas por el ferry que sale desde Moyogalpa. Nosotros con este barco queremos cambiar eso y por supuesto que vengan muchos turistas porque el turismo es el futuro de la isla”. No hay duda que el Brakzand, que cada día es más nicaragüense, tiene las condiciones para honrar la ilusión de Crecencio.