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Noticias >> Economía
Ejércitos de salva
Menos en busca de un ejército común, como quiere Chávez, Brasil impulsa su modelo de defensa sudamericano
Rodrigo Lara Serrano
Buenos Aires
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Como si fuera una sopa de letras que de pronto entra en erupción y materializa nuevas combinaciones tan rimbombantes como fugaces, en los últimos meses la región vio surgir en boca de presidentes y ministros combinaciones como FAS, CSS, CLD y ERS. Esta vez el caldo –en vez de sal– se encuentra aderezado con pólvora: se compite en proponer y crear consejos de seguridad, alianzas militares y ejércitos regionales.

Pese a las apariencias, detrás de lo que parecería pura espuma hay un proceso más sutil y serio. Destinado a perdurar. Uno mediante el cual Brasil busca dar forma a una nueva herramienta estratégica que le permita consolidar su “poder blando” en Sudamérica.

Con un gasto militar estimado total de US$36,000 millones anuales y ningún enemigo mayor que alrededor de una docena de litigios fronterizos –en su mayoría directamente ridículos– Latinoamérica enfrenta una situación contradictoria. Por un lado, si se piensa en los niveles de pobreza, ese gasto resulta desmesurado. Pero, por otro, al compararlo con sus equivalentes en naciones como Rusia, China e incluso Arabia Saudita, palidece.

A nivel de doctrinas militares, la verdad es que la región es un kindergarten: se mantiene anclada en el modelo tradicional de unas FF.AA. centradas en posibles guerras vecinales (propensas a accidentes fronterizos) y dependiente de industrias externas para su suministro de casi todos los armamentos.

la unión hace la fuerza

Siendo ése el punto de partida, tanto el Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, como el de Brasil, Lula da Silva, agudizaron en los últimos meses el impulso mediante dos procesos distintos y paralelos: el primero desea constituir una alianza militar entre los miembros del Alba (Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua y Dominica); en tanto el segundo impulsa una ofensiva para dar vida a un Consejo de Seguridad Sudamericano (CSS).

El 24 de mayo pasado, en Quito, en el marco del nacimiento de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), se acordó crear un grupo de trabajo que, en tres meses, presentará una propuesta sobre el formato y las funciones del CSS.

Nelson Jobim, Ministro de Defensa de Brasil, aseguró que el CSS no será “una alianza militar clásica o un ejército sudamericano contra alguien”, sino más bien “una organización que permitirá identificar problemas comunes y continentales”. Además de coordinar las posiciones de América del Sur en reuniones internacionales y multilaterales, así como la integración de bases de defensa.

Para Claudio Fuentes, experto en temas de defensa y director de Flacso Chile, el CSS es una herramienta de las relaciones exteriores brasileñas. “Una iniciativa política, un intento de ser el actor predominante y eliminar cualquier tipo de confrontación entre los países”.

En Buenos Aires, Rosendo Fraga, titular del Centro de Estudios Nueva Mayoría, coincide: “Se trata de un mecanismo multilateral para prevenir y resolver conflictos, como el que se produjo recientemente entre Colombia por un lado y Ecuador y Venezuela por otro (...) Se asemeja más al Consejo de Seguridad de la ONU que a la OTAN”.

Eliézer Rizzo, investigador del Núcleo de Estudios Estratégicos de Unicamp, por su parte, no cree que los militares de Brasil estén satisfechos con el CSS. “Si se constituye, no sería sorpresa que se diera algún paso en la dirección de una cooperación militar más estrecha”.

Por ahora el principal problema es la negativa colombiana a ser parte de ella, expuesta por el presidente Álvaro Uribe, quien ha dicho que el enfrentamiento con las FARC coloca al país en una situación diferente. Al parecer, lo distinto es que Colombia no desea habilitar la más mínima interferencia en su soberanía en lo que sus autoridades estiman que es la fase crítica para derrotar de manera definitiva a los insurgentes.

Además, está Chávez, que tiende a ver a Unasur y CSS como “anti” estadounidense Para Fraga, se equivoca: “La iniciativa brasileña es diferente a la de Chávez, quien meses atrás planteó la creación de Fuerzas Armadas Sudamericanas (FAS), al estilo de la OTAN o el Eurocorp europeo”. Frente a las fantasías de una articulación latinoamericana más operativa, opina que hasta ahora Brasil se ha mostrado reacio a crear fuerzas militares conjuntas en la región, no habiendo apoyado iniciativas argentinas presentadas años atrás. “La diplomacia brasileña siempre apunta a que el país mantenga la mayor libertad de acción posible”.

Donde, sorprendentemente, sí hay avances prácticos es entre Argentina y Chile. Ambos están creando una unidad binacional permanente. “Se va a operacionalizar en 2009 con mando conjunto para operaciones de paz”, dice Fuentes. Sus integrantes, unos 1,200 uniformados, ya tienen una doctrina común y hay militares argentinos trabajando en Chile. Fraga dice que “hasta ahora, los dos países no se han planteado invitar a otros y Brasil no ha mostrado interés”.

Para el también argentino Enrique Zuleta Puceiro, titular de Ibope-OPSM, las condiciones para una integración militar argentino-brasileña están dadas. “En conversaciones que he tenido con oficiales no hay siquiera vestigios de esa visión de Brasil como el enemigo más allá de la frontera”. A ello se agrega que los argentinos “admiran la opción brasileña por la industria pesada y la energía nuclear y creen que Brasil está haciendo las cosas de forma casi ejemplar”.

La gente común piensa parecido, dice. “En encuestas sobre el tema de la integración a todo nivel, la sociedad ve en Brasil una oportunidad, no riesgos”.

En las antípodas de esta disposición está México. “Tiene una tradición de no pretender un rol relevante en el escenario mundial ni regional”, dice Fraga. No participa en fuerzas de paz y tampoco lo hizo en Haití.

“México hace mucho tiempo que cumple con un rol muy subordinado y concentrado en migración y tráfico de drogas”, dice Fuentes, de Flacso.

En el DF, Pablo Monsalvo, académico del Diplomado de Seguridad Pública, afirma que la preocupación fundamental como país es la delincuencia organizada que rebasa fronteras. México está dispuesto a coordinar el combate a redes criminales, pero “de ahí a ceder una parte de la soberanía en una alianza militar hay una distancia muy grande”.

En el resto de la región, los países se debaten entre adaptaciones del statu quo y cambios que los ayuden a salir de su debilidad relativa. Ejemplo de lo primero es Perú, que pronto tendrá una ley que vincula ingresos específicos a su favor con un royalty minero. Ese dinero se usará según el modo tradicional: fortaleciendo las hipótesis de guerras vecinales con Chile y Ecuador.

Precisamente Ecuador, Bolivia o Nicaragua son países que favorecen sistemas plurinacionales de defensa porque se sienten y saben débiles. Para ellos, la opción de un aliado es Venezuela o Brasil. El primero no es atractivo por su enemistad abierta con Estados Unidos Pero este último no tendría celos del dominio de Brasil. “Estados Unidos acepta e incluso impulsa el liderazgo de Brasil en América del Sur, al que ve como una alternativa para contener el rol de Chávez”, dice Fraga. Una alternativa política.

Por otro lado “Brasil es el único país que tiene producción militar de verdad”, dice Fuentes. Y “para los países de menor tamaño una integración a nivel de industria militar podría ser interesante, para tener know-how y acceso a nuevas tecnologías”. Pero no se hace ilusiones: “La posibilidad de crear una fuerza multinacional integrada con mando común es improbable”. ¿Por qué? Tal fuerza impulsaría una modernización eficaz de las FF.AA. regionales. “Hay cerca de 14 conflictos limítrofes regionales; ello actúa como un fuerte inhibidor de cualquier integración militar”, dice.

No se trata sólo de antiguas rivalidades. También hay barreras más antiguas: “En los países donde las instituciones son más débiles, los militares son más fuertes” para imponer sus demandas, dice. Y éstas –en promedio– no son las de una auténtica alianza de defensa regional.

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