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El mediador de las negociaciones fue monseñor Miguel Obando y Bravo, Arzobispo de Managua, quien se encargó de llevar la noticia a los comandos y secuestrados. Somoza había cedido. (LA PRENSA/ARCHIVO)
Las voces del asalto
El próximo 22 de agosto se cumplen 30 años de la toma del Palacio Nacional, una hazaña épica que para muchos cambió el rumbo de Nicaragua. Los protagonistas de ese episodio cuentan la historia
Martha Solano Martínez y Carlos Salinas Maldonado
domingo@laprensa.com.ni
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La versión de los diputados

“Fue sorpresivo, llegaron volando tiros, hirieron a algunos centinelas y eran regueros de sangre”, recuerda el entonces diputado conservador de Matagalpa, Lucas Vílchez Martínez.

“El pánico se apoderó de los diputados, unos se lanzaron al piso, debajo de sus asientos, otros intentaban escapar”, agrega.

Cristóbal Genie Valle, también conservador y matagalpino, señala que hubo diputados que “se comieron el cheque para que no se los robaran… yo me acuerdo que metí mi cheque en un calcetín”.

“Supusimos que se trataba de un golpe de estado contra la dinastía de los Somoza… había mucha tensión pero ésta creció cuando hubo intercambio de disparos entre los sandinistas y los guardias que estaban en el techo de la antigua Catedral”, comentó Genie.

Vílchez, por su parte, dice que poco después “nos apartaron a todos los diputados y nos pusieron aparte del público”.

“Claro que estábamos nerviosos, estábamos ahí, sin saber qué iba a pasar, teníamos miedo de que Somoza fuera a bombardear el Palacio Nacional y que todos quedáramos ahí muertos”, agrega Vílchez.

En tanto, Genie cuenta que “ya en la noche llegó el Cardenal (Miguel) Obando y eso nos amainó el miedo y nos dio esperanzas. Pero el miedo volvió y se multiplicó cuando vimos salir al Cardenal y Edén Pastora gritó: ‘no hay ningún acuerdo con Somoza”.

“Sufrimos muchas conmociones, porque incluso vimos caer al médico que los atendía… le pegaron un tiro… también a Juan Palacios le pegaron un culatazo en el pecho”, dice Genie Valle, agregando que un diputado conservador, al que no identificó, propuso a otros 15 legisladores que trataran de desarmar a los guerrilleros.

“Propuso que lucháramos con ellos y que ahí quedáramos todos: diputados, guerrilleros y público que estaba dentro del Palacio”, recordó Genie.

Luis Eduardo Martínez M./CORRESPONSAL MATAGALPA

El 22 de agosto de 1978, 25 guerrilleros se tomaron el Palacio Nacional, en una operación que se tradujo como el golpe más fuerte contra la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, y que aceleró la caída del régimen. La Operación Muerte al Somocismo, realizada por el Comando “Rigoberto López Pérez”, fue bautizada como “Operación Chanchera”.

Carlos Salgado, alias, “Ulises” o “El Reverendo”, conductor del comando: Nosotros íbamos representando a la Guardia Nacional, a la EEBI (Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería). ¿Que si iba con miedo? Claro, nosotros no éramos Superman. Eso no era una película.

Yo iba manejando la camioneta. Walter Ferreti venía a la par mía, Hugo Torres venía atrás con el resto del comando. Éramos trece en total. Veníamos de Tipitapa, de la finca del papá de Paul Atha.

La orden era que yo no me iba a detener en ningún momento. Cualquier cosa que pasara en la carretera, yo tenía que pasar, pero de repente vi un Becat (vehículo de la Guardia) que estaba atravesado en la calle y me hizo una señal para que me parara. No sé, parece que había un operativo y entonces yo me detuve. ¿Qué iba a hacer? Me quedé centrado, viendo al frente, sin parpadear. El carro escolta venía detrás.

Cuando vieron al comandante Walter Ferreti con el uniforme de la Guardia Nacional y el fusil garand, los guardias lo saludaron y nos dejaron pasar.

A partir de entonces, el tiempo que llevábamos era sincronizado. Teníamos que encontrarnos con el otro comando antes de llegar al Palacio. La señal era tres cambios de luces. Llevábamos el tiempo completo, si nos atrasábamos, la gente se iba a comer y ya se nos caía el plan. A las 12 en punto llegué al punto, hicimos el cambio de luces y nos fuimos al Palacio.

Como yo era el conductor, iba a ser el último en salir de la camioneta. Mientras mis compañeros formaban las dos filas, yo parqueaba la camioneta. Iba nervioso, sudando. Cuando quise salir de la camioneta, me golpeé la pierna con el fusil. Tenía que poner una cadena en la puerta del costado por donde entramos, pero ya no pude, no me dio tiempo porque hubo unos disparos arriba. Y entonces me quedé en la puerta donde entré. Ésa era mi misión, estábamos preparados para esa cuestión. Había dos guardas de seguridad y a los dos los desarmamos.

Raúl Venerio y yo compramos las camionetas en Carretera Norte. Las llevamos a pintar de verde olivo y les pusimos unas carpas que compramos en el Mercado Oriental.

Venerio y Joaquín Cuadra me encomendaron la misión. Nosotros nos habíamos concentrado en una finca en Carretera a León, actuábamos como sacerdotes. Casi la mayoría era de otros departamentos. Yo era el único de Managua y por eso me dieron la encomienda de manejar la camioneta del comando. Llevábamos 300 tiros y 2 granadas.

Cuando llegamos al Palacio nos formamos antes de entrar. Hugo Torres y Walter Ferreti iban al mando, yo era el segundo.

Hugo Torres, Comandante Uno: La toma del Palacio se decidió en una reunión en San José, Costa Rica, allá por los primeros meses del 78, en la que participaron Víctor Tirado, Humberto Ortega, Daniel Ortega, Edén Pastora, Herty Lewites y Carlos Coronel Kautz. En ese encuentro se puso sobre la mesa la necesidad de llevar adelante una acción fuerte, espectacular, que golpeara los cimientos de la dictadura para volver a poner en alto la lucha revolucionaria y que desencadenara los acontecimientos insurreccionales.

Edén Pastora expuso en aquella reunión de San José la idea de la toma del Palacio. Las primeras reacciones fueron de escepticismo. Daniel Ortega y Herty Lewites no estaban de acuerdo, creían que era demasiado arriesgado. Humberto Ortega sí creía que se podía llevar adelante. Se volvió a dar otras consideraciones y después votaron. Se aprobó realizar la acción y se le planteó a Edén que él jefeara el comando para realizarla. A partir de ahí comienzan los preparativos.

Me trasladé a principios de agosto de Occidente a Managua. Me vino a dejar el hoy primer comisionado en retiro Franco Montealegre, colaborador nuestro. Me dejó por las cercanías del restaurante Lacmiel, de donde me llevaron a una casa de seguridad. Posteriormente me trasladaron a una finca que quedaba a la altura del kilómetro 16 de la Carretera Vieja a León, en un lugar que se llama El Boquete. Supuestamente era un retiro espiritual el que íbamos a hacer ahí. Cada vez que los campesinos de la finca se acercaban, rezábamos. Edén Pastora pasaba por cura, vivía santiguando a todo mundo. Tanto se creyeron el cuento que nos pidieron que les bautizáramos a unos niños, y se los bautizamos. Como yo había sido monaguillo cuando la misa era en latín, decíamos algunas cosas en latín que nadie entendía para darle más visos de credibilidad al asunto.

La acción del Palacio se iba a realizar una semana antes del 22 de agosto, porque existía el temor de que la Cámara de Diputados, que sesionaba en el Palacio, se fuera de receso. Pero una noche antes de la fecha supuesta para realizar la acción, no habíamos terminado de conformar el comando, las armas estaban desarmadas, la mayoría no sabíamos usar los fusiles Garand. Los uniformes no habían llegado, y sin uniformes perdíamos el factor sorpresa, porque la idea era hacernos pasar como miembros de la EEBI, que era el cuerpo élite de la Guardia Nacional, que jefeaba Anastasio Somoza Portocarrero, “El Chigüín”.

Una noche antes de la fecha programada para realizar la operación, los compañeros miembros del Estado Mayor, Joaquín Cuadra, Oscar Pérez Cassar e Hilario Sánchez, ejercieron una fuerte presión sobre nosotros, Edén, Dora María Téllez y yo. Les decíamos: “Hombré, pospongamos la acción unos días más para que nos preparemos mejor, para que armemos bien los fusiles, para que conozcamos bien el comando, para tener las mejores condiciones”. Nos dijeron que la acción tenía que ir. Logramos persuadirlos de que era demasiado y se tomó la decisión de posponerla. Esa misma noche algunos compañeros regresaron a sus pueblos y a Edén, Dora María y yo nos ubicaron en la casa de Dionisio Marenco y Daysi Zamora, donde estuvimos a la espera de la nueva fecha y de mejores condiciones.

Teníamos dentro del Palacio colaboradores que fueron claves para levantar los planos del edificio. Chequeaban cuándo iba a haber sesión de la Cámara de Diputados. El plan era que desde dos puntos distantes de Managua, saliéramos las dos partes del comando: trece de un lado y doce del otro; convergiéramos en el centro de la vieja Managua, y a partir de ahí marcháramos juntos hacia el Palacio. Íbamos a llegar en dos camionetas viejas que habíamos comprado. Las habíamos pintado en verde, tratando de asemejar el verde olivo, con toldos verdes atrás que les daban una imagen de vehículos militares.

La idea era que mi grupo entrara por el lado oeste del Palacio. Los dos primeros compañeros que entraran, se quedaban en la puerta. El resto íbamos a subir las escaleras, doblábamos a la derecha y después a la izquierda. Una vez dentro del Palacio, teníamos que hacer la idea de que éramos miembros de la EEBI y que preparábamos la seguridad porque llegaba “el hombre”, Somoza.

Le expliqué a los compañeros que los iba a formar como una escuadra de la EEBI, que me dijeran teniente en voz alta cuando les diera órdenes y que íbamos a procurar entrar al Palacio marchando. Nos parqueamos a las afueras del edificio, nos formamos y empecé a dar órdenes en voz alta. Recorrí la formación, me ubiqué a un lado y di la voz de marchar. Subimos al segundo piso, doblamos a la derecha donde estaba el despacho del Ministro de Gobernación, en donde, sin que nos diéramos cuenta, estaba José Somoza, sobrino del dictador.

Comenzaron los disparos porque unos guardias que se percataron que no éramos de la EEBI comenzaron a disparar. Edén Pastora tiró una granada que causó un estruendo enorme. En tres minutos teníamos tomado el Congreso.

Mary Adhelma Ramírez Solís, dibujante del plano piloto del Palacio: No tuvimos miedo. Al principio yo no sabía para qué lo hacía. Mi esposo no me contaba muchas cosas sino hasta que ya iban a suceder. Un día me dijo: “Mirá, es que tengo una misión, tengo que dibujar el Palacio”. Dibujémoslo pues, le dije.

Mi marido se llamaba Pablo Pichardo (q.e.p.d.), trabajaba de auditor en el Palacio. “Vamos a hacer un trabajo”, me dijo. “Vos sabés dibujar, entonces yo te voy a ir diciendo y vos vas a dibujar el plano del Palacio. Ahí después te cuento para qué”.

Todas las noches, cuando los muchachos estaban acostados, nosotros nos poníamos. Él me iba diciendo “tiene tantos pisos, aquí hay tantas gradas”.

A mi marido le llamaban “La Espinita”, porque era el infiltrado del Frente en el Palacio. Lo contactaron a través de Nicho Marenco, ellos eran amigos desde 1966, cuando trabajaban en el Ingenio San Antonio. Entonces, “La Espinita” conocía divinamente el Palacio. Todo mundo lo conocía a él, pero nadie sabía quién había dado los datos.

En aquel entonces teníamos preso a uno de nuestros hijos, Javier. Él era físico. Mi colaboración fue ésa. Lo hicimos por Javier.

Nadie sabía que estábamos colaborando. Sólo Nicho y (Raúl) Venerio y otros cuatro. Mi hijo Javier estaba preso, pero él no sabía que estábamos haciendo esto. Mi esposo había dejado de visitarlo para que no se nos zafara. Me acuerdo que fue un domingo el último día que lo fuimos a visitar y de ahí no lo vimos hasta que lo llevaron al aeropuerto.

Uno de mis hijos, Douglas, también había estado preso, anduvo clandestino. Javier anduvo en la montaña. En 1978 lo cogieron clandestino y entonces lo mandaron a (la cárcel) La Modelo. En Rivas estuvo preso y hasta lo iban a tirar (matar), pero nosotros teníamos un familiar que era general de la Guardia y cuando ya lo vendaron y lo amarraron, pidió que llamaran al general Gregorio Pichardo. Parece que eso los contuvo y lo mandaron preso a La Modelo. Ahí estuvo dos años y siete meses. Lo torturaron.

Entonces, la intención de nosotros era liberar a mi hijo. Un día me dijo mi esposo: “Vamos a hacer una actividad, vamos a ver si cuaja”.

Entonces hicimos en plano con entusiasmo y más cariño para que saliera Javier. El asalto al Palacio era una gran alegría para mí. Cuando ya estaba la gente en el asalto, me dio un entusiasmo, una gran alegría. Yo sabía que con los planos que llevaba la dirección (de los comandos sandinistas), tenían conocimiento de todas las entradas y salidas.

Dionisio Marenco, encargado de los planos y logística: La orden nos vino en la Semana Santa de 1978. La trajo Chema Alvarado, el enlace con la dirección del Frente en Costa Rica.

Yo tenía un amigo que se llamaba Pablo Pichardo, un hijo de él estaba preso en La Modelo, Javier. Aprovechándome de la amistad, le dije que nos apoyara. Necesitábamos hacer un plano del Palacio. Entonces yo me iba a visitar a mi amigo Pablo a su trabajo, al Palacio, y contaba cuántas gradas había en cada entrada, puerta por puerta, ventana por ventana.

Por las noches llegaba a su casa y junto con su esposa hicimos el plano a mano alzada. Pablo era “La Espinita” del Frente en el Palacio. Cuando terminamos, el arquitecto Ramiro Lacayo se encargó de hacer el plano formal.

Una vez que recibimos la orden, Raúl Venerio y yo nos encargamos de la logística. En mi casa se quedaron los comandos. Hubo un momento en el que había hasta 40 personas porque eran 26 comandos, más el Estado Mayor, más los que acarreaban chochadas... La verdad es que no me explico cómo no nos detectaron.

La primera vez que se hizo la concentración para dar el golpe, fue una semana antes del 22 de agosto. La gente comenzó a llegar desde el viernes 11. Algunos muchachos estaban en la finca El Boquete, en carretera a León. Ahí estuvieron viernes, sábado y domingo, pero se abortó la operación porque no estaban todos los uniformes y faltaban algunos fusiles.

El domingo del aborto, todo ese personal se trasladó a mi casa. Los comandos se regresaron a sus casas y sólo se quedó la jefatura.

El lunes 21 dividimos el comando en dos grupos. Uno se fue para Tipitapa, con Hugo Torres y Walter Ferreti al mando. Edén Pastora y la Dora María se quedaron en mi casa con otro grupo. La razón era evitar concentrar el peligro.

Una vez que los comandos salieran de los puntos de concentración, se tenían que encontrar frente al edificio de la Zogaib. Ahí se intercambió por última vez la comunicación hasta que se encontraron ya adentro del Palacio.

Cada camioneta con los comandos venía escoltada por dos carros. La que venía de Tipitapa venía escoltada por Joaquín Cuadra y Alejandro Carrión. Y a los que salieron de mi casa en Serranias, los veníamos escoltando Leonel Poveda, Oscar Pérez Cassar, Hilario Sánchez y yo.

Cuando la camioneta del comando que venía de mi casa se parqueó frente a la puerta del costado este, se bajó Edén, desarmó al guardia que estaba ahí, se bajaron los muchachos y comenzaron a entrar.

El último llevaba una cadena como de dos metros y pico y un candado que compramos en una ferretería que se llamaba Lacayo Fiallos. Ése puso la cadena y cerró la puerta.

En el momento que yo veo que esa puerta se cierra, me agarró como una asfixia, como una taquicardia, por miedo, emoción, todo eso. Yo nunca había visto las puertas cerradas, sólo las había visto abiertas. Entonces, la veo cerrada y recuerdo que el plan era que una vez que estuvieran adentro, ya no había nada que hacer. ¡Era un éxito la operación!

Edén Pastora Gómez Comandante Cero: Parqueamos la camioneta en el costado este del Palacio. A mí me tocaba llegar hasta el Salón Azul donde sesionaban los diputados. Entonces, en cuanto entré desarmé al primer guardia que nos salió y seguí por las gradas. Una vez adentro, la victoria era nuestra.

Cuando llegué, entré por la puerta principal del Salón Azul. Entré gritando. ¡Todos al suelo, todos al suelo, hijueputas, chanchos! Tiré un par de disparos al aire y todos se metieron debajo de los escritorios. ¡Fue una cosa tremenda!

Militarmente todo sucedió como lo habíamos planeado. Políticamente se nos quedaron diez compañeros que no incluyeron en la lista por falta del Frente Interno de no dominar debidamente todos los presos políticos. De ahí, todo sucedió a la perfección.

A medida que pasaba el tiempo, yo le decía a los compañeros, ve tenemos que resolver en las primeras 72 horas, si damos más tiempo, Somoza nos mata.

No dormíamos, no comíamos bien. Antes habíamos estado siete días tensos, preparando el operativo en la casa de Nicho en Serranías y cometimos el error de irnos débiles.

Al días siguiente, Hugo Torres se me acercó y me dijo: “Edén, siento que pasan trenes por la azotea”. “¡No jodás Hugo, estás cansado, acostate!”, le dije

Dora María Téllez, platicando conmigo se quedó dormida, balbuceando. Estábamos cansados. Esa vez se despertó cuando sintió que la carabinita se le iba chorreando entre las piernas.

Pero no nos dormimos. Si lo permitíamos, el enemigo podía tomar ventaja. Yo ordené: ¡Que nadie duerma, todo mundo atento!

Dicen que Somoza llamó al general Levy Sánchez, que me conocía perfectamente porque había sido comandante de Darío (municipio de Matagalpa, ciudad natal de Pastora). Y Tacho le preguntó: “Levy, el que está dirigiendo la toma del Palacio es un hombre que desde hace rato nos viene dando problemas, se llama Edén Pastora, ¿usted lo conoce?” Si, lo conozco bien, dijo Levy. “Es que dice que si no cedemos mata a los diputados, ¿usted cree que los mata?” ¿Edén, dice que los mata? Sí dice que los mata, los mata.

Entonces Somoza dijo: “Negociemos”. No podía dejar morir al Congreso y a toda la gente que había adentro. En el operativo me encontré con tres amigos míos, compañeros de guerrilla: Julio Molina, Julio Alonso y Julio Velásquez. También estaba mi abogado, Cristóbal Genie. Hubo un momento difícil en el que íbamos a proceder a eliminar físicamente, entonces me quedaban viendo mis amigos con una mirada aplastante. Me decían: “Edén salvame”. Y para quitarme esa losa de encima yo les decía: “¿Qué me ves? ¡Me voy a morir yo y no te vas a morir vos. Te dije que no te metieras en esta chanchera!”

Por lo menos Julio Molina, Cristóbal Genie y el doctor Sandino, que fue mi jefe, si se tenían que morir, ellos eran los últimos porque tenían méritos y había que reconocérselos. Me encontré también con compañeros con los que había jugado en el Colegio Centro América. Fue algo de película, no sé cómo ni por qué no han hecho una película. Mundializamos la revolución. Hicimos que las miradas voltearan hacia Nicaragua.

Dora María Téllez, Comandante Dos: Siempre hubo mucha tensión, mucho estrés porque hasta que no llegáramos al punto... teníamos la seguridad que si lográbamos llegar al Palacio la operación era un éxito. Entonces el punto era llegar, en todo el trayecto, desde que salimos de Serranías, sentí mucha tensión, mucho estrés entre todo el grupo. Siempre había tranques de la Guardia, registros, entonces teníamos esos elementos críticos en varios lugares de la ciudad. Esos fueron momentos de mucha tensión.

Ser la número Dos era una responsabilidad, primero militar, porque yo jefeaba una escuadra, la escuadra número dos, éramos cinco. Nosotros teníamos una tarea específica, teníamos que tomarnos el bar donde siempre había diputados comiendo algo o bebiendo algo. Teníamos que garantizar la puerta principal y luego contribuir a la toma del Salón Azul donde sesionaban los diputados.

Ese momento fue difícil. Yo tengo la ventaja que bromeo en circunstancias de tensión, pero era una responsabilidad militar y política por la negociación, que también fue un poco complicada. Ahora que lo veo de largo, una joven de 22 años haciendo trabajos de esa naturaleza, fue algo difícil. Implicaba muchas variables. Yo tenía que estar dialogando con los obispos, negociar. También había que hablar con el propio comando y con los compañeros que estaban afuera.

Siempre hay diferentes opiniones en torno a una negociación, en una situación de estrés y tensión donde tenés que cumplir además tareas militares, vigilar a los diputados, hacer rondas, había varios compañeros encargados de garantizar distintos ángulos.

No me acuerdo cuántos agarramos en el bar, pero sí me acuerdo, por ejemplo, que estaba el diputado Fernando Zelaya, el “Diablo” Zelaya, y había otros diputados. Siempre había un grupo grande en el bar, por eso nosotros habíamos destacado una parte de la gente para que se tomara el bar. Incluso, en el bar había guardaespaldas.

Entramos al bar, tuvimos un intercambio de disparos en el bar, después hubo un combate más fuerte en la puerta principal con una patrulla, primero con unos que iban huyendo y después con la Guardia que llegó antes que cerráramos las puertas.

Había un grupo que entró directamente a la parte posterior del Palacio y mi grupo se dirigió a la parte frontal. Entramos por el costado de arriba (este), subimos las escaleras laterales directo al segundo piso, una parte de mi grupo bajó las gradas hasta llegar a la puerta principal. Esos estaban encargados de cerrar la puerta de enfrente que siempre se mantenía abierta.

Para nosotros lo fundamental era la liberación de los presos. Ahí había una cantidad de cuadros importantes que necesitábamos para ese tramo de la lucha contra la dictadura y además, había sido una tradición sandinista liberar a los presos políticos. Luego estaban los comunicados, que eran el planteamiento político-programático en ese momento, frente a la maniobra que teníamos para desplazar a Somoza. Y luego estaban las demandas sociales, de Fetsalud y los maestros.

La negociación se fue quedando en varios frentes, el tema de los presos, la dictadura heredada, nosotros habíamos metido en la lista a algunos compañeros que ya habían muerto, para obligar a Somoza a aceptar que los había desaparecido. Estaban los compañeros de Río San Juan que los habían desaparecido.

Nosotros nunca nos comunicamos con Somoza. Los obispos y Luis Pallais, que era el presidente del Congreso y primo hermano de Somoza, fueron los encargados de pasar los mensajes. Nosotros estábamos tratando de presionar a través de Luis Pallais para que Somoza cediera.

En ese tipo de negociaciones mientras más se alarga el plazo son más difíciles. Teníamos ahí como dos mil personas entre el primero y el segundo piso, teníamos una situación de difícil control en el segundo piso, éramos muy pocos. El tiempo ahí corría a favor del enemigo.

Había ultimátum cada cuatro o seis horas. La negociación fue difícil en materia de los comunicados. Somoza no quería publicarlos y eso era clave. Y por último estaba el tema del dinero, que al principio eran diez millones y al final quedó en medio millón. Pero el tiempo ya se nos había ido pasando.

A pesar que Edén decía que se podía sacar más dinero, y probablemente los compañeros que estaban afuera también opinaban así, finalmente nos quedamos con medio millón de dólares, que en 1978 era mucho dinero.

Manuel Eugarrios, periodista parlamentario: Aquella mañana del 22 de agosto llegué al Palacio cuando ya había comenzado la sesión en la Cámara de Diputados. La polémica se centraba por la alta carestía de la vida, por uno o dos impuestos que quería imponer el gobierno somocista. En ese momento estaba en uso de la palabra un diputado de Matagalpa. Presidía la sesión Luis Pallais. A las 12:15 del mediodía todos los periodistas que estábamos en el ala derecha de la cámara de diputados oímos disparos afuera del recinto y voces alteradas. Unos minutos después entra a la sala un grupo de hombres armados, con las caras cubiertas con pañuelos rojinegros. A la cabeza iba Edén Pastora, que al entrar hizo disparos al aire, que rebotaron en la bóveda del salón. Una de las balas le dio al periodista Rafael Báez y le cercenó dos dedos de la mano.

Nos ordenaron que nos tiráramos al suelo, como verdaderos chanchos. Decían improperios contra el gobierno somocista y contra los diputados, decían que ahí era la chanchera. Pensamos en un principio que era una acción de Anastasio Somoza Debayle, que se había vuelto loco y que para que no lo jodieran los llamados diputados zancudos del Partido Conservador iba a disolver el Congreso a la fuerza, con la Guardia.

En el Palacio quedamos atrapadas unas 3 mil 500 personas entre empleados del Ministerio de Hacienda, Ministerio de Gobernación, Dirección General de Ingresos, Tribunal de Cuentas de la República, Dirección General del Presupuesto y Oficina de Probidad; más los visitantes, los periodistas y los diputados. Después que dominaron todo el sector interno del Palacio, los armados dijeron que era un asalto del Comando Rigoberto López Pérez contra la dictadura.

Los diputados estaban pálidos, buscaban cómo deshacerse de sus pistolas y sus guardaespaldas hacían lo mismo. El Comandante Cero trataba de convencer a Luis Pallais que hablara con Somoza, que le dijera de qué se trataba todo. A los treinta minutos el Palacio estaba rodeado de guardias, tanquetas, camiones. Todo eso nos lo contaban los guerrilleros porque nosotros no teníamos permiso de movernos de nuestro sitio. Los guerrilleros nos contaban que Somoza se comportó retrechero, diciendo que “iba a sacar a verga” a los combatientes.

No nos decían cómo era la misión, daban sólo rodeos. Llamaron entonces al obispo Miguel Obando y Bravo, a quien le decían el comandante Miguel, para que fuera el mediador en las negociaciones. Llegó con el obispo de Granada y el de Matagalpa. Los guerrilleros le pasaron las condiciones que exigían: publicación de un comunicado contra la dictadura, la entrega de 10 millones de dólares y la puesta en libertad de un grupo de presos políticos.

Aquello fue un verdadero drama, casi llegando a tragedia. Uno de los guerrilleros salió herido. Un diputado, el doctor Sáenz, curó a los heridos dentro del salón. La primera noche fue terrible para nosotros. Pensábamos que en cualquier momento llegarían los tanquetazos o los bombardeos de la Guardia. Una angustia terrible. Era el momento propicio para que la Guardia Nacional tomara por asalto el Palacio. Y se oían los disparos que venían de afuera, que era una táctica de los militares para dar miedo a los guerrilleros.

La gente arrancó los aires acondicionados del edificio y muchos salían por esos huecos. En la Cámara quedamos como 700 personas. El salón tenía un enorme bar donde había de todo; de ahí bebíamos. En la madrugada del día siguiente, como a las tres, llegó la Cruz Roja con pollos Tip Top y unas botellas de gaseosa. Nos cortaron la luz y el agua dentro del Palacio.

El obispo Obando iba y venía. Se reunía con los guerrilleros y luego con Somoza. Como a las sexta visita llegó Obando sonriente: “Muchachos, alégrense, ahora sí está buena la cosa. El hombre está cediendo, yo creo que en la próxima esto se arregla”. En la séptima visita Obando dijo que Somoza había aceptado las condiciones, aunque en lugar de 10 millones de dólares sólo iba a entregar medio millón.

Como a las tres de la mañana el Comandante Cero decide dar una conferencia de prensa con los 35 periodistas que estuvimos de rehenes. Estaba triunfante, victorioso, eufórico, arrogante. Después, por la mañana, comenzaron a salir los rehenes y partieron los buses con los guerrilleros hasta el aeropuerto.

Maximiliano Martínez, preso político liberado: Yo estuve tres años preso. Me atraparon el 6 de octubre de 1975, en Chinandega, en compañía de Juan José Úbeda Herrera, Amílcar Lorente Ruiz, Lucamareano Cortez Canales y Alejandro Zelaya. Fuimos torturados. Cuando entramos al comando de la guardia, yo pensé que nos iban a eliminar y entonces le eché vivas al Frente Sandinista, dije mi nombre exacto, la dirección donde vivía en El Viejo y los nombre de mis padres. Quizás por eso me respetaron la vida.

Después nos trajeron a la Loma (de Tiscapa). Estuve seis meses encapuchado. Después fui juzgado por el Consejo Militar y me condenaron a 30 años de prisión por asociación para delinquir, atentar contra el orden y asesinato atroz. Pero sólo cumplí tres años de condena y posteriormente fui liberado.

El 22 de agosto de 1978, a eso de las 12:30 del día, un soldado bajo la responsabilidad de Somoza, llegó diciendo a mi celda que tenían tomado el Palacio, dándome a entender que era la Guardia la que lo había hecho. Como yo no entendía, le pedí que me explicara, y fue entonces que me dijo: ¡Nosotros los sandinistas nos tomamos el Palacio!

Resulta que el guardia era aliado sandinista, Juan José Úbeda lo había reclutado. Ese día a mí me tocaba tener un radio con el que escuchábamos las noticias. El compañero René Núñez me lo había asignado.

Entonces nos pasamos la voz, le dije a Javier Carrión, el “Cuqui”, que se habían tomado el Palacio. Tomamos nuestras medidas de seguridad, no debíamos hacer escándalo y teníamos que estar atentos esperando la reacción del enemigo.

Posteriormente el mayor Jacobo Ortegaray llegó con un grupo de guardias y nos enllavó. Nos dijo que a las seis de la mañana teníamos que estar bañados y afeitados porque iba llegar un bus a traernos porque el comando sandinista nos estaba pidiendo.

Nos llevaron al aeropuerto, nos subimos al avión y nos trasladaron a Panamá. Una parte de nosotros supuestamente iba a Venezuela y otro a Cuba, pero nos quedamos en Panamá, en un lugar que le decían Las Tinajitas, ahí quedaban las tropas especiales élite de Panamá. Les decían los machos de monte o los contrainsurgentes.

Ahí estuvimos siete días y después nos trasladaron a Cuba. Nos entrenaron en La Habana y viajamos de regreso a Panamá, Panamá-Costa Rica y de Costa Rica a Honduras. Yo entré por el norte.

Entré exactamente el 3 de julio de 1979, pero a Managua regresé hasta el 22 de julio de 1979. Me presenté ante al Estado Mayor y me designaron escolta del Comandante Modesto, Henry Ruiz. Lo protegí durante 12 años.

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