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La mojigatería
Joaquín Absalón Pastora
El autor es periodista
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El vocablo que titula a este artículo es de aceptación universal, nace del alma de la calle. Siendo la semántica la evolución del idioma, el término ha florecido por la reiteración del habla popular.

Mojigato es el tonto real o el vivo con apariencia de tonto. Tiene dos caras. Pero es además, en otra interpretación correcta, muy conservador, un puritano excesivamente escrupuloso, temeroso del desarrollo de la educación, de la ciencia, etc.

En los dos últimos campos —ciencia y educación— debo ubicarlo. No hay sociedad donde no esté latente ese freno de los avances. Por ejemplo en la necesidad de la educación sexual integral es un factor de disuasión.

Un paradigma de esta personalidad es el concepto que tiene del sexo para quién, en vez de ser un ritual lleno de goce, de amor, de las vibraciones limpias del corazón, es vulgar cuando se hace de una manera que no responde a sus percepciones. El mojigato es capaz de eludir a la intimidad.

Leí el artículo de la licenciada María de la Cruz Silva Cajina, sobre la educación sexual para prevenir el VIH-Sida, expuesto en un seminario sobre el tema de “Profamilia”, de él se ha derivado esta inquietud conceptual relacionada con la conducta obstaculizadora de cierto sector de la sociedad, empeñado en trabar las puertas de la naturaleza...

La alarma con que ella ha presentado las cifras de víctimas infectadas está sumamente justificada y lo que más lastima la sensibilidad humana es el ritmo progresivo con que el mal se extiende, a pesar de ser su reincidencia motivación que ha movido a la ciencia para controlarlo. Pero hay una área subestimada: la educación sexual en las aulas, en las elementales donde se nota el vacío en el pupitre lleno de otras asignaturas si bien necesarias no tan urgentes de ser aplicadas como las de este tipo de enseñanza, vista con displicencia por los timoratos, mientras tanto se le deja en la orfandad a la adolescencia, a la juventud, a todos los períodos minados por la inmadurez, por la irresponsabilidad, por el asalto impremeditado a la cama sin ser calculadas o previstas las consecuencias de falsas y emotivas declaraciones de amor aplicables a cuanta oportunidad presente la cristalización del acto, para que la reiteración de la carne produzca “de tanto andar el uno con la otra o la otra con el uno”, eso conocido como la pandemia viajera que pasea su malignidad de continente a continente.

Esta educación puede persuadir con la sencillez, hasta con la crudeza aunque se oponga la mojigatería para la cual la forma de enfocar este tema debe ser huidizo, con palabras rebuscadas, con diagramas evasivos como para que el educando quede en el limbo e ignore de qué se le habló. No. La educación para prevenir debe ser la asignatura “salvadora de la vida”.

En Nicaragua la educación sexual se da a medias, gira alrededor de las posibilidades de adquirir el sida con ocasional entrega, porque se le considera un “tabú” al que se le puede anticipar el “uyuyuy” de las abuelitas del siglo pasado. Esa es la barrera que corresponde romper a la propedéutica moderna.

La mojigatería sigue influyendo en nuestro sistema, en nuestra sociedad necesitada de entender que las cosas merecen ser llamadas por su nombre. Y el VIH-Sida lo tiene con extenuantes consecuencias. Conviene a nuestras autoridades de educación librarse de esa espina irredenta, para que la educación sexual previsora desempeñe correctamente su función.

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