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Un gobierno sin autoridad moral
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El jueves recién pasado la Embajadora de Suecia en Nicaragua, señora Eva Zetterberg, fue insultada en la televisión oficialista de la manera más soez y grosera que cabe imaginar, porque en un programa de opinión televisado ella lamentó que se estén cerrando espacios de participación democrática pluralista en Nicaragua. La Embajadora sueca también fue ofendida como persona y descalificada como diplomática por el gobierno de Daniel Ortega a través de uno de sus vicecancilleres, y luego por su Procurador de Justicia, y además, varias mujeres fueron apostadas el jueves frente a la Embajada de Suecia en Managua para que gritaran consignas que no entendían y protestaran contra lo que no sabían.

Pero la señora Zetterberg tiene que saber que los insultos y ofensas del oficialismo orteguista no representan los sentimientos, ni la cultura ni la voluntad del pueblo nicaragüense. La Embajadora sueca debe estar segura de que ella goza de la simpatía, del cariño y del agradecimiento de los nicaragüenses, que son reconocidos internacionalmente como un pueblo de gente noble, agradecida, hospitalaria, amistosa y respetuosa con los extranjeros en general y con los diplomáticos de los países amigos en particular.

Seguramente a la Embajadora de Suecia, igual que al ex Embajador de Estados Unidos, Paul Trivelli, el gobierno de Daniel Ortega no le va a otorgar la medalla que rutinariamente le da a los embajadores que han concluido su misión en el país. Pero la embajadora Zetterberg sabe muy bien que en cambio se lleva el respeto, el reconocimiento, el agradecimiento y el cariño de la ciudadanía honesta y democrática de Nicaragua, cual es sin duda el más preciado galardón al que ella y cualquiera otra persona extranjera podría aspirar. Y en todo caso, para un diplomático transparente, democrático, culto, educado y digno, las ofensas e insultos de los medios de comunicación oficialistas y del mismo gobierno de Daniel Ortega por medio de su Vicecanciller, constituyen una verdadera condecoración que podrá y deberá exhibir con orgullo en su país o en cualquier otra parte del mundo.

En realidad, la embajadora Zetterberg no debe sentirse menoscabada ni apenada por el ataque verbal de que ha sido víctima de parte de los medios de comunicación oficialistas, y del gobierno orteguista a través de su Vicecanciller. Es Daniel Ortega el que debería sentirse avergonzado por el desaire que le han hecho en Paraguay, donde una vigorosa y digna protesta de mujeres, encabezada por una Ministra del nuevo gobierno paraguayo, le impidió participar en la toma de posesión del presidente Fernando Lugo.

Pero también en este caso es necesario dejar claro que ese desaire ha sido para Daniel Ortega y quienes lo acompañan en su gobierno y lo respaldan como gobernante, no para el pueblo nicaragüense. Esa vergüenza no tienen por qué sentirla los ciudadanos de este país que en su gran mayoría no sufragaron por Ortega, sino que más bien votaron contra él en las elecciones de noviembre del 2006. Esa mayoría de nicaragüense lo acepta como mandamás de Nicaragua porque no tiene más remedio que soportarlo –—igual que el prisionero se tiene que someter a su carcelero—, pero no le reconoce autoridad política ni moral para gobernar el país, porque no la tiene. Y cuentan ansiosos, los ciudadanos que forman la mayoría de la población, cada uno de los días que quedan para ir de nuevo a las urnas electorales, a fin de escoger un nuevo gobernante que valga la pena y sea digno de gobernar a este pueblo que ama la democracia y quiere vivir en paz y progresar en libertad.

Por otro lado, también debemos expresar nuestra solidaridad con el comentarista político democrático Jaime Arellano, quien desde el año pasado pero con mayor intensidad en los últimos días, ha estado recibiendo ataques directos del gobierno de Daniel Ortega y de éste mismo en lo personal. Por experiencia trágica se conoce a dónde conducen o pueden conducir los ataques personales de los representantes del poder político contra una persona crítica. El caso del periodista sandinista disidente, Carlos José Guadamuz, cuya sangre todavía está fresca y sigue clamando justicia, demostró cómo los ataques personales contra un crítico del poder pueden motivar o inducir a cualquier matón desalmado a actuar por cuenta propia o ajena para atentar contra la persona atacada, incluso para asesinarla.

El presidente Daniel Ortega debería reflexionar en que, de cualquier atentado o “accidente” que sufra Jaime Arellano, su gobierno será culpado como responsable directo o indirecto.

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