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El país del desorden corregido
Miguel Bolaños Garay
El autor es Periodista y Abogado
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Un país sin orden es condenado al estancamiento, o al avance de cangrejo, o sea, dos pasos hacia delante y uno hacia atrás. Una especie de Sísifo, que cuando creemos haber hecho algún logro se derrumba todo y volvemos al comienzo, en nuestro caso por culpa de nosotros mismos al ser cultores de la falta de prevención por no ejecutar acciones pertinentes que planten las bases para un ordenamiento que ofrezca mínimos de seguridad y desarrollo.

El siniestro del Mercado Oriental es un claro ejemplo de esto. Una desgracia anunciada, tal como se ha dicho muchas veces por diferentes sectores y desde hace muchos años. Pero, a pesar de ello, nadie ha hecho nada nunca por poner las cosas en orden de manera definitiva, ya sea por blandenguería o por temor a perder puntos en imagen pública dentro del campo político.

La culpa es compartida. Culpables son hechores y consentidores. Y esto es no solamente en el caso de los mercados y su desorden imperante, sino en todos los campos: transporte, basura, justicia, política, etc. A vista y paciencia de autoridades cualquiera instala un negocio en una acera, o se toma un pedazo de calle o terreno ajeno y luego el ejemplo es retomado por otros y, de repente, se forma un desorden que con el tiempo es más difícil de erradicar.

Gran parte de la culpa la tiene la actitud y no la falta de leyes que, como sabemos, en Nicaragua es lo que sobra, aunque también sobran los llamados a aplicarlas y que jamás lo hacen. Factor determinante es también la cultura del no pago, el creer que el Estado tiene la obligación de proteger a los que deben y no quieren luego honrar la deuda aduciendo cualquier motivo. Un lastre que cargamos y que es factor negativo para los deseos de progresar que pueda tener el que se considera país más paupérrimo de América, que por desgracia es el nuestro. Y no por culpa de todos, sino de sus malos hijos metidos a políticos.

El alcalde capitalino, dentro de la desgracia ocurrida, dio la alerta para implementar un plan de ordenamiento en este momento que es propicio y evitar en el futuro una desgracia mayor en el populoso Mercado Oriental. Y claro, aparece el desorden magnificado y se quiere que todo siga como antes. Se quiere que continúe el asalto y cierre de calles que impiden el paso a los mismos vehículos que necesitan llegar al lugar en caso de siniestros como incendios o heridos. Puede más la ceguera y ambición de unos pocos que el interés y bienestar de miles de personas que a diario llegan a ese sitio en busca de productos y que requieren un mínimo de protección y seguridad.

Tendrán que juntarse varias instituciones y agarrar al toro por los cuernos para poder lograr el orden requerido. Ojalá que las mezquindades políticas no interfieran en estas tareas, es el ordenamiento para el futuro lo que está en juego y si tras esta tragedia se da la oportunidad de hacerlo, lo lógico es aprovecharla. Que el interés de unos cuantos no prevalezca sobre el de los demás. De otra manera veremos pronto una o más tragedias iguales o mayores que la acontecida la semana anterior.

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