Leí la última columna del novelista Mario Vargas Llosa, Para la historia de la infamia, que fue publicada en El País de España y en LA PRENSA de Nicaragua en días pasados, en la que no deja títeres con cabeza, cuando se refiere a las andanzas políticas de Daniel Ortega y Arnoldo Alemán, sobresaliendo el actual mandatario, —a quien la ciudadanía y la comunidad internacional dieron un voto de confianza al inicio de su gestión para que hiciese un buen gobierno—, perforándolo en sus entrañas partidarias y morales por la acusación de su hijastra Zoilamérica Narváez tras la denuncia de violación y acoso sexual.
Felicito a Vargas Llosa, el intelectual prestigioso más grande de la región, sobre todo por su preocupación por la democracia en Iberoamérica, nuevamente asediada por fantasmas sectaristas que amenazan con echar por la borda lo que las incipientes democracias y las imperfectas economías de mercado han logrado en esta batalla milenaria contra la pobreza. No obstante, y no ocupándome en esta ocasión sobre la demanda del presidente Ortega, cuyo caso se encuentra en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, sí considero oportuno abordar lo referente al pacto político entre ambos personajes, pues en su artículo se evidencian algunas conjeturas imprecisas sobre la política criolla pinolera.
Es necesario señalar que a Arnoldo Alemán le ha faltado una sincera, abierta y factible propuesta de negociación alterna con la derecha, con lo cual éste pudiera reconsiderar sus acciones políticas. En efecto, el pacto al que Vargas Llosa hace referencia no puede verse como un fenómeno de conveniencias exclusivas para él y Ortega. Alemán hoy está dando la batalla dentro de la alianza liberal, para ganar la mayor cantidad de alcaldías en las elecciones municipales a celebrarse este año. Para esta difícil contienda, las autoridades electorales ligadas al sandinismo ya le han eliminado al liberalismo el derecho que por ley tienen de estar proporcionalmente representado con miembros de sus partidos en los comité electorales municipales. ¿De qué pacto hablamos? ¿O estará Alemán orquestando un fraude electoral contra sí mismo? Obvio que no.
Los pueblos son soberanos en sus decisiones, creencias y reflexiones. Basta echar una ojeada a los estudios de opinión recientes, para darnos cuenta de que el principal problema que se padece es el desempleo y la crisis económica. La corrupción, a la que sin dudas hay que combatir, no representa la principal preocupación. Lo mismo está sucediendo con Alan García en Perú, a quien por cierto señalan sus opositores de estar pactando con Fujimori, a cambio de concederle a éste privilegios carcelarios, igual que en nuestro país.
En Nicaragua estamos dando pasos concretos para recobrar la unidad liberal, que con sus aciertos y errores representa la única esperanza de un renacimiento factible para la sostenibilidad democrática. Esta unidad va avanzando, y a ella se han sumado políticos como Eduardo Montealegre, fuerzas del conservatismo y otros, incluyendo el sector privado. La mayoría reconoce que cuando el liberalismo estaba unido estaban mucho mejor, hoy el promedio de los que sienten que están mucho peor sobrepasa el 70 por ciento.
Es por esto último que disiento del análisis exógeno de Vargas Llosa, pues desalienta la motivación de quienes no tenemos más opción que superar el pasado que nos desunió, y encauzarnos en una auténtica reconciliación política, como meses atrás lo dijera en Managua el también intelectual liberal Carlos Alberto Montaner, quien fue del criterio de que la unidad, e incluso la amnistía para figuras como Alemán, debía ser concedida por la salvaguarda democrática, ya que “no puede haber sociedad tan rígida e inflexible que no incluya el perdón”.
No dudo que el interés de Vargas Llosa por Nicaragua lo traerá de nuevo a esta tierra para que juntos palpemos las realidades y preocupaciones, sobre todo cuando el acero de la guerra, más que una metáfora extraída de la lírica de Rubén Darío, es una cuchillada constante en las costillas de la democracia y el estómago vacío del pueblo de Sandino.