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La caída de la democracia
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Durante la visita que hizo esta semana a Nicaragua para dictar una conferencia política y dar entrevistas de prensa, el ex Presidente democrático de México, Vicente Fox, expresó entre muchas otras ideas interesantes que la democracia no es algo que se consigue y permanece para siempre, sino que se le debe proteger cuidadosamente, de modo constante y permanente, para que no se malogre.

El ex presidente Fox pasó a la historia por haber sido el líder democrático que puso fin al régimen continuista de más de setenta años del Partido Revolucionario Institucional (PRI), calificado como “la dictadura perfecta” por el escritor Mario Vargas Llosa. De manera que Fox tiene autoridad política y moral para hablar de estas cosas, pero lo dicho por él acerca de la democracia lo conocemos muy bien los nicaragüenses, por experiencia propia. Es algo que se ha repetido aquí infinidad de veces. Pero en todo caso es bueno que venga alguien desde fuera a recordárnoslo, pues tal vez así los políticos que desde el poder y la oposición toman las decisiones que deciden el rumbo del país, lo aprenden de una buena vez y no vuelven a repetir los mismos errores ni a cometer las traiciones que han malogrado la democracia que con muchos esfuerzos y grandes sacrificios ha conquistado el pueblo nicaragüense.

Los politólogos y sociólogos aseguran que las debilidades de la democracia y su caída en aquellos lugares donde se ha perdido de manera total o parcial, se deben a causas estructurales. Eso ocurre, dicen, porque y cuando los mecanismos de gestión de la democracia son muy incipientes y débiles; porque la sociedad civil no se ha desarrollado y fortalecido lo suficiente; porque la institucionalidad es precaria y no funciona la separación de poderes; porque no se ha creado la maquinaria social participativa —pero la democrática, libre e independiente, no la participación servil que exalta la personalidad y el poder de caudillos autoritarios y corruptos— la cual es indispensable para desarrollar y fortalecer la democracia. La democracia cae, en fin, donde la sociedad no ha aprendido a organizarse para luchar por la vigencia de los derechos colectivos e individuales, para vigilar que la clase política gobierne de manera eficiente y transparente, para garantizar la continuidad del sistema democrático de gobierno mediante la funcionalidad del pluralismo y la práctica de la alternancia en el ejercicio del poder.

Todo eso es cierto, sin duda. Pero los factores objetivos no operan espontáneamente, se manifiestan a través de la voluntad y las acciones de las personas, es decir, por medio de lo que los sociólogos y politólogos llaman factores subjetivos. En realidad, los mecanismos de gestión de la democracia, así como la administración pública y las instituciones del Gobierno y el Estado son débiles, precarios y deformes, porque así son la voluntad política y las actitudes de las personas que las manejan, porque los administradores de la democracia tienen o han tenido muchas ganas de aprovechar el poder para su beneficio particular, pero muy pocos o nada de principios y valores. Y por lo tanto, esos políticos no tienen ni han tenido voluntad para defender, fortalecer y darle continuidad al sistema democrático de vida y de gobierno.

Sin duda que no era fácil construir una auténtica democracia en Nicaragua, al cabo de dos dictaduras absolutistas como la somocista y la sandinista y después de dos guerras civiles consecutivas. En aquellas circunstancias era indispensable negociar y hacer concesiones para mantener la paz, para garantizar la estabilidad que necesitaban la reconstrucción del país y el establecimiento de las bases de la nueva convivencia democrática de todos los nicaragüenses. Pero el diálogo y las concesiones para la gobernabilidad degeneraron en pactos para repartirse el poder gubernamental y estatal y usufructuar las ventajas económicas y materiales que se derivan del control del Estado. La convivencia fue convertida en connivencia, las alianzas y pactos políticos en asociaciones lícitas e ilícitas para delinquir y la reconciliación en promiscuidad política, social, cultural e incluso religiosa.

Y ahora que el pueblo democrático de Nicaragua está de nuevo, cuesta arriba, en la lucha por la libertad y la democracia, es oportuno reflexionar en que no se debe permitir que otra vez los políticos aventureros, arribistas y corruptos, vuelvan a negociar y pactar para traicionar a la democracia y menoscabar la libertad.

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