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Resentimiento y esmog; perdón y aire limpio
María Luisa Benavente
La autora es promotora de programas de formación en valores.
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En los últimos días hemos visto imágenes de Beijing bajo el efecto del esmog que, además de dificultar la visibilidad, daña la salud; las autoridades consideran cerrar fábricas y disminuir la circulación vehicular en un alto porcentaje. Hay sustancias que, además de afectar externamente, causan daños en el organismo de la persona que lo padece y son más peligrosas cuando se desconoce que es dañino, pues no se ponen medios para erradicarlo.

He oído comparar la relación entre algunos políticos con las peleas entre los niños de preescolar: “como no me diste, ahora no te doy”, “ahora me toca a mí”, “si me escogen, después les dejo jugar de segundo”, “¡Maestra, Fulanito no trajo la tarea!” La facilidad para sentirse ofendido o dolido por acciones u omisiones de los demás (un olvido, una reprensión, un desaire, una palabra y hasta una mirada) es frecuente en la adolescencia, por su falta de madurez y porque aún no tienen formado el carácter. ¿Qué supone encontrar actitudes propias de la infancia y de la adolescencia en personas adultas? Podemos llamarlas reacciones ante hechos, palabras u omisiones que “dolieron” interiormente; cuando esos “dolores” bloquean el razonamiento y el deseo de buscar el bien y la felicidad propia y ajena, dejan paso a los resentimientos. Max Scheler define el resentimiento como “una autointoxicación síquica” que incluye el afán de reivindicación, venganza y desquite. Si buscamos la felicidad, ¿por qué dejamos que aniden los resentimientos que amargan el carácter e impiden transmitir felicidad?

Si el resentimiento es una reacción emocional negativa que por voluntad propia permanece dentro de la persona, también con la voluntad podemos “desintoxicarnos” y poner los medios que eliminan ese veneno. Requiere decisión y esfuerzo en la voluntad pero no es imposible. La gratitud implica la aptitud para descubrir todo lo positivo que hay en nuestra vida; ese descubrimiento nos mueve a dar gracias. Resentimiento y gratitud no pueden coexistir porque el primero bloquea para percibir y experimentar la vida como un don, mientras quien no espera nada ni exige nada para sí, se alegra por lo que recibe y, ordinariamente, le parece que es más de lo que merece; además experimenta el deseo de corresponder, aunque se considere incapaz de hacerlo en la misma proporción de lo recibido. Que buen y fácil remedio contra los resentimientos aprender a decir ¡Gracias!, muchas veces en el día.

También son antídoto la disculpa y el perdón; la primera es un acto de justicia porque se disculpa a quien se le atribuyó un error que no cometió. ¿Por qué no esforzarnos en adquirir el hábito de buscar motivos y circunstancias para considerar con más indulgencia lo que nos dolió? El segundo es más difícil, pues para perdonar tiene que haberse cometido un error. A diferencia del resentimiento, que se encuentra en el campo de los sentimientos, el perdón es un acto de la voluntad; perdonar no equivale a dejar de sentir, pero experimentar la herida, el odio o el afán de venganza, no impide perdonar, proponerse no registrar interiormente un agravio. Perdonar exige modificar los sentimientos negativos hacia la persona o la circunstancia equivocada, buscar su bien y querer olvidar. Aunque perdonar y olvidar son acciones distintas, dejar paso a un “perdono pero no olvido” es asumir que seguiremos dando vueltas a la ofensa sufrida y, por lo tanto, se alimentará el resentimiento. Perdonar es la manifestación más alta del amor, el camino para la libertad interior, para liberarnos de la esclavitud y dependencia que suponen los resentimientos y mirar la vida positivamente; en la medida en que el resentimiento desaparece se recobra la paz y la felicidad. Al perdonar surge un sentimiento nuevo, la mirada se clarifica, se libera del esmog que le dificulta la visión, desaparecen los prejuicios y se comienza a ver en los demás las cualidades que los resentimientos nos ocultaron.

Cuando el esmog cubre una ciudad se requiere el esfuerzo conjunto de la población para eliminar las sustancias que lo causan. Con el esfuerzo de todos podemos evitar el veneno del resentimiento para no llenar Nicaragua de ese dañino esmog que impide ver con claridad y benevolencia a los demás.

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