Del 8 al 24 de agosto los ojos del mundo estarán puestos en los Juegos Olímpicos que se están llevando a cabo en la República Popular China. El Gobierno ha invertido más de US$40 mil millones en la infraestructura para estos juegos, que sin duda serán un gran evento deportivo. Pero las Olimpiadas también serán una celebración —una estupenda fiesta quinceañera, en el argot nicaragüense— para el país que muchos piensan dominará económicamente al siglo XXI.
¡Cómo han cambiado las cosas! Hasta 1978 la China comunista era un estado fracasado. Aunque era grande en área, militarmente poderoso, rico en recursos naturales y el país más poblado del mundo, la China también era uno de los países más pobres y retrasados económicamente del planeta. “Gozaba” de un régimen marxista encabezado por Mao Zedong, quien había creado un culto de personalidad e impuesto una dictadura totalitaria que tenía a la población prácticamente esclavizada.
La China de Mao se manejaba al mejor estilo soviético. El Estado controlaba toda la actividad económica a través de planes quinquenales. Es más, la nación vivía en un estado de convulsión revolucionario casi permanente. En 1958, por ejemplo, Mao lanzó su “gran salto hacia delante”, seguido en 1966 por su “revolución cultural”, ambos episodios desastrosos.
Todo esto comenzó a cambiar en 1978, cuando la China descartó el fracasado modelo soviético y se encaminó a lo que Deng Xiaoping, su nuevo líder, llamó una “economía de mercado socialista”. Aunque Deng tuvo la habilidad de “saludar a la bandera” socialista, de hecho provocó la transformación socioeconómica más profunda y ambiciosa de la historia. Esta verdadera revolución fue basada en la búsqueda de una mayor eficiencia económica a través del mercado libre, la privatización de factores de producción y de una mayor apertura al mundo, incluyendo a la inversión privada extranjera.
El experimento de Deng comenzó cuidadosamente en zonas costeñas del sur de la China e inmediatamente rindió frutos. La economía china experimentó niveles de inversión y de exportaciones extraordinarias y el crecimiento global y en términos per cápita del país también se dispararon.
En la medida que su economía crecía y que la antigua Unión Soviética y su imperio colapsó, el pueblo chino exigió una liberalización política. Sin embargo, las autoridades comunistas sofocaron militarmente al intento de democratizar políticamente a la China con la masacre de la Plaza Tiananmen en 1989. Pero Tianamen dio lugar a un nuevo modus vivendi. El pueblo chino aceptó el papel dominante del partido comunista —eso sí, con un liderazgo más moderado y colectivo que en el pasado— y el Gobierno acordó darle un mayor grado de libertades personales a la población y amplió el espacio del sector privado.
Este pacto le ha dado tranquilidad a la China y ha permitido el crecimiento económico más rápido y sostenido de la historia. Las estadísticas lo dicen todo. En las últimas tres décadas, la economía china ha promediado un crecimiento anual de 10 por ciento y un crecimiento per cápita de ocho por ciento. A este ritmo, después de ser un dragón dormido por siglos, la China se ha convertido en la segunda economía más grande del mundo con una enorme base productiva. Ya es el tercer manufacturero de automóviles del mundo, produce cinco veces más acero que Estados Unidos, tiene la industria de construcción más grande y dinámica del mundo y es la tercera nación más importante en el comercio mundial, después de Estados Unidos y de Alemania.
En 2007, las exportaciones de la China superaron los US$1.2 billones (millones de millones) y sus reservas internacionales explotaron de US$170 mil millones en el año 2000 a aproximadamente US$1.8 billones en 2008. El socio comercial más grande de la China es Estados Unidos, con quien la China tuvo un superávit comercial de US$260 mil millones en tan sólo 2007. Con enormes superávits año tras año con la Unión Americana, hoy en día la China es el acreedor más grande de los norteamericanos con más de US$1 billón en deuda estadounidense.
Estas cifras macros son, quizá, difíciles de comprender, pero se traducen en sorprendentes indicadores de modernización. Por ejemplo, en la China de hoy hay más de 575 millones de teléfonos celulares en uso, dos veces más que en Estados Unidos; 253 millones de chinos tienen acceso regular al internet, versus, 223 millones personas en EE.UU. que está en segundo lugar; y se venden más autos Buick en la China que en los propios Estados Unidos.
El espectacular desempeño económico chino de las últimas tres décadas ha demostrado ampliamente la superioridad del libre mercado —lo que sus críticos llaman el “neoliberalismo”— comparado con el “socialismo del siglo XXI”, que está de moda en algunos países del subcontinente latinoamericano y que, de seguirse, asegurará la creciente irrelevancia económica de Iberoamérica.